– ¿Cuánto rato hace que se marcharon?
– Serían las doce. Si quieres encontrarlo en casa más vale que vayas ahora. ¿Tienes la dirección?
– Sí.
– Ah, y Bosch; no te esperes a la típica puta. La tía no se parece en nada al papel que interpreta por teléfono, ya me entiendes. Puede que su voz sea sexy pero tiene una pinta que tiraría a un ciego de espaldas.
Bosch le agradeció la advertencia y colgó. Entró en la carretera 101 en dirección al valle de San Fernando, luego tomó la 405 hacia el norte hasta la118 y desde allí se dirigió al oeste. Al llegar a Chatsworth salió de la carretera principal y condujo por entre las montañas que se alzaban al norte del valle. Finalmente divisó unos edificios de apartamentos situados en un rancho que antiguamente había sido usado en el rodaje de películas. Por lo visto el rancho también había sido uno de los escondites preferidos de Charles Manson y sus secuaces, y según se contaba, los restos del cadáver de uno de ellos seguían enterrados allí mismo. Cuando llegó Bosch, empezaba a caer la noche y la gente regresaba a casa del trabajo. Después de esperar en el denso tráfico que discurría por aquellas estrechas carreteras, después de muchas puertas cerradas y repetidas llamadas a casa de la madre de Tiburón, Bosch descubrió que llegaba demasiado tarde.
– No tengo tiempo para hablar con más polis -le dijo Verónica Niese cuando finalmente abrió la puerta y vio la placa de Bosch-. En cuanto entramos en casa él sale a escape. Yo no sé dónde va, dígamelo usted; es su trabajo. Yo tengo que irme. Tengo tres llamadas esperándome y una es conferencia.
Verónica Niese rondaba los cincuenta y estaba gorda y arrugada. Resultaba evidente que llevaba peluca y la dilatación de sus pupilas no era normal; Bosch reconoció en seguida el olor a calcetín sucio de los adictos al speed. Valía más que sus clientes se quedaran con sus fantasías, con una voz sobre la que construir cuerpo y cara.
– Señora Niese, no estoy buscando a su hijo por algo que ha hecho, sino para hablar con él sobre algo que vio. Podría estar en peligro.
– Y una mierda. Esa frasecita ya me la conozco.
Dicho esto, Verónica Niese le cerró la puerta en las narices. Bosch se quedó allí parado y al cabo de un momento la oyó hablar por teléfono. Le pareció que adoptaba un acento francés, aunque no estaba seguro, pero las pocas frases que pudo distinguir le hicieron ruborizarse. Bosch pensó en Tiburón y comprendió que no era un fugitivo, porque no tenía nada ni nadie de que huir.
Cuando Bosch volvió a su coche, decidió dar la jornada por concluida. Además, se le había acabado el tiempo; Lewis y Clarke ya habrían hecho todo el papeleo necesario para que al día siguiente lo asignaran a una mesa del Departamento de Asuntos Internos. Bosch regresó a la comisaría para fichar. Todo el mundo se había ido y no había ningún mensaje en su mesa, ni siquiera de su abogado. De camino a casa se detuvo en Lucky y compró cuatro botellas de cerveza: dos mexicanas, una Oíd Nick inglesa y una Henry.
Al llegar a casa esperaba encontrar un mensaje de |Lewis y Clarke en el contestador. Y así fue, pero el contenido no era el que imaginaba.
– Sé que estás ahí, así que escucha -dijo una voz que Bosch reconoció inmediatamente como la de Clarke-. Ellos pueden cambiar de opinión, pero nosotros lio. Volveremos a vernos.
No había más mensajes. Bosch escuchó el de Clarke tres veces. Algo les había salido mal; les habían parado los pies. ¿Habría surtido efecto su burda amenaza de «visar a los medios de comunicación? Lo dudaba muchísimo. Entonces, ¿qué había ocurrido? Se sentó en su butaca de vigilancia y comenzó a beberse las cervezas, empezando por las mexicanas, mientras hojeaba el álbum de fotos que había olvidado guardar. Al abrirlo el domingo por la noche, las fotos habían despertado recuerdos desagradables, pero ahora se sintió atraído por ellas. El tiempo se había llevado su amenaza junto con su nitidez.
Ya había anochecido cuando sonó el teléfono, que Bosch cogió antes de que saltara el contestador.
– Bueno -dijo el teniente Harvey Pounds-, parece que ahora el FBI cree que han sido demasiado duros contigo. Han reconsiderado su postura y quieren que vuelvas al caso para ayudarles en todo lo que necesiten. Son órdenes directas de la central.
La voz de Pounds revelaba asombro ante el cambio de actitud del FBI.
– ¿Y Asuntos Internos? -preguntó Bosch.
– No han presentado ninguna denuncia. Ya te he dicho que el FBI se ha echado atrás, así que Asuntos Internos también. De momento.
– O sea, que vuelvo al caso.
– Sí, aunque en contra de mi voluntad. Para que lo sepas, han tenido que saltar por encima de mí porque yo les mandé a todos a tomar por culo. Hay algo que apesta en todo esto, pero supongo que tendré que esperar a averiguarlo. Hasta nueva orden trabajarás con ellos en este caso.
– ¿Y Edgar?
– No te preocupes por él; ya no es asunto tuyo.
– Siempre hablas como si me hubieras hecho un gran favor al ponerme en la mesa de Homicidios cuando me echaron del Parker Center, pero entérate de que el favor te lo hice yo a ti, así, que si esperas una disculpa mía lo tienes claro.
– Yo no espero nada de ti, Bosch. Tú mismo te has hundido; lo único que me preocupa es que me arrastres contigo. Si de mí dependiera, te pondría a repasar las listas de objetos empeñados.
– Pero no depende de ti, ¿verdad?
Bosch colgó antes de que Pounds pudiera responderle.
Se quedó un rato meditando y, aún tenía la mano sobre el aparato, cuando éste volvió a sonar. -¿Qué pasa?
– Vaya, qué mal humor… -comentó Eleanor Wish.
– Pensaba que eras otra persona.
– Bueno, supongo que ya te has enterado.
– Pues sí.
– Ahora trabajarás conmigo.
– ¿Por qué habéis parado la ejecución?
– Porque queríamos mantener alejada a la prensa.
– Tiene que haber algo más.
Ella no dijo nada, pero siguió al aparato. Finalmente a Bosch se le ocurrió algo que añadir. -¿Qué hago mañana?
– Ven a verme a primera hora y ya decidiremos.
Cuando Bosch colgó estuvo un rato pensando en ella y en que no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Aunque no le hacía ninguna gracia, no podía hacer nada. Finalmente se dirigió a la cocina y sacó la botella de Oíd Nick de la nevera.
Mientras telefoneaba, Lewis permanecía de espaldas al tráfico, usando su enorme cuerpo para bloquear el ruido.
– Empieza mañana con el FBI…, quiero decir el Buró -explicó Lewis-. ¿Qué quiere que hagamos?
De momento Irving se quedó callado y Lewis se lo imaginó al otro extremo del teléfono con la mandíbula apretada. «Cara de Popeye», pensó Lewis con una sonrisa. En ese momento Clarke se acercó y le susurró:
– ¿De qué te ríes? ¿Qué te ha dicho?
– ¿Quién era ése? -inquirió Irving.
– Clarke, señor. Sólo quería saber nuestras órdenes.
– ¿Ha hablado el teniente Pounds con el sujeto?
– Sí, señor -respondió Lewis, mientras se preguntaba si Irving estaría grabando la llamada-. El teniente dijo que… bueno… el sujeto va a trabajar con el FB… el Buró. Van a unificar la investigación del banco y la del asesinato. Bosch trabajará con la agente especial Eleanor Wish.
– ¿Qué estará tramando ese cabrón? -preguntó Irving, sin esperar respuesta alguna. Hubo un largo silencio; Lewis sabía perfectamente que era mejor no interrumpir los pensamientos de su jefe. Cuando vio que Clarke volvía a acercarse le hizo un gesto con la mano para que se fuera y sacudió la cabeza como si estuviera tratando con un niño caprichoso.