– ¿Lanzando o recogiendo?
– Lanzando, y me he traído mi propio guante.
Tiburón dudó un instante. Echó un vistazo rápido al callejón donde había visto el brillo del Kool, pero éste había desaparecido, por lo que sus amigos debían de estar preparados. Luego volvió a mirar el reloj.
– Guay -respondió y subió al coche.
El coche se dirigió al oeste, pasando por delante del callejón. Tiburón se controló para no mirar, pero le pareció oír el ruido de las motos que arrancaban. Le seguían.
– ¿Adónde vamos? -preguntó. -Em… No puedo llevarte a casa, amigo; pero conozco un sitio donde podemos ir y nadie nos molestará. -De acuerdo.
Al pararse en un semáforo de Flores Street, Tiburón se acordó del tío del otro día, porque estaban cerca de su casa. Pirómano parecía currar cada vez más fuerte. Esto tendría que parar pronto o acabarían matando a alguien. Esperaba que el tío del Rolex se lo cediera sin problemas, porque no había manera de predecir lo que podían hacer esos dos. Colocados como estaban, tendrían ganas de meter caña.
De pronto el coche arrancó. Tiburón vio que el semáforo seguía rojo.
– ¿Qué pasa? -preguntó asustado.
– Nada. Me he hartado de esperar.
A Tiburón le pareció que en ese momento no sería sospechoso volverse a mirar. Cuando lo hizo, vio que sólo había coches esperando en el cruce; nada de motos. «Qué cabrones.» Entonces sintió un sudor frío en la frente y los primeros temblores de miedo. El hombre giró a la derecha después de Barnie's Beanery y subió colina arriba hacia Sunset Boulevard. Después de coger Highland hacia el este, volvió a girar al norte.
– ¿Hemos estado juntos antes? -preguntó-. Tu cara me suena. No sé… quizá nos conozcamos de vista.
– No, si yo nunca… No, no creo -contestó Tiburón.
– Mírame.
– ¿Qué? -exclamó Tiburón, sorprendido por la pregunta y el tono duro del hombre-. ¿Por qué?
– Mírame. ¿Me conoces? ¿Me habías visto antes?
– ¿De qué vas? Ya te he dicho que no, tío.
El hombre se metió en el aparcamiento este de Hollywood Bowl, que estaba totalmente desierto. Condujo rápido y en silencio hasta el oscuro extremo norte. Tiburón pensó: «Si éste es tu "sitio tranquilo", de Rolex auténtico nada, monada.»
– ¡Eh! ¿Qué haces? -preguntó Tiburón, mientras pensaba en una forma de rajarse. Estaba casi seguro de que, con lo colocados que iban Pirómano y Mojo se habrían perdido. Se había quedado colgado con este tío y maldita la gracia que le hacía.
– El Bowl está cerrado, pero tengo las llaves de los camerinos. ¿Lo ves? -le dijo el hombre-. Si nos metemos por el túnel de Cahuenga, casi en la salida hay un caminito que nos lleva a la parte de detrás. No habrá nadie; lo sé porque trabajo allí.
Por un momento Tiburón consideró enfrentarse al tío él solo, pero no se vio capaz. Como no lo cogiera por sorpresa… Bueno, ya vería. El hombre apagó el motor y abrió la puerta. Tiburón abrió la suya, bajó del coche y escudriñó el enorme aparcamiento vacío en busca de los faros de las dos motocicletas. Nada. «Lo atacaré al otro lado», decidió. Tendría que hacer algo; o pegar y salir corriendo, o sólo correr.
Tiburón y el hombre se dirigieron hacia un cartel que decía «Paso peatonal» situado frente a una estructura de cemento con una puerta que daba paso a unas escaleras. Mientras bajaban por los escalones encalados, el hombre del Rolex puso su mano sobre el hombro de Tiburón. A continuación lo agarró del cuello de forma paternal y el chico notó el frío metal del reloj sobre su piel.
– ¿Estás completamente seguro de que no nos conocemos, Tiburón?
– Que no, tío. Ya te he dicho que nunca he estado contigo.
Estaban ya en medio del túnel cuando Tiburón se dio cuenta de que le había llamado por su nombre.
QUINTA PARTE
Hacía mucho tiempo desde la última vez. En el dormitorio de Eleanor, Harry Bosch estuvo torpe, como les suele ocurrir a los hombres demasiado preocupados o faltos de práctica. Al igual que otras primeras veces, la cosa no fue muy bien; ella tuvo que guiarle con dedos y susurros. Después, él quiso disculparse pero no lo hizo. Se abrazaron y se quedaron adormecidos. Bosch se sumergió en el olor de su cabello, el mismo perfume a manzana que había notado en su apartamento la noche anterior. Estaba tan obsesionado con ella que no quería dejar de respirar aquel aroma. Al cabo de un rato, la despertó con besos y volvieron a hacer el amor. Esta vez no necesitó instrucciones y ella no tuvo que guiarlo. Cuando acabaron, Eleanor le susurró:
– ¿Crees que alguien puede estar solo en este mundo y no sentirse solo? -Como Harry no le contestó inmediatamente, ella añadió-: ¿Estás solo o te sientes solo?
Él pensó en ello un rato mientras ella repasaba el tatuaje de su hombro con el dedo.
– No lo sé -respondió finalmente-. Uno se acostumbra a las cosas tal como son. Y yo siempre he estado solo. Supongo que también me he sentido solo… hasta ahora.
Sonrieron y se besaron en la oscuridad. Poco después, él oyó la respiración acompasada de ella, ya dormida. Bastante más tarde, Bosch se levantó de la cama, se puso los pantalones y salió a fumar al balcón. Apenas había tráfico en Ocean Park Boulevard, incluso se oía el rumor del mar. No había luz ni en el apartamento de al lado ni en ningún otro, a excepción de la calle. Los Jacarandas que flanqueaban la calzada estaban perdiendo sus flores, y algunas habían caído sobre la acera y los coches aparcados como copos de nieve violeta. Bosch se apoyó en la barandilla y exhaló una bocanada de humo al frío viento de la noche.
Cuando iba por su segundo cigarrillo oyó que la puerta se abría detrás de él y notó que Eleanor lo abrazaba, rodeándolo por la cintura.
– ¿Qué te pasa, Harry?
– Nada, estaba pensando. Ten cuidado: alerta cancerígena. ¿No te acuerdas del informe sobre los instintos secundarios?
– Riesgos, Harry, no instintos. ¿En qué estabas pensando? ¿Todas tus noches son así?
Bosch se revolvió en sus brazos y la besó en la frente. Ella llevaba una bata corta de seda rosa. Él le frotó la nuca con el pulgar.
– Casi ninguna es como ésta. No podía dormir; estaba pensando.
– ¿En nosotros? -preguntó ella, dándole un beso en la barbilla.
– Sí.
– ¿Y?
Él acercó la mano al rostro de ella y repasó el contorno de su mentón con los dedos.
– Me estaba preguntando cómo te hiciste esta cicatriz tan pequeña.
– Ah, esto… Me lo hice cuando era niña. Mi hermano y yo íbamos en bici y yo estaba montada en el manillar. Bajábamos por una colina que se llama Highland Avenue (esto fue cuando vivíamos en Pensilvania) y él perdió el control. La bicicleta empezó a zigzaguear y yo me asusté muchísimo porque sabía que íbamos a estrellarnos. Pero justo cuando perdimos el control del todo y salimos disparados, mi hermano me gritó: «¡Tranquila, Ellie!» Y, como lo dijo, me tranquilicé. Me hice un corte en la barbilla, pero ni lloré ni nada. Siempre me ha parecido genial que, en un momento como ése, me gritara a mí en vez de preocuparse por él. Pero mi hermano era así.
Bosch dejó de acariciarla.
– También estaba pensando en que lo de esta noche ha sido bonito.
– Sí, sobre todo para un par de aves nocturnas. Ven, vuelve a la cama.
Los dos entraron en el apartamento. Bosch fue al lavabo, se lavó los dientes con el dedo y finalmente se deslizó bajo la sábana con ella. En la mesilla de noche el reloj digital brillaba con un fulgor azulado. Cuando Bosch cerró los ojos, marcaba las 2.26.
Al abrirlos de nuevo, marcaba las 3.46 y un agudo pitido resonaba por la habitación. Bosch tardó un segundo en darse cuenta de que no estaba en su casa, sino en la de Eleanor Wish. Entonces distinguió su silueta, agachada junto a la cama.