Выбрать главу

– Antes has mencionado una cinta de vídeo -le dijo a Wish.

– Sí. Lo preparo y te lo miras mientras yo contesto un par de llamadas.

Wish sacó un vídeo del cajón de su mesa y los dos caminaron hacia al fondo de la sala. Los tres agentes se retiraron en silencio con sus donuts, sorprendidos por la presencia de un intruso. Ella preparó la cinta y lo dejó solo.

El vídeo, rodado por un aficionado con una cámara manual, hacía un recorrido del camino seguido por los ladrones. Empezaba en lo que parecía la alcantarilla: un túnel cuadrado que se perdía en la oscuridad, allá donde no llegaba la luz estroboscópica. Tal como había dicho Wish, la alcantarilla era lo suficientemente grande para que pasara un camión y por ella discurría un reguero de agua. El moho y las algas cubrían el suelo de cemento y la parte inferior de las paredes, y Bosch casi podía oler la humedad. La cámara enfocó el fondo verde grisáceo y las marcas de neumático sobre el lodo. La siguiente escena mostraba la boca del túnel excavado por los ladrones, un agujero bien definido en la pared de la cloaca. En la pantalla aparecieron un par de manos que retiraban el círculo de conglomerado que servía para cubrir el orificio durante el día. Las manos se fueron alejando y entonces apareció una cabeza; la de Rourke. Rourke, que llevaba un mono oscuro con las letras blancas del FBI en la espalda, colocó la tabla sobre el agujero; encajaba a la perfección.

En ese momento el vídeo saltaba al interior del túnel. A Bosch le resultó angustioso porque le trajo recuerdos de las galerías excavadas a mano en Vietnam. El túnel se curvaba a la derecha bajo la luz algo surrealista de las velas que habían clavado en la pared cada seis metros. Al cabo de unos veinte metros, el pasadizo giraba bruscamente a la izquierda y continuaba en línea recta durante unos treinta metros, en los que todavía había velas encendidas. Finalmente, la cámara llegaba a un punto sin salida lleno de escombros: cemento, barras retorcidas y armazones de acero. La siguiente escena era un primer plano del boquete que perforaron en el techo del conducto subterráneo, por el que se veía la cámara acorazada. Rourke, todavía con su mono del FBI, miró a la cámara, se pasó un dedo por el cuello y entonces hubo otro corte. Esta vez se ofrecía un plano general de toda la sala desde dentro. Tal como Bosch había visto en la foto del periódico, cientos de cajas fuertes abiertas y vacías yacían apiladas en el suelo. Mientras dos peritos empolvaban las puertas en busca de huellas dactilares, Eleanor Wish y otro agente examinaban las cajas y tomaban notas en sus libretas. Finalmente la cámara enfocó al suelo, al agujero que daba al túnel, y la pantalla se tornó negra; Bosch rebobinó la cinta y se la devolvió a la agente Wish.

– Interesante -comentó-. He notado algunas semejanzas con los túneles de allí, pero nada me habría hecho relacionar esto con las ratas de Vietnam. ¿Cuál fue la pista que os llevó a Meadows y gente como yo?

– Primero fue el C-4 -dijo ella-. El Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego (ATF) envió un equipo a que examinara el cemento armado tras la explosión. Ellos encontraron restos de un explosivo, lo analizaron y descubrieron que era C-4. Seguro que lo conoces. Lo usaban en Vietnam, especialmente las ratas de los túneles. Pero ahora existen explosivos mucho mejores, con un área de impacto más comprimida, más sencillos de manipular y detonar. Son menos peligrosos y más fáciles de conseguir; incluso más baratos. Por eso supusimos, bueno, lo supuso el del ATF, que quien lo empleó lo hizo porque estaba acostumbrado a usarlo, se sentía cómodo con él. Así que en seguida pensamos que podría tratarse de un veterano de Vietnam. Otra pista que apuntaba en esa dirección fueron las bombas trampa. Creemos que antes de entrar en la cámara acorazada para desvalijar las cajas, los ladrones plantaron unas cuantas bombas a fin de protegerse por la retaguardia.

»Para asegurarnos de que no había más C-4, enviamos un perro del ATF. El detector que llevaba el animal registró la existencia de explosivos en dos puntos del túnel, en medio y en la entrada. Sin embargo, apenas quedaba nada; los ladrones se lo habían llevado todo consigo. Lo único que encontramos en esos lugares fueron varios agujeritos en el suelo y unos cables rotos, como si hubieran sido cortados con unos alicates.

– Cables trampa -dijo Bosch.

– Exactamente. Dedujimos que habían dispuesto varias trampas contra los posibles intrusos. Si alguien hubiera entrado por detrás para detenerlos, el túnel habría explotado y los habría sepultado bajo Hill Street. Por suerte los ladrones se llevaron los explosivos cuando se fueron; si no, todos podríamos haber saltado por los aires.

– Pero una explosión de esa magnitud los habría matado a ellos también -comentó Bosch.

– Sí. Los tíos iban a por todas; estaban armados hasta los dientes y dispuestos a morir. O todo o nada… -comentó Wish-. Bueno, la verdad es que no empezamos a pensar en algo tan específico como las ratas de los túneles hasta que examinamos las huellas de neumáticos en la alcantarilla. Había huellas por todas partes, aunque no un rastro completo, por lo que tardamos un par de días en llegar desde la boca del túnel a la entrada en el cauce del río. Entonces comprendimos que no era una ruta fácil; aquello es un laberinto y tenías que saberte el camino. Por eso dedujimos que los ladrones no se habrían pasado las noches buscando con un mapa y una linterna.

– ¿Qué hicieron? ¿Dejar unas miguitas como Hansel y Gretel?

– Más o menos. Allá abajo las paredes están totalmente cubiertas de pintadas: hay señales del Departamento de Aguas para saber dónde están, para indicar qué tramo lleva adonde, fechas de inspección, etc. Vamos, que están más pintarrajeadas que un barrio latino del este de Los Ángeles. Supusimos que los ladrones habrían marcado el camino y empezamos a buscar señales que se repitieran. Únicamente hallamos una: una especie de símbolo de la paz, pero sin el círculo. Sólo tres trazos rápidos.

Bosch lo conocía porque él mismo lo había usado hacía veinte años. Tres trazos hechos en la pared del túnel con una navaja. Aquél era el símbolo que empleaban los soldados para marcar el camino y volver a encontrar la salida.

– Uno de los agentes de la policía de Los Ángeles que estaban allí aquel día, antes de que nos pasaran el caso a nosotros, dijo que lo había visto en Vietnam. Él no era una rata de los túneles, pero nos habló de ellos y así lo relacionamos. Entonces nos dirigimos al Departamento de Defensa y la Asociación de Veteranos, quienes nos proporcionaron una lista de nombres. Entre ellos estaban Meadows, tú y más gente.

– ¿Cuántos más?

Ella le pasó una pila de carpetas.

– Están todos ahí. Si quieres puedes echarles un vistazo.

En ese momento apareció Rourke.

– La agente Wish me ha dicho que ha solicitado usted una carta -dijo Rourke-. No hay ningún problema. Yo ya he escrito algo e intentaré que nuestro superior, el agente especial Whitcomb, me lo firme hoy.

Como Bosch no hizo ningún comentario, Rourke siguió hablando.

– Es posible que ayer nos pasáramos un poco con usted, pero espero haberlo solucionado con su teniente y la gente de Asuntos Internos. -Rourke le ofreció una sonrisa que habría sido la envidia de cualquier político-. Ah, por cierto, quería decirle que admiro su hoja de servicio; la militar. Yo estuve allí bastante tiempo; nunca entré en esos túneles angustiosos, pero me quedé hasta el final. Fue una pena.

– ¿Qué fue una pena? ¿Que terminara?

Rourke lo miró fijamente; Bosch observó que el agente iba enrojeciendo a medida que su cejas se juntaban. Rourke tenía la piel muy pálida y una cara tan huesuda que parecía estar constantemente chupando un pirulí. Era unos años mayor que Bosch y más o menos de la misma estatura, aunque más corpulento. Al tradicional uniforme del FBI, chaqueta azul marino y camisa azul clara, Rourke había añadido el toque de color de una corbata roja.