– Desconectó la alarma -terminó Bosch.
– Sí señor. Decidió que no iba a pasarse el fin de semana yendo y viniendo al banco. Había planeado marcharse a su chalé de Palm Springs y jugar al golf, así que el tío desconectó la alarma. Ni que decir tiene, que ya no trabaja en el WestLand National.
Nuestros hombres emplearon un taladro atornillado al suelo de la cámara acorazada para abrir un agujero de cinco kilómetros de diámetro que perforase el metro y medio de cemento armado. Los peritos del FBI estiman que la operación debió de durar un mínimo de cinco horas. Los ladrones lograron que no se recalentara la broca manteniéndola fresca con el agua de una cañería subterránea: agua del banco.
– En cuanto tuvieron el agujero, lo rellenaron con C-4 -siguió la agente-. Pusieron una mecha larga hasta la alcantarilla principal, desde donde lo hicieron explotar.
Wish comentó que el registro de llamadas de urgencia del Departamento de Policía de Los Ángeles mostraba que a las 9.14 horas del sábado saltaron las alarmas de un banco frente al WestLand National y de una joyería a una manzana de distancia.
– Creemos que se trata de la hora de la detonación -dijo Wish-. La policía envió una patrulla; los agentes miraron y no vieron nada, decidieron que las alarmas se habían disparado por culpa de un temblor de tierra y se marcharon. A nadie se le ocurrió comprobar el WestLand National porque su alarma ni siquiera había sonado y nadie sabía que estaba desconectada.
Una vez en el interior de la cámara, los atracadores ya no salieron hasta el final. Trabajaron durante todo el fin de semana, descerrajando las cajas fuertes, sacándolas y vaciándolas.
– Dentro encontramos latas de comida vacías, bolsas de patatas fritas, paquetes de alimentos liofilizados; es decir, lo necesario para sobrevivir unos cuantos días -explicó Wish-. Todo apunta a que pasaron las noches allí, seguramente turnándose para dormir. En el túnel había una parte más ancha, como un pequeño cuarto. Lo debieron de usar como dormitorio porque encontramos las huellas de un saco de dormir en el suelo de tierra, así como las de varias culatas de M-16. Llevaban armas automáticas, lo cual indica que no planeaban rendirse si las cosas se torcían.
Wish dejó que Bosch digiriera la información antes de reanudar su relato.
– Calculamos que estuvieron en la cámara unas sesenta horas como mínimo, durante las cuales desvalijaron cuatrocientas sesenta y cuatro cajas de un total de setecientas cincuenta. Suponiendo que efectivamente fueran tres, tocaban a unas ciento cincuenta y cinco por cabeza. Si restamos quince horas para descansar y comer durante los tres días que pasaron allí, tenemos que cada hombre desvalijó unas tres o cuatro cajas por hora.
La agente Wish opinaba que se habían marcado una hora límite para salir; quizá las tres de la madrugada del martes. Si salieron a esa hora, tuvieron tiempo de sobras para recoger sus cosas e irse. Agarraron el botín y las herramientas y se marcharon. El director del banco, con su flamante bronceado de Palm Springs, descubrió el golpe cuando abrió la cámara acorazada el martes por la mañana.
– En resumidas cuentas, eso es todo -dijo ella-.
Es lo mejor que he visto u oído desde que me dedico a esto. Cometieron tan pocos errores que, aunque hemos descubierto muchas cosas sobre cómo lo hicieron, n, sabemos casi nada de quién lo hizo. Meadows fue lo más cerca que llegamos y ahora está muerto. La foto que me enseñaste ayer, la del brazalete… Tenías razón, es la primera cosa que ha salido a la luz. -Y ahora ha desaparecido.
Bosch esperó a que ella dijera algo, pero no lo hizo.
– ¿Cómo escogieron las cajas que desvalijaron?
– Creemos que al azar. Ya te enseñaré un vídeo que tengo en la oficina, pero parece que hubieran dicho: «Tú dedícate a esa pared, que yo me encargo de ésta.» Dejaron intactas algunas cajas al lado de las que descerrajaron. No sé por qué, aunque no parecía algo premeditado. De todos modos el noventa por ciento de las cajas que abrieron contenían objetos de valor imposibles de localizar. Escogieron bien.
– ¿Por qué dedujisteis que eran tres?
– Calculamos que tendría que haber al menos tres personas para forzar tantas cajas. Además, había tres motos todoterreno.
Ella sonrió y él hizo la pregunta que esperaba. -Está bien, cuéntame cómo descubristeis lo de las motos.
– Encontramos huellas de neumáticos en el suelo de la alcantarilla y pintura de color azul en una de las paredes. Uno de ellos debió de patinar en el barro y rozar la pared. Nuestro laboratorio en Quantico analizó la pintura y logramos identificar el modelo y la marca. Investigamos todos los concesionarios Honda del sur de California hasta que encontramos una compra de tres motos todoterreno azules en el concesionario de Tustin, cuatro semanas antes del día del Trabajo. El tío había pagado en metálico y se las había llevado en un camión; la dirección y el nombre eran falsos. -¿Cuál era el nombre?
– Frederic B. Isley. Luego nos volvió a salir y, si te fijas, las siglas coinciden con las del FBI. Le enseñamos al vendedor unas fotos que incluían la de Meadows, la tuya y la de otra gente, pero no identificó a nadie.
Ella se limpió la boca con una servilleta, que depositó sobre la mesa. Bosch se fijó en que no había dejado mancha de pintalabios.
– Bueno -dijo ella-. Ya no puedo beber más agua. Vayamos al despacho y repasemos lo que cada uno ha encontrado sobre Meadows. Rourke cree que es la mejor línea de acción. Ya hemos agotado todas las pistas relacionadas con el robo al banco; llevamos un tiempo dándonos de cabeza contra las paredes. Quizá Meadows nos proporcione la clave que necesitamos.
Wish pagó la cuenta y Bosch puso la propina.
Bosch y Wish fueron al edificio federal en sus respectivos coches. Mientras conducía, Bosch no pensaba en el caso, sino en ella. Quería preguntarle cómo se había hecho esa pequeña cicatriz y no cómo había relacionado a los ladrones con las ratas del Vietnam. Quería saber qué ocultaba esa mirada tan dulce y triste. Bosch la siguió hasta Wilshire Boulevard, pasando por una zona de apartamentos para estudiantes junto a la Universidad de California. Finalmente ambos se encontraron en el ascensor del aparcamiento del FBI.
– Creo que será mejor si tratas sólo conmigo -dijo ella mientras subían-. Rourke…, bueno, tú y Rourke no habéis empezado con buen pie y…
– No hemos empezado y punto -aclaró Bosch.
– Bueno, si lo conocieras verías que es un buen hombre. Hizo lo que creyó justo en ese momento.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el decimoséptimo piso, allí estaba Rourke.
– Ah, por fin os encuentro -dijo, tendiéndole la mano a Bosch, quien le dio la suya sin mucha convicción. Después de presentarse, Rourke añadió-: Bajaba a tomarme un café y un bocadillo. ¿Os venís?
– Es que… acabamos de tomarnos uno -se excusó Wish-. Te esperamos aquí arriba.
Bosch y Wish salieron del ascensor para dejar paso a Rourke. El agente especial asintió con la cabeza y la puerta se cerró tras él. Bosch y Wish se dirigieron hacia la oficina.
– La verdad es que no sois tan distintos. Él también estuvo en la guerra -le dijo ella-. Dale una oportunidad. Será difícil trabajar si no pones un poco de tu parte.
Bosch no dijo nada y ambos caminaron por el pasillo hasta llegar a la oficina del Grupo 3, donde Wish le señaló la mesa de detrás de la suya. Le explicó que estaba vacía porque su ocupante había sido trasladado al Grupo 2, la brigada antipornográfica. Bosch puso su maletín sobre la mesa, se sentó y miró a su alrededor. La oficina estaba mucho más llena que el día anterior; había media docena de agentes sentados en sus mesas y tres más de pie, al fondo de la sala, alrededor de un archivador en el que descansaba una caja de donuts. Bosch reparó en un televisor y un vídeo que no estaban allí en su anterior visita.