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Un hombre con un delantal blanco y limpio como su cabeza afeitada se asomó por una puerta lateral.

– ¿Está el señor Scales? -preguntó Bosch.

– ¿El coronel Scales? No, pero es casi la hora de comer. Estará a punto de regresar de los campos.

El hombre no los invitó a entrar, por lo que Wish y Bosch volvieron al coche para resguardarse de la solana. Al cabo de unos minutos llegó un polvoriento camión blanco. En la puerta del conductor llevaba pintada una gran letra C con un águila dentro. Seis hombres bajaron de la parte trasera, mientras otros tres salieron de la cabina y avanzaron hacia la casa a paso rápido. Todos tenían entre cuarenta y cincuenta años, vestían pantalones militares de color caqui y camisetas blancas empapadas de sudor. Ninguno llevaba una cinta en la cabeza, ni gafas de sol, ni iba arremangado. Llevaban el pelo cortado al uno y los blancos lucían un bronceado del color de la madera quemada. El conductor, que vestía el mismo uniforme pero era al menos diez años mayor que el resto, fue frenando hasta detenerse e indicó a los otros que entraran en la casa. Al acercarse, Bosch observó que tendría unos sesenta y pocos años, pero que se conservaba casi tan fuerte como lo había sido a los veinte. El poco pelo que le quedaba sobre el cráneo brillante era blanco, y su piel de color nuez. Llevaba guantes de trabajo.

– ¿Puedo ayudarles? -preguntó.

– ¿Coronel Scales? -inquirió Bosch.

– Sí. ¿Es usted policía?

Bosch asintió e hizo las presentaciones oportunas. Scales no pareció muy impresionado, ni siquiera cuando se mencionó al FBI.

– ¿Recuerda usted que hace siete u ocho meses el FBI le pidió información sobre un tal William Meadows, uno de sus hombres? -preguntó Wish.

– Claro que me acuerdo. Yo recuerdo todas las veces que ustedes suben por aquí a preguntar por uno de mis chicos. No me gusta, así que me acuerdo. ¿Quieren más información sobre Billy? ¿Se ha metido en algún lío?

– Ya no.

– ¿Qué significa eso? -preguntó Scales-. Lo dice como si hubiera muerto.

– ¿No lo sabía? -dijo Bosch.

– Pues no. ¿Qué le pasó?

A Bosch le pareció detectar auténtica sorpresa y una cierta tristeza en el rostro de Scales. La noticia le había dolido.

– Encontraron su cadáver hace tres días en Los Ángeles -contestó-; homicidio. Creemos que su muerte está relacionada con un robo en el que participó el año pasado. Seguramente recordará el incidente por la visita del FBI.

– ¿Lo del túnel? ¿El banco en Los Ángeles? -preguntó Scales-. Sólo sé lo que me dijo el FBI.

– No importa -le tranquilizó Wish-. Lo que necesitamos es información más detallada de quién estuvo aquí al mismo tiempo que Meadows. Ya lo investigamos antes, pero estamos revisándolo todo por si encontramos algo que nos ayude. ¿Cooperará con nosotros?

– Yo siempre coopero con ustedes. He dicho que no me gusta verles porque casi siempre se equivocan. La mayoría de mis chicos no vuelven a meterse en líos cuando salen de aquí. Tenemos una buena reputación. Si Meadows hizo lo que dicen que hizo, es la excepción que confirma la regla.

– Ya lo sabemos -le aseguró ella-. Y por eso le prometemos que la información que nos proporcione será tratada de forma estrictamente confidencial.

– Muy bien, pasen a mi oficina.

Al entrar por la puerta principal, Bosch vio dos mesas largas en lo que antaño sería la sala de estar de la casa. Unos veinte hombres estaban sentados ante bandejas de pechugas rebozadas y verdura. Ninguno de ellos miró a Eleanor Wish, ya que en ese preciso instante estaban bendiciendo la mesa, con las cabezas bajas, los ojos cerrados y las manos enlazadas. Bosch vio tatuajes en casi todos los brazos. Cuando acabaron la oración, un coro de tenedores restalló contra los platos. Entonces algunos de los hombres miraron a Eleanor con cara de aprobación. El tipo del delantal blanco que había hablado antes con ellos se asomó por la puerta de la cocina.

– Coronel, ¿va usted a comer con los hombres? -le preguntó.

Scales asintió.

– En seguida.

Los tres caminaron por un pasillo y entraron por la primera puerta en un despacho que debía de haber sido un dormitorio. El cuarto estaba casi enteramente ocupado por una enorme mesa. Scales les señaló dos sillas y Wish y Bosch se sentaron en ellas, mientras él se acomodaba en la butaca tapizada detrás de la mesa.

– Bueno, sé exactamente lo que la ley me obliga a darles y lo que no, pero estoy dispuesto a ir más lejos si llegamos a un acuerdo. En cuanto a Meadows…, bueno, en cierto modo sabía que acabaría así. Recé al Señor para que lo guiara, pero en el fondo lo sabía. Les ayudaré porque, en un mundo civilizado, nadie debería quitar la vida a otra persona. Nadie.

– Coronel -empezó Bosch-, quiero que sepa que apreciamos su ayuda. Somos muy conscientes del trabajo que usted hace aquí. Sabemos que merece el respeto y la admiración de las autoridades tanto estatales como federales, pero la investigación de la muerte de Meadows nos ha llevado a concluir que estaba involucrado en una conspiración con otros hombres con un pasado similar y…

– Quiere decir veteranos -interrumpió Scales, que estaba llenando su pipa con tabaco de un bote.

– Puede ser, pero aún no los hemos identificado, así que no estamos seguros. Si ése fuera el caso, hay una posibilidad de que los conspiradores se hubieran conocido aquí. Insisto en que es sólo una posibilidad. Por eso queremos pedirle dos cosas: que nos deje echar un vistazo a cualquier archivo que tenga sobre Meadows y que nos dé una lista de todos los hombres que estuvieron aquí durante sus diez meses en la granja.

Scales llenaba su pipa, aparentemente sin prestar ninguna atención a lo que Bosch acababa de decir.

– No tengo ninguna objeción a mostrarle los archivos de Meadows. Al fin y al cabo está muerto -dijo finalmente-. En cuanto a lo otro, creo que antes debería llamar a mi abogado para asegurarme de que puedo hacerlo. Nuestro programa es muy bueno y las verduras y las subvenciones del Estado y los federales no cubren los gastos. Por eso yo me lío la manta a la cabeza y hago discursos; dependemos de las donaciones de la comunidad, de organizaciones cívicas y cosas así. La mala publicidad secaría ese flujo de dinero en menos tiempo que un viento de Santa Ana. Si les ayudo, me arriesgo a ello. Otro riesgo es la pérdida de fe entre los que vienen aquí para volver a empezar. La mayoría de los hombres que coincidieron con Meadows han comenzado una nueva vida. Ya no son delincuentes. No estaría bien que yo diera sus nombres al primer policía que pasara por aquí, ¿no creen?

– Coronel Scales, nosotros no tenemos tiempo de hablar con abogados -le explicó Bosch-. Estamos investigando un caso de asesinato. Necesitamos la información. Usted sabe que podemos conseguirla si la solicitamos a los departamentos de prisiones estatales y federales, pero eso puede tardar más que su abogado. También podemos obtenerla con una citación, pero pensamos que la cooperación mutua es la mejor solución. Estaremos mucho más dispuestos a ir con cuidado si colabora con nosotros.

Scales no volvió a moverse y no pareció estar escuchando. Una voluta de humo azul emergió de la cazoleta de su pipa.

– Ya veo -dijo finalmente-. En ese caso voy a buscar los archivos.

Scales se levantó y se dirigió hacia una fila de archivadores beige situados detrás de su butaca. Tiró de un cajón marcado con las letras M-N-O, sacó una carpeta delgadita y la dejó caer sobre su mesa, cerca de Bosch.

– Éste es el archivo de Meadows -comentó-. Déjeme ver qué más tengo por aquí.

Scales se dirigió al primer cajón, que no tenía nada escrito en la etiqueta, y ojeó las carpetas sin sacar nada. Finalmente eligió una y se sentó.

– Pueden mirar este archivo y yo les copiaré lo que necesiten -les explicó Scales-. Aquí está mi tabla de entradas y salidas. Como sólo tengo una, les haré una lista de la gente que Meadows pudo conocer aquí. Supongo que necesitarán fechas de nacimiento y números de identificación carcelaria.