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Bosch hizo una pausa antes de reanudar el relato.

– La cuestión es que todo eso del maquillaje no se lo habíamos dicho a la prensa. O, más bien, el gilipollas que se chivó a los medios no lo mencionó. Resultaba que el tío se quedaba las cosas de las víctimas; encontramos los bolsos, pero no los cosméticos, ya sabes, pintalabios, polveras y esas cosas. De ahí que cuando Dixie me contó lo del armarito del baño, supe que me estaba diciendo la verdad. Aquí es donde la pifié. Cuando acabé de hablar con Dixie eran ya las tres de la madrugada y todo el mundo se había ido a casa. Yo me puse a pensar que si el tío creía que Dixie se iba ir de la lengua, se largaría inmediatamente. Por eso me fui para allá solo, bueno, Dixie me acompañó, pero no salió del coche. Una vez allí vi una luz encima del garaje, detrás de una casa destartalada en Hyperion Street. Pedí refuerzos; llamé a un coche patrulla, pero mientras estaba esperando, vislumbré la silueta del hombre caminando por la habitación. Algo me dijo que estaba preparándose para largarse con todas las cosas del armario. Nosotros no teníamos otras pruebas que los once cadáveres: necesitábamos los cosméticos. También pensé que tal vez tuviera a alguien allá arriba, una sustituta de Dixie. Así que subí. Solo. El resto ya lo sabes.

– Entraste sin una orden de registro y le disparaste cuando metió la mano debajo de la almohada -continuó Wish-. Después declaraste ante la comisión que te pareció una situación de emergencia porque el asesino había tenido tiempo suficiente de salir y conseguir otra prostituta. Según tú, eso te daba la autoridad para franquear la puerta sin una orden de registro. Dijiste que habías disparado porque creíste que el sospechoso iba a sacar un arma. Si recuerdo bien el informe, fue un único disparo en la parte superior del torso, desde una distancia de cinco o seis metros. Lo malo es que el Maquillador estaba solo y debajo de la almohada sólo había un peluquín.

– Sólo un peluquín -repitió Bosch, sacudiendo la cabeza como un jugador de fútbol derrotado-. La comisión me absolvió. Demostramos la relación del tío con dos de los cadáveres a través del pelo del peluquín y relacionamos el maquillaje del baño con ocho de las víctimas. No cabía duda: era él. Yo tenía razón, pero entonces llegaron los buitres: Lewis y Clarke. Acorralaron a Dixie y le sacaron una declaración firmada en la que afirmaba haberme avisado de que él guardaba el peluquín debajo de la almohada. No sé que usaron contra ella, pero me lo imagino. Asuntos Internos siempre la ha tenido tomada conmigo. No aceptan a nadie que no pertenezca a la «familia». Bueno, la siguiente noticia fue que iban a acusarme. Querían expulsarme, llevar a Dixie a un tribunal y presentar cargos contra mí. Era como estar en el agua rodeado de sangre con dos enormes tiburones al acecho.

Bosch se detuvo ahí, momento en que Eleanor retomó la historia.

– Los detectives de Asuntos Internos calcularon mal, Harry. No se dieron cuenta de que la opinión pública se pondría de tu parte. Eras conocido en los periódicos como el poli que había resuelto los casos del Asesino de esteticistas y el Maquillador. Un personaje de televisión al que no podían cargarse sin un montón de atención pública y bochorno para el departamento.

– Sí, alguien de arriba les paró los pies en lo de llevarme a juicio -explicó Bosch-. Tuvieron que conformarse con una suspensión y mi degradación a Homicidios de Hollywood.

Bosch tenía la copa de vino vacía agarrada por el pie y le daba vueltas distraídamente.

– «Conformarse»… -repitió al cabo de un rato-. Lo peor es que esos dos tiburones de Asuntos Internos siguen nadando por ahí, esperándome.

Ambos permanecieron un rato en silencio. El imaginaba que ella le repetiría la pregunta que ya le había hecho antes. ¿Había mentido la prostituta? Pero ella no preguntó nada y, al cabo de un rato, simplemente le miró y sonrió. Bosch sintió que había pasado la prueba. Entonces ella empezó a recoger los platos de la mesa. Bosch la ayudó en la cocina y, cuando hubieron terminado de fregar, se secaron las manos con el mismo trapo y se besaron dulcemente. Después, como siguiendo el mismo código secreto, se abrazaron con fuerza y se besaron con el hambre de la gente solitaria.

– Quiero quedarme -dijo Bosch después de separarse momentáneamente.

– Y yo quiero que te quedes -respondió ella.

Los ojos drogados de Pirómano le brillaban bajo la luz de neón. Chupó con fuerza su Kool, tragándose el precioso humo. Habían liado el cigarrillo con una sustancia psicodélica. Cuando dos columnas de humo se le escaparon por la nariz, el chico sonrió.

– ¡Eres el primer tiburón que usan como cebo! -exclamó-. ¿Captas?

Pirómano soltó una carcajada y dio otra fuerte calada antes de pasarle el cigarrillo a Tiburón. Éste creía que ya había fumado bastante, así que se lo pasó a Mojo.

– Me estoy cansando de esta mierda -comentó Tiburón-. ¿Por qué no vas tú, para variar?

– Tranqui, colega. Tú eres el único que puede hacerlo. Mojo y yo no actuamos tan bien como tú. Además nosotros tenemos nuestra función. Tú no tienes fuerza para currar a esos maricones.

– Y ¿por qué no volvemos al 7-Eleven? -sugirió Tiburón-. No me gusta eso de no saber quién es. El 7-Eleven funciona; allí escogemos a nuestra presa, no ellos a nosotros.

– Ni en broma -sentenció Mojo-. No sabemos si el último tío nos denunció o no. Tenemos que desaparecer un tiempo. Igual la pasma lo está vigilando desde el mismo aparcamiento que usábamos nosotros.

Tiburón sabía que tenían razón, pero pensaba que pasearse por la zona de maricas de Santa Mónica Boulevard se parecía demasiado a hacer la calle de verdad. Muy pronto, adivinó, sus dos colegas no tendrían ganas de atacar. Querrían que él se ganara el dinero haciendo chapas. Tiburón tenía muy claro que en ese momento los dejaría y se abriría.

– Vale -dijo bajando de la acera-. No me falléis.

Cuando Tiburón se dispuso a cruzar la calle, Pirómano le recordó:

– ¡Un BMW como mínimo!

«Como si tuvieran que decírmelo», pensó Tiburón. Tras caminar media manzana hacia La Brea, se apoyó en la puerta de una imprenta ya cerrada. Todavía le quedaba otra media manzana para llegar a Hot Rod, una librería para adultos en la que por veinticinco centavos podían verse desnudos masculinos por una ranura. Sin embargo, estaba lo suficientemente cerca para captar la atención de un hombre que salía de la librería. Tiburón desvió la vista y, al volverse, vislumbró el brillo del porro en la oscuridad del callejón donde Pirómano y Mojo esperaban sentados en sus motos.

Al cabo de diez minutos, un coche, un Grand Am nuevo, se detuvo junto a la acera y bajó la ventanilla. Recordando lo de BMW como mínimo, Tiburón resolvió pasar de él hasta que vislumbró un fulgor dorado y decidió acercarse un poco. La adrenalina se le disparó al ver que la mano que agarraba el volante estaba adornada con un Rolex Presidencial. Si era auténtico, Pirómano sabía de un sitio donde les podrían dar tres mil dólares por él. Tocarían a uno de los grandes por cabeza, sin contar lo que este primo pudiera tener en su casa o en la cartera. Tiburón sopesó al hombre con la mirada. Parecía un tío legal, un ejecutivo. Moreno, traje oscuro. Cuarenta y tantos años, no demasiado corpulento. Pensó en que incluso podría con él sin ayuda de sus amigos.

El hombre sonrió a Tiburón y le dijo:

– ¿Qué tal?

– Bien. ¿Qué pasa?

– No pasa nada, aquí estoy, dando una vuelta. ¿ Quieres venir?

– ¿ Adónde?

– A ningún sitio en concreto. Aunque conozco un lugar donde podemos estar solos. -¿Tienes cien dólares?

– No, pero tengo cincuenta dólares para un partido de béisbol.