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– Sí, gracias -dijo Wish.

Leer el archivo de Meadows sólo les llevó un cuarto de hora. Meadows había contactado con Scales por correo un año antes de salir de Terminal Island y contaba con las referencias de un capellán y un asistente social al que había conocido cuando le encomendaron trabajos de mantenimiento en la cárcel. En una de las cartas Meadows había descrito los túneles de Vietnam y lo que le había atraído de su oscuridad.

«A la mayoría de hombres les daba miedo bajar -escribió-. Pero yo quería ir. Entonces no sabía por qué, pero ahora creo que estaba poniendo a prueba mis límites. Sin embargo, la satisfacción que recibía era falsa, tan hueca como la tierra sobre la que luchábamos. Ahora mi satisfacción es Jesucristo y saber que El está conmigo. Si me dan la oportunidad, y con la ayuda del Señor, tomaré las decisiones correctas y dejaré este lugar de sombras para siempre. Quiero pasar de la tierra hueca a la tierra santificada.»

– Es cursi, pero parece sincero -observó Wish.

Scales alzó la vista de la hoja amarilla donde estaba escribiendo nombres, fechas de nacimiento y números de identificación carcelaria.

– Lo era -pronunció en un tono que sugería que no había otra alternativa-. Cuando Billy Meadows salió de aquí, yo creía que estaba listo para el exterior y que se había despojado de su pasado de drogadicción y delincuencia. Obviamente cayó de nuevo en la tentación, pero dudo mucho que ustedes encuentren aquí lo que buscan. Les daré estos nombres, pero no les servirán de nada.

– Eso ya lo veremos -dijo Bosch.

Scales siguió escribiendo, mientras Bosch lo observaba. Su fe y lealtad le impedían considerar que podía haber sido utilizado. Harry pensó que Scales era un buen hombre, pero que quizá se precipitaba a ver sus propias creencias y esperanzas en los demás. En Meadows, por ejemplo. ‹

– Coronel, ¿qué saca usted de todo esto? -inquirió Bosch.

Esta vez, el coronel depositó su pluma sobre la mesa, se ajustó la pipa y juntó las manos antes de decir:

– Lo que importa no es lo que yo saque, sino lo que saque el Señor. -Volvió a coger la pluma, pero entonces se le ocurrió otra cosa-: A esos chavales los destrozaron de muchas formas cuando volvieron. Ya lo sé, es una vieja historia que todo el mundo se sabe de memoria. Todos hemos visto las películas, pero estos chavales tuvieron que vivirlo en su propia carne. Miles de ellos regresaron y entraron directamente en las cárceles. Un día, estaba leyendo un artículo sobre esto, y empecé a preguntarme qué habría pasado si estos chicos no hubieran ido a la guerra; si se hubieran quedado en Omaha, Los Ángeles, Jacksonville o donde fuera. ¿Habrían acabado en la cárcel? ¿O en las calles, como vagabundos, enfermos mentales o drogadictos? Lo dudo. Fue la guerra la que les hizo eso, la que los envió en esa dirección. -El coronel chupó la pipa con fuerza, pero estaba apagada-. Lo único que hago yo, con la ayuda de la tierra y un par de libros de oraciones, es intentar devolverles lo que la experiencia en Vietnam les arrebató. Y la verdad es que lo hago bastante bien. Les voy a dar esta lista y les dejo mirar el archivo. Ahora bien, les ruego que no estropeen lo que tenemos aquí. Ustedes dos sospechan de nuestras actividades, algo lógico en sus circunstancias, pero no se olviden de todo lo positivo que conseguimos. Detective Bosch, usted parece de la edad correcta. ¿También estuvo allí?

Cuando Bosch asintió, Scales dijo:

– Entonces ya sabe de qué hablo. -A continuación siguió con su lista y, sin alzar la mirada, les preguntó-: ¿Quieren quedarse a comer con nosotros? Nuestras verduras son las más frescas del condado.

Bosch y Wish declinaron la invitación y, después de que Scales le entregara a Bosch la lista de nombres, se levantaron. Al llegar a la puerta, éste se volvió, dudó un instante y dijo:

– Coronel, ¿le importa que le pregunte qué otros vehículos hay en la granja, aparte del camión?

– No me importa que me lo pregunte porque no tenemos nada que ocultar. Hay dos camiones más como ese, dos John Deere y un todoterreno.

– ¿Qué tipo de todoterreno?

– Un jeep con tracción a las cuatro ruedas.

– ¿De qué color?

– Blanco. ¿Por qué lo pregunta?

– Sólo estoy intentando aclarar algo. Supongo que el jeep tendrá el logotipo de Charlie Company en el lateral, ¿no?

– Sí, claro. Todos nuestros vehículos lo llevan. Cuando vamos a Ventura nos gusta que la gente sepa de dónde vienen las verduras, porque estamos orgullosos de nuestra organización.

Bosch no leyó los veinticuatro nombres de la lista hasta que se metió en el coche. No reconoció a ninguno pero se fijó en que Scales había escrito las letras CP detrás de ocho de ellos.

– ¿Qué significa eso? -preguntó Wish cuando vio la lista.

– El Corazón Púrpura, una condecoración que dan a los heridos de guerra -le explicó Bosch-. Supongo que es otra forma de decir que vayamos con cuidado.

– ¿Y el jeep? -le recordó ella-. Nos ha dicho que es blanco con un logotipo en la puerta.

– Ya has visto lo sucio que estaba el camión. Un jeep sucio de color blanco podría parecer beige. Si fuera el mismo jeep.

– Me extraña. Scales parece legal.

– Quizá lo sea, pero no aquél a quien se lo prestó. No he querido presionarlo hasta saber más.

Bosch arrancó y, mientras se dirigía a la verja por el camino de grava, bajó la ventanilla. El cielo era del azul de unos vaqueros gastados y el aire, invisible y limpio, olía a pimientos frescos. «Pero no por mucho tiempo -pensó Bosch-. Ahora volvemos a la sucia realidad.»

De camino a la ciudad, Bosch evitó la autopista de Ventura y puso rumbo al sur a través del cañón de Malibú y la carretera de la costa. Tardarían más en llegar, pero el aire puro era adictivo; Bosch quería disfrutarlo el máximo tiempo posible.

– Me gustaría repasar la lista de víctimas -dijo mirando al Pacífico, tras recorrer la sinuosa carretera que atravesaba del cañón-. Este pedófilo que mencionaste antes… Hay algo en la historia que no me acaba de encajar. ¿Por qué iban los ladrones a llevarse una colección de pornografía infantil?

– Harry, venga, ¿no me irás a decir que ése fue el móvil? ¿Crees que esa gente excavó un túnel durante semanas y perforó una cámara acorazada para robar una colección de pornografía infantil?

– Claro que no, pero por eso me sorprende. ¿Por qué se la llevaron?

– Bueno, a lo mejor les hizo gracia. Quizás uno de ellos también era un pederasta y decidió quedárselo. ¿Quién sabe?

– O quizá todo fue una tapadera. Tal vez se llevaron el contenido de cada caja para esconder el hecho de que lo que realmente querían estaba en una sola. Como si hubieran querido despistar al personal robando docenas de cajas. Es el mismo principio que emplearon en el atraco a la casa de empeños: llevarse muchas joyas para cubrir que sólo querían el brazalete. Aunque en el caso del banco, querían algo que nadie denunciaría más tarde, porque metería a la víctima en un buen follón. Como en el caso del pedófilo; cuando le robaron sus pertenencias, ¿qué iba a decir? Ése es el tipo de mercancía que buscaban los ladrones, pero mucho más valiosa. Algo que hiciera más atractivo el robo a la cámara de las cajas que a la principal. Y algo que hiciera necesaria la muerte de Meadows cuando puso en peligro toda la operación empeñando el brazalete.

Wish se quedó callada. Bosch la miró, pero le resultó imposible adivinar lo que pensaba oculta tras sus gafas de sol.

– Parece que estés hablando de drogas -dijo ella al cabo de un rato-. Y el perro no detectó ninguna. La DEA tampoco encontró ninguna conexión con nuestra lista de clientes.

– Puede que fueran drogas, puede que no. Pero por eso deberíamos repasar la lista de personas con cajas. Lo haré yo mismo; quiero ver si algo me llama la atención.