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El poli dijo su nombre y el de la tía: Bosch y Wish. Entonces explicó que ella era del FBI, algo bastante raro. El chico dudó un instante y luego se agachó a cerrar el candado.

– Sólo queremos llevarte a la comisaría de Wilcox para que contestes a unas preguntas y tal vez nos hagas un dibujo -continuó Bosch.

– ¿De qué? -preguntó Tiburón.

Bosch no respondió, se limitó a hacer un gesto con la mano para que lo siguiera y entonces señaló un poco más allá a un Caprice de color gris. Era el mismo coche que Tiburón había visto delante del Blue Chateau. Mientras caminaban, Bosch tenía la mano sobre el hombro de Tiburón. El chico aún no era tan alto como el detective, pero los dos eran igualmente delgados y musculosos. El chaval llevaba una camiseta teñida de color lila y amarillo y unas gafas de sol negras colgadas del cuello con un cordón naranja, que se puso al llegar al Caprice.

– Bueno, Tiburón -dijo Bosch al llegar al coche-.

Ya conoces el reglamento. Vamos a registrarte antes de que subas al coche para no tener que esposarte durante el trayecto. Pon todo lo que tengas sobre el capó.

– ¡Pero si me acabas de decir que no estoy bajo sospecha! -protestó Tiburón-. No tengo por qué hacer todo esto.

– Ya te lo he dicho. Son las reglas; luego te lo devolveremos todo. Excepto las fotos, claro.

Tiburón miró a Bosch y luego a Wish. Entonces se metió las manos en los bolsillos de sus téjanos gastados.

– Sí, sabemos lo de las fotos -le confirmó Bosch.

El chico puso sobre el capó 46,55 dólares, un paquete de tabaco, una caja de cerillas, un llavero con una pequeña navaja y las fotos. En ellas se veía a Tiburón y los otros miembros del grupo, desnudos, y en distintas fases de excitación sexual. Mientras Bosch ojeaba las fotos, Wish les echó un vistazo por encima del hombro de su compañero, pero en seguida desvió la mirada. A continuación cogió el paquete de tabaco y descubrió un porro entre los cigarrillos.

– Creo que también tendremos que quedarnos con esto -dijo Bosch.

Los tres se dirigieron hacia la comisaría de policía en Wilcox Street; era hora punta y habrían tardado una hora en llegar al edificio federal en Westwood Avenue. Cuando llegaron a la oficina de detectives eran ya más de las seis y todo el mundo se había ido a casa. Bosch llevó a Tiburón a una de las salas de interrogatorio, una habitación de tres metros por tres, con una pequeña mesa cubierta de quemaduras de cigarrillo y tres sillas. En una de las paredes un cartel escrito a mano rezaba: «¡Prohibido lloriquear!» Bosch sentó al chico en el tobogán, una silla de madera con el asiento muy barnizado y con las patas de delante medio centímetro más cortas que las de detrás. La inclinación no era suficiente para notarse, pero impedía que la gente se sintiera cómoda. Casi todos se echaban hacia atrás, pero acababan resbalando lentamente hacia delante, frente a la cara del interrogador. Bosch le dijo al chico que no se moviera y salió al pasillo a planear una estrategia con Wish. En cuanto cerró la puerta, ella la abrió.

– Es ilegal dejar a un menor solo en una sala cerrada -explicó Wish.

Bosch la cerró de nuevo.

– Él no se ha quejado -replicó Bosch-. Tenemos que hablar. ¿Qué quieres que haga? ¿Lo quieres tú o lo cojo yo?

– No sé -contestó ella.

Estaba claro; aquello quería decir que no. Una primera entrevista con un testigo, sobre todo con uno reticente, requería una hábil combinación de estrategia, argucias y encerronas. Si Wish no lo sabía, era mejor que no lo hiciera.

– Según tu expediente, tú eres el experto en interrogatorios -se burló ella-. No sé si usas la maña o la fuerza, pero me gustaría verlo.

Bosch asintió, sin hacer caso a la pequeña puya. Se metió la mano en el bolsillo y sacó el tabaco y las cerillas del chico.

– Entra y dale esto. Mientras tanto voy a mi mesa a recoger mis mensajes y preparar una cinta. -Cuando Bosch vio la cara de Wish al coger los cigarrillos, añadió-: Regla número uno de un interrogatorio; haz que el sujeto se sienta cómodo. Dale el tabaco, y si no te gusta, aguanta la respiración.

Bosch empezó a alejarse, pero ella le detuvo.

– Bosch, ¿qué hacía Tiburón con esas fotos?

«Conque eso era lo que la preocupaba», pensó Bosch.

– Mira, hace cinco años un chico como él se habría ido con ese tío a hacer quién sabe qué. Ahora, en cambio, le vende una foto suya y punto. Hoy en día hay tantas trampas mortales (personas y enfermedades) que los chicos se han vuelto listos. Es más fácil vender fotos que el propio cuerpo.

Wish abrió la puerta de la sala de interrogatorios y entró. Mientras tanto Bosch atravesó la oficina y comprobó si había algún recado en el punzón de hierro de su mesa. Habían llamado su abogado y Bremmer del Times, aunque este último lo había hecho con un seudónimo, tal como habían acordado previamente. Harry no quería que un fisgón descubriera que le había telefoneado un periodista.

Bosch dejó los mensajes clavados en el punzón, sacó su carné y abrió con él el candado del armario de material. A continuación cogió una cinta virgen de noventa minutos y la introdujo en la grabadora que había en el estante inferior del armario. Primero la encendió para asegurarse de que funcionaba; luego apretó el botón de grabado y comprobó que los dos cabezales giraban. Finalmente atravesó el pasillo hasta el mostrador principal y le dijo a un gordito novato que estaba ahí sentado que le pidiera una pizza. Le dio al chico un billete de diez y le dijo que, cuando llegara, se la llevase a la sala de interrogatorios junto con tres Coca-Colas.

– ¿Qué quieres en la pizza? -preguntó el chico.

– ¿Qué te gusta a ti?

– Salchicha y pepperoni. Odio las anchoas. -Pues que sea de anchoas.

Bosch volvió a la oficina de detectives. Cuando entró en la sala de interrogatorios, Wish y Tiburón estaban en silencio y Bosch tuvo la sensación de que no habían hablado mucho. Wish no conectaba con el chico. Ella se sentó a la derecha de Tiburón, mientras Bosch se acomodaba a la izquierda del chico.

La única ventana de la sala era un pequeño cuadrado de espejo en la puerta que permitía ver desde fuera, pero no desde dentro.

Bosch decidió ser sincero con Tiburón desde el principio. Aunque era sólo un niño, probablemente era más astuto que la mayoría de hombres que se habían sentado en el tobogán antes que él. Si el chico notaba que le estaban engañando, empezaría a contestar con monosílabos.

– Tiburón, vamos a grabar esto porque puede resultarnos útil más adelante -explicó Bosch-. Como te dije, no estás bajo sospecha así que no debe preocuparte lo que digas, a no ser que nos vayas a decir que lo hiciste tú.

– ¿Lo ves? -protestó el chico-. Ya me parecía a mí que ibais a sacarme la maldita grabadora. Oye, que no es la primera vez que entro en uno de estos búnkers…

– Por eso no vamos a mentirte. Para que conste en la cinta, vamos a presentarnos: yo soy Harry Bosch, del Departamento de Policía de los Ángeles, ella es Eleanor Wish, del FBI y tú eres Edward Niese, alias Tiburón. Quiero empezar por…

– ¿Qué cono hace aquí el FBI? ¿Quién era el fiambre? ¿El presidente?

– Tranquilo -le cortó Bosch-. Esto es sólo un programa de intercambio. Como cuando ibas al colegio y venían niños de Francia o de otro país extranjero. Imagínate que ella es francesa y ha venido a aprender de los profesionales. -Bosch sonrió y le guiñó el ojo a Wish. Tiburón la miró y también esbozó una sonrisa-. Primero contéstame a esta pregunta para que podamos pasar a cosas más interesantes. ¿Mataste tú al tío de la tubería? -Qué va. Yo sólo vi…

– Espera, espera -interrumpió Wish y, mirando a Bosch, preguntó-: ¿Podemos salir un segundo?

Bosch se levantó y salió, seguido de Wish. Esta vez fue ella quien cerró la puerta.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó él.

– ¿Qué estás haciendo tú? ¿Vas a leerle sus derechos o quieres empezar la entrevista de manera ilegal?