Выбрать главу

Cuando Bosch llegó al café, Wish estaba sentada en una de las mesas junto a la ventana con un vaso de agua entre las manos; parecía de buen humor. A un lado había un plato con el papel de una magdalena. Cuando Bosch se sentó, ella le dedicó una sonrisa fugaz y alzó la mano para llamar a la camarera.

– Sólo café -dijo Bosch.

– ¿Ya has desayunado? -preguntó Wish cuando la camarera se alejó.

– No, pero no tengo hambre.

– Ya veo que no comes mucho.

Lo dijo más como una madre que como un detective.

– Bueno, ¿quién me va a explicar el caso? ¿Tú o Rourke?

– Yo.

La camarera le trajo a Bosch su café. Mientras tomaba un sorbito, Bosch oyó que en la mesa de al lado cuatro vendedores discutían sobre la cuenta.

– Quiero que el FBI me ponga por escrito su solicitud de ayuda y la firme el agente especial al mando de la oficina de Los Ángeles.

Wish dudó un instante, dejó su vaso sobre la mesa y lo miró por primera vez a los ojos. Los de ella eran tan oscuros que no revelaban ningún secreto. Bosch advirtió que en el rabillo asomaban unas leves arrugas sobre la piel bronceada y que en la barbilla tenía una pequeña cicatriz blanca en forma de luna menguante, muy antigua y apenas visible. Se preguntó si la cicatriz y las patas de gallo le preocuparían. A él le pareció que su rostro ocultaba una cierta tristeza, un misterio que pugnaba por salir a la superficie. «Quizá sea cansancio», pensó. No obstante, la agente Wish era una mujer atractiva; Bosch calculó que tendría unos treinta y pocos años.

– Creo que no habrá problema -contestó ella-. ¿Tienes alguna exigencia más antes de empezar a trabajar?

El sonrió y negó con la cabeza.

– Bueno, ayer leí tu informe del asesinato y la verdad es que, teniendo en cuenta los pocos datos con que contabas y que lo hiciste en un solo día, me pareció muy bueno. La mayoría de detectives todavía estarían esperando la autopsia y pensando que fue una sobredosis accidental.

Bosch no dijo nada.

– ¿Por dónde empezamos hoy? -inquirió ella.

– Hay varias cosas que todavía no figuran en el informe. ¿Por qué no me hablas antes del robo? Necesito saber lo que pasó; lo único que tengo es lo que el FBI dio a los periódicos y lo de los boletines. Si tú me pones al día, yo continuaré la historia a partir de Meadows.

La camarera vino y volvió a llenar la taza de café y el vaso de agua. A continuación Eleanor Wish le contó la historia del golpe al banco. A Bosch se le iban ocurriendo preguntas, pero intentó recordarlas para hacérselas más tarde. La agente parecía maravillada con la historia, el plan y la ejecución de todo el asunto. Los ladrones, quienesquiera que fueran, gozaban de su respeto. Bosch casi se sintió celoso.

– Bajo las calles de Los Ángeles -explicó ella-, hay más de seiscientos kilómetros de alcantarillas suficientemente amplias para que pase un coche, además de dos mil kilómetros por donde se puede caminar, o al menos pasar a gatas. Eso significa que cualquiera puede meterse y acercarse a cualquier edificio de la ciudad si sabe el camino. Averiguarlo no es difícil; los planos de toda la red están a disposición del público en los archivos del condado. Total, que los ladrones emplearon el sistema de alcantarillado para llegar al WestLand National.

Bosch ya se lo había imaginado, pero no dijo nada. Por lo visto el FBI creía que había cuatro hombres implicados: tres bajo tierra y uno en la superficie, vigilando coordinando la operación. El de arriba probablemente se comunicaba con ellos por radio, excepto al final, para evitar que las ondas detonasen los explosivos. Los hombres de abajo se abrieron paso por las alcantarillas en motos todoterreno de la marca Honda. Había una entrada en la cuenca del río Los Ángeles, al noreste del centro por la que pasaría un camión. Los ladrones entraron por allí, seguramente al amparo de la oscuridad. Siguiendo los mapas del archivo recorrieron unos tres kilómetros por la red de túneles hasta llegar a un punto a unos diez metros de profundidad bajo Wilshire Boulevard, a ciento cincuenta metros de distancia del WestLand National.

Emplearon un taladro industrial y una broca redonda de sesenta centímetros de diámetro, probablemente con punta de diamante. El taladro funcionaba gracias a un generador conectado a una de las motos y lo usaron para abrir un boquete en la pared de cemento de la alcantarilla, que tenía un grosor de unos quince centímetros. Una vez hecho esto, los hombres empezaron a cavar.

– El asalto a la cámara acorazada ocurrió durante el 1 puente del día del Trabajo -prosiguió Wish-. Creemos que empezaron el túnel unas tres o cuatro semanas antes. Sólo trabajaban por la noche; entraban, cavaban y terminaban al amanecer. Durante el día, empleados del Departamento de Aguas y Electricidad examinan las alcantarillas en busca de grietas y otros problemas, así que suponemos que los atracadores no quisieron arriesgarse.

– ¿Y el agujero que hicieron en la pared? ¿No lo vio nadie? -intervino Bosch, que inmediatamente se arrepintió de hacer una pregunta antes de que ella hubiera terminado.

– No -respondió ella-. Los tíos pensaron en todo. Después del robo encontramos una tabla redonda de conglomerado de sesenta centímetros de diámetro recubierta de cemento. Creemos que, cuando se marchaban cada mañana, los ladrones tapaban el agujero con la tabla y la enmasillaban un poco. Por fuera parecía un antiguo conducto de la alcantarilla al que habían puesto un parche. Es bastante común ahí abajo; yo he estado y se ven muchos. Sesenta centímetros es un tamaño estándar, así que no habría llamado la atención. Cuando volvían a la noche siguiente, sólo tenían que sacar la tapa y seguir cavando.

Wish explicó que la galería había sido excavada con herramientas de mano: picos, palas y taladros enchufa-dos al generador de uno de los vehículos. Al parecer los ladrones, además de linternas, usaron velas, porque el FBI encontró algunas que seguían encendidas en unas pequeñas incisiones hechas en la pared del túnel.

– ¿Te recuerda algo? -preguntó Wish.

Bosch asintió.

– Calculamos que avanzaban de tres a seis metros por noche -continuó ella-. En el túnel también hallamos dos carretillas que los ladrones habían cortado por la mitad y desmontado para que pasaran por el orificio de sesenta centímetros. Luego las engancharon de nuevo para usarlas durante la excavación. Uno o dos de ellos debían de estar encargados de sacar las carretillas llenas de tierra y vaciarlas en la alcantarilla principal, en la que fluía suficiente agua para arrastrar la tierra hasta el cauce del río. Creemos que algunas noches su compinche en la superficie abría las bocas de incendios en Hill Street para que corriera más agua allá abajo.

– O sea que ellos tenían agua a pesar de la sequía.

– Pues sí.

Cuando los ladrones finalmente llegaron debajo del banco, se sirvieron de su electricidad. Wish recordó a Bosch que, como el centro está muerto los fines de semana, los bancos cierran el sábado. Ese viernes, después de horas de oficina, consiguieron desactivar la alarma. Uno de ellos debía de ser un experto en alarmas. Meadows no, porque lo suyo eran los explosivos.

– Lo más curioso es que al final no les habría hecho falta un experto en alarmas -continuó ella-. Te explico: el sensor de la cámara acorazada llevaba toda la semana sonando, porque los tipos, con sus palas y taladros, habían disparado las alarmas. La policía y el director de la sucursal tuvieron que ir al banco cuatro noches seguidas; un día, tres veces en una noche. Como no encontraban nada raro, empezaron a pensar que se trataba de un defecto del sistema, que el detector de sonido y movimiento se habría estropeado. El director llamó a los fabricantes de la alarma y ellos le dijeron que no podían enviar a nadie hasta después del puente. Entonces el director…