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Tras darle una última calada a su cigarrillo, Tiburón lo apagó en el cenicero lleno de colillas y ceniza. Exhaló el humo por la nariz y miró a Bosch, quien le hizo un gesto para que continuara. El chico volvió a incorporarse.

– Em… Yo me quedé allí y el tío salió de la tubería al cabo de un minuto… no más de un minuto. Al salir, miró a su alrededor, pero no me vio. Entonces se fue hacia un arbusto cerca de donde yo estaba y arrancó una rama. Volvió a entrar a la cañería, y lo oí barrer o hacer no sé qué con la rama. Luego salió y se metieron en el coche. Ah, pero cuando empezó a dar marcha atrás, claro, las luces traseras se encendieron. El tío se paró de golpe. Oí que decía que no podían retroceder por culpa de la luz, que los podrían ver. Así que arrancaron hacia delante, sin encender los faros. Bajaron por la carretera, atravesaron la presa y llegaron al otro lado del lago. Cuando pasaron por delante de esa caseta que hay en la presa supongo que se cargaron la bombilla, porque se apagó de repente. Yo me quedé escondido hasta que dejé de oír el ruido del motor.

Tiburón hizo una pausa que Wish aprovechó para preguntar:

– Lo siento, pero ¿podemos abrir la puerta para que salga el humo?

Bosch alargó la mano y abrió la puerta de un empujón, sin intentar ocultar su enfado.

– Adelante, Tiburón -fue lo único que dijo.

– Pues, nada, cuando se largaron me fui hacia la tubería y me puse a gritarle al tío: «¡Eh, tú! ¿Estás bien?» Pero no me contestó, así que decidí entrar. Primero apoyé la moto en el suelo para dar un poco de luz y también encendí una cerilla, como tú has dicho. Entonces lo vi y, bueno, creí que estaba muerto. Iba a comprobarlo, pero me dio grima y salí a toda leche. Bajé la colina, llamé a la poli y ya está. No hice nada más, te lo juro.

Bosch dedujo que el chico había querido robarle la cartera, pero se había asustado. No importaba, podía guardar su secreto. Entonces pensó en la rama que el hombre había usado para borrar las pisadas tras haber arrastrado el cadáver. Se preguntó por qué los policías de uniforme no habían encontrado ni la rama ni el arbusto roto durante el registro de la escena del crimen. Pero no le dio muchas vueltas porque sabía la respuesta: descuido, pereza. No era la primera vez que pasaban algo por alto; ni la última.

– Vamos a ver si ha llegado ya la pizza -anunció Bosch, levantándose-. En seguida volvemos.

Fuera de la sala de interrogatorios Bosch controló su enfado y tan sólo dijo:

– Mea culpa. Tendríamos que haber decidido cómo queríamos hacerlo antes de que empezara su historia. A mí me gusta escuchar primero y luego hacer preguntas. Ha sido culpa mía.

– No te preocupes -le respondió Wish en tono seco-. De todas formas no creo que nos sea muy útil.

– No lo sé. -Bosch reflexionó un instante-. Pensaba volver a entrar y seguir hablando un rato; quizá sacarle un retrato robot. Y si no recuerda nada más, podemos intentar hipnotizarlo.

Bosch no tenía ni idea de cómo reaccionaría Wish a su última sugerencia. La había dejado caer de forma casual, con la esperanza de que pasara inadvertida. Los tribunales de California habían dictaminado que hipnotizar a un testigo invalidaba su testimonio en un juicio. Si hipnotizaban a Tiburón, no podría ser usado como testigo en ningún proceso relacionado con la muerte de Meadows.

Wish frunció el ceño.

– Ya sé -concedió Bosch-. Lo perderíamos como testigo, pero a este paso no llegaremos a los tribunales. Tú misma has dicho que no era tan útil.

– Ya, pero no sé si deberíamos cerrarnos una puerta tan pronto.

Bosch se dirigió hacia la sala de interrogatorios y vio a través de la ventanita que Tiburón se estaba fumando otro cigarrillo. De pronto el chico apagó el pitillo y se levantó. Miró hacia la ventanita de la puerta, pero Bosch sabía que no podía ver nada. Con un movimiento rápido y silencioso, el chico cambió su silla por la que había estado usando Wish. Bosch sonrió y dijo:

– Es un chico listo. Puede que sepa más, y no se lo sacaremos si no lo hipnotizamos. Creo que vale la pena arriesgarse.

– No tenía idea de que supieras hipnotizar. Debió de escapárseme cuando leí tu expediente.

– Seguro que se te escaparon muchas cosas -le contestó Bosch. Al cabo de un rato añadió-: Supongo que soy uno de los últimos que quedan. Después de que el Tribunal Supremo se lo cargara, el departamento dejó de entrenar a la gente. Sólo hubo una hornada de policías que aprendió a hacerlo. Yo era uno de los más jóvenes; los demás ya se habrán retirado.

– De todos modos, creo que debemos esperar -opinó ella-. Preferiría hablar un poquito más con él y dejar que pasaran un par de días antes de desecharlo como testigo.

– Muy bien, pero ¿sabes dónde estará un chico como Tiburón en un par de días?

– Confío en ti. Ya lo has encontrado una vez y podrás volver a hacerlo.

– Bueno. ¿Quieres preguntar tú?

– No, tú lo estás haciendo muy bien. Mientras pueda interrumpirte de vez en cuando, cuando se me ocurra algo…

Los dos sonrieron. Al volver a la sala de interrogatorios, les asaltó el olor a sudor y humo. Sin que Wish tuviera que pedírselo, Bosch dejó la puerta abierta para que se aireara.

– ¿Y la comida? -preguntó Tiburón.

– Aún no ha llegado -contestó Bosch.

Bosch y Wish pidieron a Tiburón que recontara la historia dos veces más, durante las cuales le interrumpieron para hacer preguntas. Esta vez trabajaron en equipo, como auténticos compañeros; intercambiaron miradas de complicidad, gestos sutiles e incluso sonrisas. Bosch se fijó en que Wish resbalaba en la silla un par de veces y le pareció que una ligera sonrisa asomaba en el rostro infantil de Tiburón. Cuando llegó la comida, el chico protestó por las anchoas, pero acabó zampándose tres cuartas partes de la pizza y bebiéndose dos de las Coca-Colas. Bosch y Wish pasaron de comer.

Tiburón les contó que el todoterreno era de color crudo o beige y que llevaba un escudo en la puerta lateral, aunque no supo describirlo. Quizá se trataba de hacerlo pasar por un vehículo del Departamento de Aguas, pensó Bosch. O tal vez era un vehículo del Departamento de Aguas. Bosch se convenció de que lo mejor sería hipnotizar al chico, pero prefirió no volver a sacar el tema. Esperaría a que Wish cambiara de opinión y se diera cuenta de que era necesario.

Tiburón también les contó que el hombre que se quedó en el jeep no dijo una sola palabra durante todo el rato que él estuvo observando. Era más pequeño que el conductor; bajo la pálida luz de la luna el chico sólo había vislumbrado la silueta de alguien más menudo recortada contra el espeso bosque de pinos que rodeaba el lago.

– ¿Y qué hizo ese otro hombre? -preguntó Wish.

– Vigilar, supongo. Estaría montando guardia porque ni siquiera conducía. Igual era el jefe o algo parecido.

Al conductor lo había visto mejor, pero no lo suficiente como para describirlo o componer un retrato robot con el identikit que Bosch había traído. El conductor era blanco, con el pelo moreno. Tiburón no podía, o no quería, ser más preciso en su descripción. Tan sólo especificó que llevaba una camisa y pantalones oscuros a juego, tal vez un mono, con una especie de delantal de carpintero de esos que llevan herramientas. Los grandes bolsillos estaban vacíos y ondeaban al viento. A Bosch le pareció curioso, pero a pesar de interrogar al chico desde varios ángulos distintos, no consiguió una descripción más detallada.

Al cabo de una hora habían terminado. Wish y Bosch dejaron a Tiburón en la sala llena de humo mientras ellos salían de nuevo a deliberar.

– Lo único que tenemos que hacer ahora es encontrar un todoterreno con una manta, hacer un microanálisis y comparar los cabellos -bromeó Wish-. Sólo debe de haber un millón de jeeps blancos o beige en el estado. ¿Quieres que yo dé la orden de búsqueda o prefieres encargarte tú mismo?

– Mira, hace dos horas no teníamos nada y ahora tenemos mucho. Déjame hipnotizar al chico. Quién sabe, a lo mejor conseguimos la matrícula, una descripción más clara del conductor, del escudo de la puerta o que recuerde algún nombre.