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Wish redujo la velocidad al pasar delante de una terraza en la que varias parejas de hombres tomaban té helado en copas decoradas con rodajas de naranja. Sentados en sillas blancas de hierro forjado junto a mesas de cristal, los hombres echaban una ojeada a Bosch y en seguida apartaban la vista sin mostrar interés. Bosch buscó a Tiburón pero no lo vio. Volvieron a pasar a escasa velocidad y él miró en el callejón lateral, pero los dos hombres que había allí eran demasiado mayores para ser Tiburón.

Bosch y Wish dedicaron los siguientes veinte minutos a recorrer sin éxito los bares y restaurantes gays de la zona de Santa Mónica Boulevard. Al mismo tiempo Bosch seguía controlando a los de Asuntos Internos, que nunca se alejaban más de una manzana de ellos. Wish no dijo nada al respecto, pero Bosch tenía entendido que los federales casi siempre eran los últimos en darse cuenta de que los seguían. Estaban acostumbrados a ser los cazadores, no la presa.

Se preguntaba qué cono hacían Lewis y Clarke. ¿Esperaban que él quebrantara la ley o el reglamento delante de un agente del FBI? Empezaba a plantearse si los dos detectives estarían actuando por cuenta propia. Tal vez querían que él los viera; era una especie de presión psicológica. Bosch le pidió a Wish que aparcara un momento delante de Barnie's Beanery y saltó del coche para usar un teléfono situado junto a la puerta del viejo bar. Acto seguido marcó el número directo de Asuntos Internos, que se sabía de memoria porque había tenido que llamar dos veces diarias el año anterior, a raíz de su suspensión.

– ¿Están Lewis o Clarke?

– No, lo siento. ¿Quiere que les dé algún recado? -dijo una voz femenina.

– No, gracias. Em… Soy el teniente Pounds del Departamento de Detectives de Hollywood. ¿Sabe si volverán pronto? Tengo que consultarles un asunto.

– Me parece que están en código 7 hasta el turno de tarde.

Bosch colgó. Estaban fuera de servicio hasta las cuatro. O tramaban algo o Bosch les había jodido demasiado y habían decidido ir a por él en sus horas libres. Cuando volvió al coche, le dijo a Wish que había llamado a su oficina para saber si tenía algún mensaje.

Hasta que Wish arrancó, Bosch no vio la motocicleta amarilla a media manzana de Barnie's. Estaba encadenada a un parquímetro delante de un restaurante de tortitas.

– Ahí está -dijo Bosch, señalando con el dedo-. Pasa por delante, voy a comprobar la matrícula. Si es ésa, tendremos que esperar.

Efectivamente, era la motocicleta de Tiburón.

Bosch cotejó el número y éste coincidía con los apuntes que había tomado del archivo CRAC. Del muchacho, sin embargo, no había ni rastro. Tras dar la vuelta a la manzana, Wish aparcó en el mismo lugar de donde acababan de salir.

– O sea, que tenemos que esperar a este chico -dijo ella-. Porque puede ser un testigo.

– Sí, eso creo. Pero no hace falta que los dos perdamos el tiempo. Puedes dejarme aquí; yo entro en Barnie's, me pido una jarra de cerveza y un plato de chili y lo vigilo desde la ventana.

– No, no importa. Me quedo.

Bosch se puso cómodo. Sacó un paquete de tabaco, pero ella lo detuvo antes de que cogiera un cigarrillo.

– ¿Has oído hablar del informe sobre los riesgos secundarios? -preguntó.

– ¿El qué?

– Este mes ha salido un informe del Departamento de Sanidad que confirma que el humo es cancerígeno. Cada año se diagnostica cáncer de pulmón a tres mil fumadores pasivos. Si fumas te estás matando a ti y a mí, así que, por favor, no lo hagas.

Bosch se guardó los cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta y los dos observaron en silencio la moto del chico. De vez en cuando, Bosch echaba una ojeada al retrovisor lateral, pero no vio el coche de Lewis y Clarke. También miraba a Wish de reojo, cuando le parecía que ella no lo veía. Mientras tanto, Santa Mónica Boulevard se iba llenando de coches a medida que se acercaba la hora punta. Wish mantuvo la ventanilla subida para evitar el monóxido de carbono, lo cual aumentó considerablemente la temperatura del interior del coche.

– ¿Por qué me miras? -le preguntó ella al cabo de una hora de vigilancia.

– ¿Mirarte? No te miro.

– Sí que me miras. ¿Habías tenido alguna vez un compañero que fuera mujer?

– No, pero no te miraría por eso. Si es que te estaba mirando.

– ¿Pues por qué? Si es que me mirabas.

– Estaría intentado descubrir quién eras y por qué estás haciendo esto. Siempre he pensado, al menos me habían dicho, que la brigada de bancos del FBI era para vejestorios y colgados, los agentes que eran demasiado viejos o demasiado tontos para usar un ordenador o calcular los bienes de un estafador. Y de pronto apareces tú, en la brigada más anticuada. No eres un vejestorio y tampoco eres una colgada. Algo me dice que eres un buen fichaje.

Ella permaneció callada un instante y a Bosch le pareció ver una ligera sonrisa en sus labios que se esfumó inmediatamente, como si nunca hubiera estado allí.

– Supongo que eso es un cumplido -dijo al fin-. Si lo es, gracias. Tengo mis razones para trabajar en esta unidad y la verdad es que puedo elegir. En cuanto a los otros de la brigada, yo no los definiría como tú. Creo que esa actitud que, por cierto, parecéis compartir muchos de tus compañeros…

– Ahí está Tiburón -la interrumpió Bosch.

Un chico rubio con el pelo a lo rasta había salido de un callejón lateral entre el restaurante de tortitas y una pequeña galería comercial. Junto a él había un hombre mayor que él que lucía una camiseta con el lema «¡Los noventa son supergays!». Bosch y Wish los observaban desde el coche. Tras intercambiar unas cuantas palabras, Tiburón se sacó algo del bolsillo y se lo pasó al hombre. Este examinó lo que parecía una baraja de cartas, escogió un par y le devolvió el resto. A continuación le dio a Tiburón un billete de color verde.

– ¿Qué hace? -preguntó Wish.

– Comprar fotos de bebés.

– ¿Qué?

– Es un pedófilo.

Mientras el hombre se alejaba calle abajo, Tiburón se dirigió a su motocicleta para quitar la cadena. -Vamos -dijo Bosch y salió del coche.

«Ya está bien por hoy», pensó Tiburón. Era hora de pirarse. Encendió un pitillo y se agachó para abrir el candado de la moto. Su pelo rizado le tapaba los ojos y olía a esa cosa de coco que se había puesto la noche anterior, en casa del marica del Jaguar. Eso fue después de que Pirómano le rompiese la napia y saltara sangre por todas partes. Tiburón se levantó y, estaba a punto de colocarse la cadena en la cintura, cuando los vio venir. «Polis.» Estaban demasiado cerca para echar a correr. Disimuló mientras hacía un repaso mental de lo que llevaba en los bolsillos. Ya no tenía las tarjetas de crédito; las había vendido. El dinero podía venir de cualquier parte. No pasaba nada. A no ser que el marica lo señalara en una rueda de identificación. A Tiburón le sorprendió que el tío hubiera presentado una denuncia. Hasta entonces, nadie lo había hecho.

Tiburón sonrió a los dos polis que se acercaban y entonces vio que el tío sacaba una grabadora. ¿Una grabadora? ¿De qué iban? El poli apretó el botón de encendido y, al cabo de unos segundos, Tiburón reconoció su propia voz. «Esto no tiene nada que ver con el marica del Jaguar, sino con el muerto de la tubería.»

– ¿Qué queréis? -preguntó Tiburón.

– Queremos que nos hables de esto -dijo el poli.

– Oíd, tíos, que yo no tuve nada que ver. No me iréis a cargar con el… -El chico se calló un momento-. ¡Eh! Tú eres el de la comisaría. Te vi el otro día. Si esperáis que os diga que yo lo maté…

– Tranquilo -dijo el poli-. Sabemos que tú no lo hiciste. Sólo queremos saber lo que viste, eso es todo. Ponle el candado a la moto. Luego ya te traeremos en coche.