Bosch le mostró las manos con las palmas hacia arriba. Ya le había hecho aquella oferta antes y ella la había rechazado, cosa que hizo por segunda vez.
– Todavía no, Bosch. Déjame hablar con Rourke; quizá mañana. No quiero precipitarme y que nos salga el tiro por la culata, ¿de acuerdo?
Él asintió, dejando caer los brazos.
– ¿Y ahora qué? -preguntó ella.
– Bueno, el niño ya ha comido. ¿Por qué no nos encargamos de él y luego nos vamos a cenar algo? Conozco un sitio…
– No puedo -le cortó ella.
– … en Overland.
– Esta noche ya he quedado, lo siento. Otro día.
– Sí, claro. -Bosch se dirigió hacia la sala de interrogatorios para mirar por la ventanita. Con tal de que ella no le viera la cara… Se sentía tonto por haber intentado algo tan pronto-: Si tienes que irte, vete. Yo lo llevaré a un refugio para pasar la noche. No tenemos por qué perder el tiempo los dos.
– ¿Estás seguro?
– Sí, yo me ocuparé de él. Pediré que nos lleve una patrulla y recogeremos la moto por el camino. Luego me pueden acompañar a mi coche.
– Qué detalle. Quiero decir, lo de recoger su moto y ocuparte de él.
– Hicimos un trato, ¿no?
– Sí, pero tú te preocupas por él. He visto cómo lo tratabas. ¿Puede ser que te recuerde un poco a ti mismo? Bosch apartó la vista de la ventana y se volvió hacia ella.
– No -respondió él-. Sólo es otro testigo que tenemos que entrevistar. Si crees que es un capullo ahora, espera un poco más, a que tenga diecinueve o veinte años, si es que dura tanto. Entonces será un monstruo que se alimenta de la gente. No es la última vez que va a sentarse en esa sala; se pasará la vida entrando y saliendo hasta que mate a alguien o alguien lo mate a él. Como dijo Darwin, es la ley del más fuerte, y él es lo bastante fuerte como para sobrevivir. O sea que no, no me preocupo por él. Lo voy a meter en un refugio porque quiero saber dónde está cuando lo volvamos a necesitar. Eso es todo.
– Es muy bonito, pero no me lo creo. Te conozco, Bosch, y estoy segura de que te preocupa. La forma en que le diste de comer y le preguntaste…
– Mira, me importa un bledo las veces que hayas leído mi expediente… No digas que me conoces, porque es mentira.
Bosch se había acercado a ella hasta quedar a sólo unos centímetros de su cara. Wish bajó la vista y miró su libreta, como si hubiera algo escrito en ella que tuviera que ver con lo que él estaba diciendo.
– Mira -dijo Bosch-, podemos trabajar en esto juntos. Con un golpe de suerte como el de hoy, quizás incluso averigüemos quién mató a Meadows. Pero nunca seremos compañeros ni llegaremos a conocernos, así que tal vez deberíamos dejar de actuar como si lo fuéramos. No me cuentes que tu hermano pequeño se parece a mí porque tú no sabes cómo era yo. Un par de papeles y fotos en un archivo no quieren decir nada.
Tras cerrar su libreta y metérsela en el bolso, Wish finalmente alzó la vista. De pronto hubo un ruido procedente de la sala de interrogatorios. Era Tiburón, que se estaba mirando en el espejo de la puerta, pero ninguno de los dos le hizo caso. Wish taladró a Bosch con la mirada.
– ¿Siempre te pones así cuando una mujer te dice que no? -preguntó con calma.
– Eso no tiene nada que ver y tú lo sabes.
– Ya. -Wish empezó a alejarse, pero añadió-: ¿Quedamos a las nueve en el FBI?
Él no contestó, por lo que ella continuó caminando en dirección a la oficina de detectives. Tiburón volvió a llamar a la puerta y Bosch vio que el chico se estaba reventando un grano frente al espejo. Antes de irse, Wish se volvió una vez más.
– No hablaba de mi hermano pequeño, sino de mi hermano mayor -aclaró-. De hace mucho tiempo, cuando yo era pequeña y él se marchó a Vietnam.
Bosch no la miró. No se atrevía, porque presentía lo que ella iba a decir.
– Recuerdo cómo era entonces -explicó ella- porque fue la última vez que lo vi y esas cosas se te quedan grabadas. Mi hermano fue uno de los que no volvieron. -Dicho esto, salió.
Harry se comió el último trozo de pizza. Estaba fría y odiaba las anchoas, pero sintió que se lo merecía. Igual que la Coca-Cola caliente. Cuando hubo acabado se sentó en la mesa de Homicidios y se puso a hacer llamadas hasta que encontró una cama, o más bien un espacio, en Home Street Home, uno de los refugios donde no hacen preguntas, cerca del Boulevard. Allí no intentaban devolver a los fugados al lugar de donde venían, porque sabían que en la mayoría de los casos el hogar era una pesadilla peor que las calles. Se limitaban a proporcionar a los chicos un lugar seguro donde dormir y luego intentaban que se marcharan a cualquier sitio fuera de Hollywood.
Bosch sacó un coche sin identificativos del garaje de la comisaría y llevó a Tiburón hasta el lugar donde estaba su motocicleta. Como ésta no cabía en el maletero, Bosch hizo un trato con el chico: Tiburón iría en moto, mientras él lo seguiría en el coche. Cuando llegara al refugio, Bosch le devolvería el dinero, la cartera y el tabaco, pero no las fotos ni el porro, que fueron directos a la, basura. A Tiburón no le hizo gracia, pero obedeció. Bosch le ordenó que se quedara unos días en el refugio, aunque sabía que el chico seguramente se largaría a primera hora de la mañana.
– Te he encontrado una vez. Si te necesito, puedo volver a hacerlo -le advirtió mientras el muchacho ponía el candado a su moto.
– Ya lo sé -contestó Tiburón.
Era una falsa amenaza. Bosch sabía que había encontrado al chico cuando éste no era consciente de que le buscaban. Si intentaba ocultarse, la cosa sería muy distinta. Bosch le dio una de sus tarjetas baratas y le pidió que le llamara si recordaba algo más que pudiera resultar útil.
– ¿Útil para quién? -preguntó Tiburón.
Bosch no respondió. Subió al coche y regresó a Wilcox, mientras vigilaba por el retrovisor si le seguían. Parecía que no. Después de devolver el vehículo, se dirigió a su mesa y recogió los archivos sobre las ratas de los túneles. Luego pasó por la oficina de guardia, donde un teniente jovencito llamó a una de sus patrullas para que acompañaran a Bosch al edificio federal. El oficial de patrulla era un policía joven, asiático, con el pelo al uno. Bosch había oído que en la comisaría lo llamaban Fu-manchú. Los dos viajaron en completo silencio los veinte minutos que los separaban del edificio federal.
Harry llegó a casa a las nueve. A pesar de que la luz roja de su contestador automático parpadeaba, no había ningún mensaje; sólo el ruido de alguien que colgaba.
Harry encendió la radio para escuchar el partido de los Dodgers, pero luego la apagó; estaba cansado de oír a gente. En su lugar, puso varios compacts de Sonny Rollins, Frank Morgan y Branford Marsalis: música de saxo. Luego extendió las carpetas en la mesa del comedor y destapó una botella de cerveza. «Alcohol y jazz -pensó mientras bebía-. Duermes con la ropa puesta. Eres un poli tópico, Bosch. Un libro abierto, como todos los demás idiotas que deben de intentar ligar con ella cada día. Venga, concéntrate en lo que tienes delante.» Bosch abrió el expediente de Meadows y lo leyó detenidamente; antes, en el coche con Wish, sólo lo había ojeado por encima.
Meadows era un enigma para Bosch. Un heroinómano y adicto a las pastillas, pero también un soldado que había solicitado permanecer en Vietnam. Se quedó incluso cuando lo sacaron de los túneles. En 1970, después de dos años bajo tierra, lo asignaron a una unidad de la policía militar adscrita a la embajada estadounidense en Saigón. No volvió a entrar en acción nunca más, pero se quedó hasta el final de la guerra. Después del tratado y la retirada de las tropas americanas en el año 1973, le dieron de baja del ejército, pero permaneció en la embajada como asesor civil. Todo el mundo volvía a casa, menos Meadows. No regresó hasta el 30 de abril de 1975, el día de la caída de Saigón. Meadows volvió en un helicóptero y luego en un avión que trasladaba refugiados a Estados Unidos. Aquélla fue su última misión gubernamentaclass="underline" supervisar el transporte masivo de refugiados a Filipinas y Estados Unidos.