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– Hacía siglos que no venía por aquí -le confesó a Eleanor, apoyándose en la barandilla del muelle con los codos sobre la madera cubierta de miles de cortes hechos con cuchillos de pesca-. Cómo cambian las cosas.

Era ya media tarde cuando llegaron al edificio federal. Wish entró en el ordenador central y los ordenadores de los departamentos de justicia estatales los nombres y números de identificación carcelaria que Scales les había dado para que le enviaran las fotos por fax. Bosch, por su parte, llamó a los archivos del ejército en San Luis y preguntó por Jessie St. John, la misma persona que le había atendido el lunes. Ella le informó de que la hoja de servicio de Meadows que había solicitado ya estaba en camino. Sin decirle que ya había visto la copia del FBI, Bosch la convenció para que comprobara los nombres de la lista que le había entregado Scales en su ordenador y le proporcionara una breve biografía de cada uno de los hombres. Bosch tuvo a la mujer al teléfono hasta pasadas las cinco en San Luis, es decir, el final de su turno de trabajo. A pesar de todo, ella fue muy amable.

Cuando dieron las cinco en Los Ángeles, Bosch y Wish ya tenían fotos y resúmenes de los expedientes militares y delictivos de cada uno de ellos. Al principio no encontraron nada que les llamara especialmente la atención. Quince de los hombres habían estado en Vietnam en algún momento de la estancia de Meadows. Once pertenecían al Ejército de Tierra. Ninguno había sido una rata de los túneles, aunque cuatro estuvieron en el Primero de Infantería, al igual que Meadows. Otros dos pertenecieron a la policía militar en Saigón.

Primero Bosch y Wish se centraron en los antecedentes penales de los seis soldados que estuvieron en el Primero de Infantería o en la Policía Militar. Sólo éstos últimos resultaron tener antecedentes por robos a bancos. Bosch cogió las fotos y sacó las de estos dos. Escudriñó sus caras, como esperando que sus miradas duras y cínicas le ofrecieran una confirmación.

– Me gustan estas dos -concluyó.

Se llamaban Art Franklin y Gene Delgado, y los dos vivían en Los Ángeles. En Vietnam los habían asignado a dos unidades distintas de la Policía Militar, aunque ninguna de ellas era la unidad adscrita a la embajada donde estaba Meadows. De todos modos, los tres estuvieron en Saigón al mismo tiempo. A los dos les dieron de baja en 1973 pero, al igual que Meadows, ambos se quedaron en Vietnam como asesores civiles sobré temas militares. Permanecieron allí hasta el finaclass="underline" abril de 1975. A Bosch no le cabía ninguna duda; los tres hombres (Meadows, Franklin y Delgado) ya se conocían cuando se reunieron en Charlie Company.

Después de 1975, ya de vuelta en Estados Unidos, Franklin fue detenido por una serie de robos en San Francisco y condenado a cinco años de cárcel. En 1984 lo detuvieron por un delito federal -robar un banco de Oakland- y lo mandaron a Terminal Island al mismo tiempo que Meadows. Le concedieron la libertad condicional e ingresó en Charlie Company dos meses antes de que Meadows dejara el programa. Los delitos de Delgado entraban dentro de la jurisdicción estatal; tres detenciones por robos en Los Ángeles, por los que cumplió condenas en la cárcel del condado, y luego un intento de robo a un banco de Santa Ana, en 1985. Gracias a un acuerdo con los fiscales federales, logró que lo juzgaran en un tribunal estatal. Tras cumplir condena en la cárcel de Soledad hasta 1988, llegó a Charlie Company tres meses antes que Meadows y salió de allí un día después de que llegara Franklin.

– Un día -dijo Wish-. Eso significa que los tres estuvieron juntos en Charlie Company solamente un día.

Bosch miró sus fotos y las descripciones adjuntas. Franklin era el más corpulento: un metro ochenta, ochenta y seis kilos, pelo moreno. Delgado también era moreno, pero flaco; medía un metro sesenta y siete y pesaba sesenta y tres kilos. Bosch contempló las fotos de aquel hombretón y aquel hombrecillo, al tiempo que recordaba las descripciones de los individuos que se habían desembarazado del cadáver de Meadows.

– Vamos a ver a Tiburón -sugirió Bosch.

Cuando Bosch llamó a Home Street Home le dijeron lo que ya se imaginaba; que Tiburón se había ido. Bosch telefoneó al Blue Chateau y una voz vieja y cansada le informó de que él y su grupo se habían marchado al mediodía. La madre de Tiburón colgó en cuanto descubrió que Bosch no era un cliente. Eran casi las siete. Bosch le dijo a Wish que tendrían que volver a la calle a buscarlo y ella se ofreció a conducir. Se pasaron las dos horas siguientes en West Hollywood, casi siempre en la zona de Santa Mónica Boulevard. No vieron ni a Tiburón ni a su moto y, aunque pararon a unos cuantos hombres del sheriff y les contaron a quien buscaban, todo fue en vano. Cuando aparcaron junto a Oki Dog, a Bosch se le ocurrió que tal vez el chico había vuelto a casa y su madre le había colgado para protegerlo.

– ¿Te apetece subir a Chatsworth? -le preguntó Bosch.

– Me muero por conocer a esa bruja, pero yo estaba más bien pensando en dejarlo por hoy. Podemos encontrar a Tiburón mañana -opinó Wish-. ¿Qué te parece la cena que no tomamos ayer?

Bosch quería llegar a Tiburón, pero también quería llegar a Eleanor. Además, ella tenía razón. Siempre podían continuar mañana.

– Me parece muy bien -respondió-. ¿Dónde quieres ir?

– A mi casa.

Aparcaron delante de la casa de Eleanor Wish, una vivienda realquilada a dos manzanas de la playa, en Santa Mónica. Mientras entraban, ella le confesó a Bosch que, aunque vivía muy cerca del océano, si quería verlo, tenía que salir al balcón de su dormitorio y estirar el cuello hacia Ocean Park Boulevard. Desde allí se divisaba un trocito del Pacífico, entre las dos torres de apartamentos que hacían guardia frente a la costa. Desde aquel ángulo, comentó ella, también se veía el dormitorio del vecino de al lado. Su vecino era un actor de televisión ahora pasado de moda y convertido en camello de poca monta que no hacía más que traerse mujeres a casa, lo cual, según Eleanor, estropeaba un poco la vista. Una vez dentro, le dijo a Bosch que se sentara en la sala de estar mientras ella preparaba la cena.

– Si te gusta el jazz, ahí hay un compact que acabo de comprar. Aún no he tenido tiempo de escucharlo -sugirió ella.

Bosch se dirigió a la cadena, que estaba metida en una estantería rodeada de libros y seleccionó el nuevo disco. Al ver que se trataba de Falling in love with jazz de Sonny Rollins, sonrió, porque él también lo tenía en casa. Era un buen punto en común. Bosch abrió la caja, puso el CD y empezó a curiosear por la sala. Los muebles estaban decorados con telas de colores pastel y, delante de un sofá azul claro, había una mesa baja de cristal con varias revistas de decoración y libros de arquitectura. Todo estaba limpio y ordenado. En una pared junto a la puerta, Bosch reparó en un cuadrito con las palabras

«Bienvenidos a esta casa» bordadas en punto de cruz. En una esquina descubrió la firma «EDS 1970» y se preguntó qué querría decir la última letra.

Bosch descubrió otra afinidad con Eleanor Wish cuando se volvió y vio, en la pared donde estaba el sofá, una reproducción en un marco negro de Aves nocturnas, de Edward Hopper. Aunque Bosch no lo tenía en casa, conocía el cuadro y a veces pensaba en él cuando se hallaba inmerso en un caso o en una vigilancia. Había visto el original en Chicago y lo había contemplado durante casi una hora. Un hombre callado y misterioso, sentado en la barra de un café, está mirando a otro cliente muy parecido a él. La diferencia reside en que el segundo está con una mujer. De algún modo Bosch se identificaba con el primer personaje. «Yo soy el solitario -pensó-. El ave nocturna.» Se dio cuenta de que el cuadro, con sus tonos oscuros y sus sombras, no pegaba en aquel apartamento. Su negrura contrastaba con los colores pastel de la habitación. ¿Por qué lo tenía Eleanor? ¿Qué veía en él?