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Bosch siguió curioseando por la sala. No había televisión; sólo la música de la cadena, las revistas de la mesita y los libros de la vitrina al otro lado del sofá. Bosch se acercó a ellos y echó un vistazo a la biblioteca a través del cristal. Los dos estantes de arriba eran casi todos éxitos de ventas, desde libros intelectuales a novelas policíacas de autores como Crumley y Willeford. Bosch había leído algunos de ellos. Entonces se decidió a sacar un libro titulado La puerta cerrada, del que había oído hablar, pero que nunca había podido encontrar. Al abrir la tapa, resolvió el misterio de la última letra del bordado. En la primera página, impreso con un sello, se leía: «Eleanor D. Scarletti, 1979.» Bosch dedujo que, tras el divorcio, Eleanor debía de haber mantenido el apellido de su marido. Después, devolvió el libro a su sitio y cerró la vitrina.

Los temas de los libros de los estantes de abajo iban desde crímenes reales a estudios históricos de la guerra del Vietnam, y también había manuales del FBI. Incluso había un manual de investigación de homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles. Bosch había leído muchos de ellos e incluso aparecía en uno, un libro escrito por el periodista del Times, Bremmer, sobre el llamado Asesino de esteticistas. El asesino, un tal Harvard Kendal, había matado a siete mujeres en un año en el valle de San Fernando. Todas las víctimas eran empleadas o propietarias de centros de belleza. Kendal elegía una tienda, reconocía el terreno y seguía a las mujeres hasta su casa, donde las mataba cortándoles el cuello con una afiladísima lima de uñas. Bosch y su compañero de ese momento capturaron a Kendal gracias a un número de matrícula que la séptima víctima escribió en un bloc de notas antes de ser asesinada. Los detectives nunca comprendieron del todo porque lo había hecho, pero supusieron que había visto a Kendal vigilando la tienda desde su camioneta. La víctima tomó la precaución de escribir el número de la matrícula, pero no la de volver a casa acompañada. Bosch y su compañero investigaron el número de matrícula y descubrieron que el propietario, Kendal, había pasado cinco años en Folsom por provocar una serie de incendios en centros de belleza cerca de Oakland, en los años sesenta. Después averiguaron que de niño su madre había trabajado en un centro de belleza como manicura. Por lo visto, la madre había practicado con las uñas de su hijo y, según los psiquiatras, éste nunca se había recuperado del trauma. El libro de Bremmer fue un éxito de ventas y, cuando la Universal decidió hacer un telefilme, el estudio pagó a los dos detectives por usar sus nombres y asesoramiento técnico. El dinero se dobló cuando el telefilme dio paso a una serie. Su compañero dejó el departamento y se mudó a Ensenada, mientras que Bosch se quedó e invirtió su. parte en una casa con vistas al mismo estudio. Harry siempre pensaba que había una simetría inexplicable en todo aquello.

– Leí el libro antes de que tu nombre saliera en la investigación.

Eleanor emergió de la cocina con dos copas de vino en la mano. Harry sonrió.

– No iba a acusarte de nada -dijo él-. Además, el libro no es sobre mí, sino sobre Kendal. Y todo el asunto fue una cuestión de suerte, pero, como hicieron el libro y la serie… Qué bien huele. ¿Qué es?

– ¿Te gusta la pasta?

– Me gustan los espaguetis.

– Pues eso hay. El domingo preparé un pote enorme de salsa. Me encanta pasarme todo el día en la cocina, sin pensar en nada más… Es una buena terapia para el estrés. Y, además, la salsa dura días y días. Lo único que hay que hacer es calentarla y hervir la pasta.

Bosch tomó un poco de vino, mientras miraba un poco más a su alrededor. No se había sentado, pero se sentía muy cómodo con ella. De pronto sonrió.

– Me gusta, pero ¿por qué algo tan oscuro? -preguntó Bosch, señalando el cuadro de Hopper.

Ella lo estudió y frunció el ceño, como si lo considerara por primera vez.

– No lo sé -respondió-. Siempre me ha gustado; hay algo que me atrae. La mujer está con el hombre, así que no soy yo. Supongo que si fuera alguien, sería el hombre que se está tomando el café, porque está solo, como mirando a los dos que están juntos.

– Yo lo vi una vez en Chicago -le contó Bosch-; el original. Había ido para el traslado de un detenido y tenía una hora libre, así que me fui al Art Institute. Me pasé toda la hora mirándolo. Tiene algo… no sé, como tú has dicho. Ahora no recuerdo el caso ni a quién fui a buscar, pero me acuerdo del cuadro.

Después de cenar, se quedaron hablando en la mesa durante más de una hora. Ella le contó más cosas sobre su hermano y la dificultad de superar la rabia y la sensación de pérdida. Dieciocho años más tarde aún continuaba intentándolo, le confesó. Bosch admitió que él también seguía intentando superar su experiencia. De vez en cuando aún soñaba con los túneles, pero últimamente sus batallas eran contra el insomnio. Le contó lo confuso que se sintió al volver y lo fina que era la línea entre lo que él había hecho y lo que había hecho Meadows. Podría haber sido al revés, le dijo, y ella asintió con la cabeza como si supiera que era cierto.

Luego Wish le preguntó sobre el caso del Maquillador y su expulsión de Robos y Homicidios. Tras aquella pregunta se ocultaba algo más que mera curiosidad; Bosch adivinó que de su respuesta dependía algo importante. Wish estaba a punto de tomar una decisión sobre él.

– Bueno, supongo que lo básico ya lo sabes -comenzó-. Alguien estaba estrangulando mujeres, casi todas prostitutas, y pintándoles la cara con maquillaje. Polvos blancos, pintalabios rojo, mucho colorete en las mejillas y lápiz de ojos negro. Lo mismo todas las veces. Y también había bañado los cuerpos. Aunque nosotros nunca dijimos que las estuviera convirtiendo en muñecas. A algún gilipollas (creo que fue un ayudante del forense llamado Sakai) se le escapó que el maquillaje era el común denominador y a partir de ahí la prensa empezó a hablar del caso del Maquillador. Creo que el Canal 4 fue el que lo bautizó así, aunque a mí más bien me parecía un embalsamador. De todos modos no íbamos muy bien; no empezamos a entender al tío hasta que llegó a la decena de víctimas. Y tampoco teníamos muchas pruebas. El asesino dejaba a las víctimas en distintos lugares de la parte oeste de la ciudad. Al analizar la ropa de un par de cadáveres, averiguamos que el Maquillador seguramente llevaba peluca o algún tipo de disfraz con pelo, como una barba falsa. Las mujeres eran prostitutas callejeras y, aunque localizamos las horas y lugares de sus últimos clientes, cuando llegamos a los moteles no encontramos nada. Entonces dedujimos que el tío seguramente las recogía en el coche y se las llevaba a otro sitio, a su casa o a un lugar seguro donde las mataba. Empezamos a vigilar el Boulevard y otros sitios donde trabajan las profesionales y debimos de detener a más de trescientos clientes antes de dar con una pista. Un día, de madrugada, una prostituta llamada Dixie MacQueen llamó a la comisaría diciendo que acababa de escaparse del Maquillador y preguntando si había una recompensa a cambio de información sobre él. Tienes que tener en cuenta que cada semana recibíamos un montón de llamadas como aquélla. Después de once asesinatos, la gente comenzó a llamar como loca con pistas que no eran pistas. Ya sabes lo que pasa cuando cunde el pánico.

– Sí, ya me acuerdo -comentó Wish.

– Pero Dixie era diferente. Yo estaba trabajando en el turno de noche en las oficinas del equipo especial y cogí la llamada, así que me fui para allá y hablé con ella. Dixie me dijo que un cliente la había recogido en Hollywood, cerca de Spa Row, donde está la mansión de la cienciología, y la había llevado a un apartamento en Silver Lake. Me explicó que mientras el tío se desnudaba ella fue al baño. Después de lavarse las manos, se le ocurrió abrir el armarito debajo del lavabo, probablemente para ver si valía la pena mangar algo. Entonces vio un montón de botellitas de maquillaje, de polveras y cosas de mujer. Lo miró un momento y de repente lo vio clarísimo: ése era el asesino. Total, que le entró el canguelo, salió del baño y, al ver que el tío estaba en la cama, salió corriendo.