Bosch se terminó la cerveza y entró en la casa. Ella lo siguió hasta la nevera, de donde él sacó otra botella. Eleanor dejó la suya, medio acabada, en la encimera de la cocina.
– Bueno, ésa es mi historia. Ése era Meadows. Se fue a Saigón a descansar, pero regresó porque no podía vivir fuera de los túneles. De todos modos, después de aquella experiencia, no volvió a ser el mismo. A mí me contó que se había perdido y que siguió avanzando, matando a todo lo que se le ponía por delante. Dicen que había treinta y tres orejas en el collar. Al ser un número impar, alguien me preguntó un día por qué Meadows le había perdonado una oreja a uno del Vietcong. Yo le contesté que Meadows les había dejado a todos una oreja.
Ella negó con la cabeza, incrédula, pero él asintió.
– Ojalá lo hubiera encontrado cuando bajé a buscarlo; le fallé.
Los dos se quedaron un rato de pie, con la vista fija en el suelo de la cocina. Luego Bosch vertió el resto de su cerveza por el fregadero.
– Una pregunta sobre el expediente de Meadows y no hablaré más de trabajo -dijo Bosch-. En Lompoc lo pescaron en un intento de fuga y lo enviaron a Terminal Island. ¿Sabes algo de todo eso?
– Sí, y fue un túnel. Meadows era un preso de confianza y trabajaba en la lavandería. Las secadoras tenían unos conductos de ventilación subterráneos que daban al exterior del edificio. Meadows estuvo excavando debajo de uno de ellos, no más de una hora al día. Dicen que llevaba como mínimo seis meses cavando cuando fue descubierto. Los aspersores que usan en el verano para regar el campo de fútbol ablandaron el terreno y se produjo un hundimiento.
Bosch asintió con la cabeza. Ya se había imaginado que habría algún túnel de por medio.
– Los otros dos hombres que participaron en la fuga eran un camello y un ladrón de bancos -añadió ella-. Siguen en la cárcel, o sea que no tienen nada que ver con el caso.
Él asintió de nuevo.
– Creo que es hora de irme -anunció Wish-. Mañana tenemos mucho que hacer.
– Sí. Tengo más preguntas.
– Intentaré contestarlas -respondió Wish.
Al salir al pasillo por el pequeño espacio entre la nevera y la encimera, ella tuvo que pasar tan cerca de él que Bosch notó el olor de su cabello. «A manzana», pensó. Entonces vio que ella se paraba a contemplar un cuadro en el recibidor, en la pared opuesta al espejo. Era una reproducción de El jardín de las delicias, un tríptico de un famoso pintor holandés del siglo XV.
– Hieronymus Bosch -comentó ella mientras estudiaba aquel paisaje macabro-. Cuando vi que ése era tu nombre completo pensé que…
– No hay ninguna relación -terminó él-. A mi madre le gustaban sus cuadros, supongo que por lo del apellido. Ella fue quien me envió esa reproducción con una nota que decía que le recordaba a Los Ángeles, por la cantidad de gente loca que hay. A mis padres adoptivos, bueno, no les hizo mucha gracia, pero yo lo he guardado todos estos años. Lo colgué aquí en cuanto me compré la casa.
– Pero tú prefieres que te llamen Harry.
– Sí, Harry me gusta.
– Bueno, buenas noches, Harry. Gracias por la cerveza.
– Buenas noches, Eleanor… Gracias por la compañía.
CUARTA PARTE
A las diez de la mañana ya estaban en la autopista de Ventura, una de las arterias de entrada y salida de la ciudad, que atraviesa la parte baja del valle de San Fernando. Bosch iba al volante y avanzaban en sentido contrario al tráfico, hacia el condado de Ventura. Atrás quedaba la contaminación, que cubría el valle como una capa de nata sucia.
Se dirigían a Charlie Company. El año anterior el FBI se había conformado con una comprobación de rutina sobre Meadows y el programa de inserción. Wish explicó que lo habían considerado de escasa importancia porque la estancia de Meadows había terminado casi un año antes del robo al banco. Aunque el FBI había solicitado una copia del expediente de Meadows, no había investigado los nombres de otros convictos en su mismo programa. Bosch le dijo a Wish que aquello había sido un error, ya que la lista de empleos de Meadows indicaba que el golpe formaba parte de un plan a largo plazo. El robo al WestLand podía haberse concebido en Charlie Company.
Antes de salir, Bosch había llamado al oficial encargado de supervisar la libertad condicional de Meadows, Daryl Slater, quien le habló de Charlie Company; se trataba de una granja agrícola cuyo propietario y director era un coronel del ejército que había iniciado una nueva vida tras su jubilación. El ex coronel trataba directamente con las prisiones estatales y federales para acoger casos de libertad condicional, poniendo como única condición que fueran veteranos de combate en Vietnam. No era un requisito, difícil, dijo Slater. Como en cualquier estado del país, las cárceles de California estaban llenas de ex combatientes de aquella guerra. A Gordon Scales, el ex coronel, no le importaban los delitos que hubieran cometido los veteranos, comentó Slater. Su único objetivo era que se reformaran. El sitio contaba con una plantilla de tres personas, Scales incluido, y sólo albergaba a veinticuatro hombres al mismo tiempo. La estancia media era de nueve meses. Los hombres trabajaban en los campos de las seis a las tres, parando sólo para comer a mediodía. Después de la jornada de trabajo, tenían una sesión de una hora llamada «diálogo espiritual», luego cenaban y veían la tele. Después había otra hora de religión antes de apagar las luces. Slater explicó que Scales se valía de sus contactos en la comunidad para conseguir trabajo a los veteranos cuando éstos estaban listos para incorporarse al mundo exterior. En seis años, Charlie Company ostentaba un récord de sólo un once por ciento de reincidentes, una estadística tan envidiable que Scales había obtenido una mención del presidente durante su última campaña electoral en el estado.
– Ese hombre es un héroe -opinó Slater-. Y no por la guerra, sino por lo que ha hecho después. Cuando mueves a unos treinta o cuarenta convictos al año y sólo uno de cada diez vuelve a la trena, estamos hablando de un exitazo. A Scales lo conocen todos los comités de libertad condicional a nivel estatal y federal, y la mitad de directores de prisiones de California.
– ¿Quieres decir que puede escoger quién va a Charlie Company? -preguntó Bosch.
– Quizás escoger no, pero tener la última palabra, sí -respondió el oficial-. Ha corrido la voz. Lo conocen en todas las celdas donde haya un veterano cumpliendo condena. Los hombres le envían cartas, Biblias, lo llaman por teléfono o contactan con él a través de sus abogados. Todo con tal de que Scales los patrocine.
– ¿Es así como Meadows entró allí?
– Que yo sepa sí. Cuando me lo asignaron ya lo habían aceptado. Tendrías que llamar a Terminal Island para que ellos lo comprobaran en sus archivos. O hablar con Scales.
En el coche, Bosch le relató a Wish toda aquella conversación, pero aparte de eso, el trayecto fue largo con extensos períodos de silencio. Bosch se pasó gran parte del camino pensando en la noche anterior, en aquella visita inesperada. ¿Por qué había venido Wish? No obstante, después de entrar en el condado de Ventura, la mente de Bosch volvió al caso, así que empezó a hacerle algunas de las preguntas que se le habían ocurrido mientras repasaba los archivos.
– ¿Por qué no robaron la cámara principal? En el WestLand había dos cámaras acorazadas, la de las cajas fuertes y la principal, donde guardaban el dinero en metálico y de los cajeros automáticos y de los mostradores. Los informes decían que el diseño de ambas cámaras era idéntico; la de las cajas era un poco más grande, pero el blindaje del suelo era el mismo. A Meadows y sus compañeros no les habría resultado difícil excavar un túnel hasta la cámara principal, coger el dinero y salir inmediatamente. Sin correr el riesgo de pasar todo el fin de semana dentro de la cámara o la necesidad de descerrajar todas las cajas fuertes.