– La siete, pero creo que no está. Normalmente deja su moto ahí, en el pasillo. Habrá salido.
– Bueno, ¿hay alguien más en la siete?
– Sí, claro. Siempre hay alguien.
– ¿Primer piso?
– Sí.
– ¿Ventana o puerta de atrás?
– Las dos cosas. La puerta de detrás es corredera. Vayan con cuidado que el vidrio es caro.
El viejo alargó la mano y descolgó de un clavo una llave marcada con el número 7, que deslizó por el agujero de la ventanilla.
El detective Pierce Lewis encontró en su cartera un recibo del cajero automático, que usó como mondadientes. Notaba un sabor en la boca como si todavía le quedase un trozo enorme de la salchicha que había desayunado. Fue rascando entre los dientes con la tarjetita de cartón hasta que estuvieron limpios. A continuación dio un chasquido de insatisfacción con la lengua.
– ¿Qué pasa? -preguntó el detective Clarke. Conocía las costumbres de su compañero; cuando se limpiaba los dientes y chasqueaba la lengua era que algo le preocupaba.
– Nada, que creo que nos ha calado -respondió Lewis después de tirar la tarjeta por la ventanilla-. Esa miradita que nos ha echado al salir del coche… Ha sido muy rápida, pero creo que nos ha descubierto.
– No nos ha visto. Si no, hubiera venido hacia aquí para montarnos un numerito. Es lo que hacen siempre: te montan un número y luego te ponen una denuncia. Si nos hubiera visto, nos habría mandado a la Liga de Protección del Policía. Por suerte, los policías son los últimos en enterarse de que los siguen.
– Puede ser -dijo Lewis.
Lo dejó correr por el momento, pero seguía preocupado. Lewis no quería volver a pifiarla; cuando había tenido a Bosch cogido por los huevos la cosa se había ido a pique porque Irving, la mandíbula volante, había dado marcha atrás. Pero esta vez no, se prometió Lewis en silencio; esta vez se lo cargarían.
– ¿Estás tomando notas? -le preguntó Lewis a su compañero-. ¿Qué crees que estarán haciendo en ese antro?
– Buscando algo.
– No me jodas, ¿de verdad?
– Oye, ¿te has levantado con el pie izquierdo?
Lewis dejó de observar el Blue Chateau para mirar a Clarke, que tenía las manos sobre el regazo y el asiento echado hacia atrás, en un ángulo de sesenta grados. Con sus gafas de espejo resultaba imposible saber si estaba despierto o no.
– ¿Vas a tomar notas o qué? -insistió Lewis. -¿Por qué no las tomas tú?
– Porque yo conduzco. Ya sabes que ése es el trato. Si no quieres conducir, tienes que escribir y sacar fotos. Venga, apunta algo que le podamos enseñar a Irving. Si no, el 181 nos caerá a nosotros, no a Bosch.
– Querrás decir el 1/81. Nada de abreviaciones, ¿recuerdas?
– Vete a la mierda.
Riéndose por lo bajo, Clarke sacó una libreta del bolsillo interior de su chaqueta y una pluma Cross del de su camisa.
Cuando Lewis comprobó que estaba tomando notas y volvió a mirar al motel, vio a un chico rubio con el pelo a lo rasta dando vueltas en una motocicleta amarilla. El chico se detuvo junto al coche del que habían bajado Bosch y la mujer del FBI y miró a través de la ventanilla.
– Eh, ¿qué es esto? -exclamó Lewis.
– Un chico -contestó Clarke al alzar la vista-. Estará buscando la radio del coche para mangarla. Oye, ¿qué hacemos si lo intenta? ¿Joder la vigilancia para salvar la radio de un gilipollas?
– No vamos a hacer nada, ni él tampoco. Ha visto el micrófono y se ha dado cuenta de que es un coche de la policía. Está retrocediendo.
El chico le dio al gas y trazó dos círculos con la moto, con la vista fija en la puerta del motel. Después cruzó el aparcamiento trasero, volvió a la calzada y finalmente se detuvo detrás de una camioneta Volkswagen aparcada junto a la acera. Tapado por aquel cacharro, el chico espiaba la entrada del Blue Chateau, sin advertir la presencia de los dos hombres de Asuntos Internos en un coche aparcado a media manzana de él.
– Venga, niño, lárgate -dijo Clarke-. No quiero tener que llamar a la patrulla por culpa de un capullo.
– Sácale una fotografía con la Nikon -le aconsejó Lewis-. Nunca se sabe. Puede que pase algo y la necesitemos. Y ya que estás en ello, apúntate el número de teléfono que pone en el neón. A lo mejor tenemos que llamar más tarde para averiguar que hacían Bosch y la tía del FBI.
A Lewis no le hubiera costado nada coger la cámara del asiento y sacar las fotos, pero aquello habría sentado un precedente peligroso. Podría romper el delicado equilibrio de las normas de vigilancia: el conductor conduce, y el pasajero hace todo lo demás.
Clarke obedeció y tomó las fotos del chico de la motocicleta con el teleobjetivo.
– Saca una de la matrícula de la moto -le pidió Lewis.
– No hace falta que me lo digas -replicó Clarke mientras dejaba la cámara sobre el asiento.
– ¿Has apuntado el teléfono para llamar luego?
– Ya lo tengo. Lo estoy escribiendo en la libreta, ¿lo ves? -se burló Clarke-. ¿Para qué tanta tontería? A lo mejor Bosch se está tirando a la tía ésa, a la agente federal. Cuando llamemos quizá nos digan que han alquilado una habitación.
Lewis se aseguró de que Clarke apuntaba el número en el cuaderno de vigilancia.
– Y quizá no -contestó Lewis-. Se acaban de conocer y, además, dudo que Bosch sea tan idiota. Habrán entrado a buscar a alguien; tal vez a un testigo.
– El informe del asesinato no mencionaba ningún testigo.
– Porque Bosch no lo puso. Él trabaja así.
Esa vez Clarke no replicó, pero cuando Lewis volvió a mirar hacia el motel, el chico había desaparecido y no había rastro de la motocicleta.
Bosch esperó un minuto para dar tiempo a Eleanor Wish a llegar al otro lado del Blue Chateau y cubrir la salida trasera de la habitación número siete. Al acercar la oreja a la puerta, Bosch creyó oír un murmullo y alguna palabra entrecortada. Había alguien dentro. Pasado el minuto, llamó a la puerta con fuerza. Hubo movimiento -pasos rápidos en la moqueta-, pero nadie contestó. Volvió a llamar y esperó.
– ¿ Quién es? -inquirió finalmente una voz de chica.
– Policía -anunció Bosch-. Queremos hablar con Tiburón.
– No está aquí.
– Entonces queremos hablar contigo.
– No sé dónde está.
– Abre la puerta, por favor.
Bosch oyó más ruido, como el de alguien chocando contra los muebles, pero la puerta no se abrió. Entonces oyó el ruido de la puerta corredera. Metió la llave en la cerradura y abrió a tiempo para distinguir la figura de un hombre que salía por la puerta trasera y saltaba del porche al suelo. No era Tiburón. La voz de Wish ordenó al hombre que se detuviera.
Bosch hizo un inventario mental de la habitación: un recibidor con un armario a la izquierda, un cuarto de baño a la derecha (ambos vacíos a excepción de unas prendas de ropa tiradas por el suelo), dos camas de matrimonio, una en cada pared, un tocador con espejo y una moqueta pardusca especialmente gastada alrededor de las camas y en el camino al baño. La chica, rubia y menuda, tenía unos diecisiete años y estaba sentada en el borde de una de las camas envuelta en una sábana. Bosch vio el relieve de un pezón que se marcaba contra la sucia sábana blanca. La habitación olía a sudor y perfume barato.
– Bosch, ¿estás bien? -preguntó Wish desde fuera. Él no la veía porque la tapaba una sábana colgada a modo de cortina sobre la puerta corredera.
– Sí. ¿Y tú?
– También. ¿Qué hacemos?
Bosch se dirigió hacia la puerta corredera y se asomó al exterior. Wish estaba detrás de un hombre con los brazos en alto y las manos sobre la pared trasera del motel. Tendría unos treinta años y la palidez propia de alguien que ha pasado un mes a la sombra. Llevaba la bragueta abierta y una camisa a cuadros mal abotonada y tenía la vista fija en el suelo con cara de no tener una explicación y necesitarla urgentemente. A Bosch le sorprendió la decisión del hombre de abrocharse la camisa antes que los pantalones.