– ¿Dónde está? -preguntó Eleanor, mientras revolvía la ropa de Bosch-. No lo encuentro.
Bosch alargó la mano hasta alcanzar sus pantalones, palpó el cinturón y encontró el busca fácilmente. Lo apagó sin esfuerzo, acostumbrado a hacerlo a oscuras.
– Qué ruido tan horrible -comentó ella.
Bosch se incorporó un poco, se ató la sábana a la cintura y se quedó sentado en la cama. Bostezó y avisó a Eleanor de que iba a encender la luz. Ella le dijo que adelante. La bombilla deslumbró a Bosch como una explosión de diamantes y, cuando volvió a recuperar la vista, ella estaba de pie ante él, desnuda, mirando el buscapersonas. Bosch finalmente comprobó el número en la pan-tallita digital, pero no lo reconoció. Después de pasarse una mano por la cara y el pelo, cogió el teléfono de la mesilla de noche y se lo puso sobre el regazo. Marcó el número y registró su ropa en busca de un cigarrillo. Cuando lo encontró se lo metió en la boca, pero no lo encendió.
Algo incómoda, Eleanor caminó hacia una butaca para ponerse la bata. Después se metió en el baño y cerró la puerta. Bosch oyó que abría un grifo. En ese momento una persona cogió el teléfono.
– Harry, ¿dónde estás? -dijo Edgar como todo saludo.
– Fuera de casa. ¿Qué sucede?
– El chico que estabas buscando, el de la llamada a Emergencias… Lo encontraste, ¿no?
– Sí, pero lo estamos buscando otra vez.
– ¿Cómo «estamos»? ¿Tú y la federal?
Eleanor salió del baño y se sentó junto a Bosch al borde de la cama.
– Jerry, ¿por qué llamas? -preguntó Bosch, sintiendo una opresión en los pulmones.
– ¿Cómo se llamaba el chico?
Bosch estaba aturdido. Hacía meses que no dormía tan profundamente, y ahora le despertaban de golpe… No recordaba el verdadero nombre de Tiburón y no se lo quería preguntar a Eleanor porque Edgar podría oírlo y descubrir que estaban juntos. Cuando Eleanor intentó decir algo, Harry le puso un dedo en los labios y negó con la cabeza.
– ¿Edward Niese? -dijo Edgar rompiendo el silencio-. ¿Se llamaba así?
La sensación de opresión había desaparecido. En su lugar, Bosch notó un puño invisible que le perforaba las costillas y le golpeaba directo al corazón.
– Sí -contestó.
– ¿Tú le diste una de tus tarjetas? -Sí.
– Pues ya no hace falta que lo busques. -¿Qué ha pasado?
– Ven a verlo tú mismo. Estoy en el Bowl. Tiburón está en el paso subterráneo debajo de Cahuenga. Aparca en la zona este; ya verás los coches.
A las cuatro y media de la mañana el extremo norte del aparcamiento del Hollywood Bowl suele estar vacío, pero cuando Bosch y Wish llegaron al paso de Cahuenga por Highland Avenue se encontraron con los coches patrulla y furgonetas oficiales que señalan el final violento, o cuando menos inesperado, de una vida. El precinto amarillo que se usa para cercar la escena del crimen formaba un cuadrado frente a la escalera que llevaba al paso subterráneo. Bosch mostró su placa y dio su nombre a un policía de uniforme que iba apuntando en una lista a todos los agentes que entraban. Después de franquear el control, Bosch y Wish se acercaron a la boca del túnel, donde oyeron el eco de un motor. Bosch sabía que el fuerte ruido procedía de un generador que iluminaba el lugar en el que se hallaba el cadáver. Antes de bajar, Bosch se volvió hacia Wish.
– ¿Prefieres esperar aquí? -le preguntó-. No hace falta que vayamos los dos.
– Soy policía, ¿sabes? -le cortó ella-. No es la primera vez que veo un cadáver. No empezarás a ponerte paternal, ¿no? Si quieres, yo bajo y tú te quedas aquí.
Bosch no dijo nada, totalmente sorprendido por aquel repentino cambio de humor. La miró un momento, perplejo, y ambos empezaron a bajar los escalones. Sin embargo, se detuvieron cuando el enorme cuerpo de Edgar asomó por el túnel y comenzó a subir hacia ellos. Edgar vio a Bosch primero y luego a Eleanor Wish.
– ¡Hola, Harry! -le saludó-. ¿Éste es tu nuevo compañero? Por lo visto os lleváis muy bien, ¿no?
Bosch lo fulminó con la mirada, aunque Eleanor iba unos pasos atrás y probablemente no había oído el comentario.
– Perdona, tío -se disculpó Edgar, con una voz apenas audible por culpa del estruendo procedente del túnel-. Es que llevo una nochecita… Si vieras al capullo de compañero que me ha enchufado Noventa y ocho…
– Pensaba que ibas a…
– Pues, no -contestó-. Pounds me ha puesto con Porter, de Automóviles, un borracho de aquí te espero.
– Ya lo conozco. ¿Y cómo has conseguido sacarlo de la cama?
– No estaba en casa. Tuve que ir a buscarlo al Parrot, un club privado de North Hollywood. Porter me dio el número cuando nos presentaron y me dijo que iba casi todas las noches. Me contó que se ocupaba de la seguridad, pero se me ocurrió comprobarlo telefoneando al Parker Center y allí no sabían nada. Que yo sepa lo único que hace es beber como un cosaco. Cuando lo llamé debía de estar casi inconsciente porque, según el camarero, no había ni oído el busca. Si le hicieran un test de alcoholemia ahora mismo, me juego algo a que daría 0,2 como mínimo.
Bosch asintió, frunció el ceño los tres segundos de rigor y acto seguido apartó de su mente los problemas de Jerry Edgar. Entonces oyó a Eleanor detrás de él y se la presentó a su antiguo compañero. Ambos se dieron la mano e intercambiaron sonrisas.
– Bueno, ¿qué tenemos? -preguntó Bosch.
– Hemos encontrado esto en el cuerpo -anunció Edgar, mientras les mostraba una bolsita de plástico transparente con unas cuantas fotos.
Más imágenes de Tiburón desnudo. El chico no había perdido el tiempo en renovar su oferta. Cuando Edgar le dio la vuelta a la bolsa, Bosch vio su tarjeta de visita.
– Parece ser que el chaval era un chapero de Boytown, pero si hablasteis con él supongo que ya lo sabéis. Al ver la tarjeta, me imaginé que podría ser el de la llamada a Emergencias -explicó Edgar-. Si queréis bajar a echar un vistazo, adelante. Nosotros ya hemos tomado nota, así que podéis tocar todo lo queráis. Os aviso que no se oye una mierda. Un idiota (no sabemos si fue el asesino o algún gamberro) se cargó todas las luces del túnel y hemos tenido que traer las nuestras. Como los cables no alcanzaban, tuvimos que meter el generador dentro. El muy cabrón hace un ruido de la hostia.
Edgar se volvió de nuevo hacia el túnel, pero Bosch alargó la mano y le tocó el hombro.
– Jed, ¿cómo os avisaron de esto?
– Con una llamada anónima. No fue al número de Emergencias y por eso no tenemos cinta. Lo único que sabemos es que llamó directamente a la comisaría de Hollywood y era un hombre. Es lo único que fue capaz de decirnos el tonto del culo que cogió la llamada, uno de esos gorditos que no se enteran.
Edgar se volvió hacia el subterráneo, seguido de Bosch y Wish. El túnel era un largo pasillo que giraba hacia la derecha. Tenía un suelo de cemento sucio y las paredes con un estucado blanco casi completamente cubierto de pintadas. «No hay nada como una buena dosis de realidad urbana cuando sales de una sinfonía en el Bowl», pensó Bosch. Todo estaba a oscuras salvo la escena del crimen, que estaba bañada por un potente chorro de luz. Desde el lugar en el que se encontraba, Bosch vislumbró una forma humana, la de Tiburón, y a los hombres que trabajaban bajo los focos. Mientras iba palpando la pared con la mano para mantener el equilibrio, Bosch notó un viejo olor a humedad mezclado con el nuevo olor a gasolina y a humo producido por el generador. Su frente y su pecho se perlaron de sudor y su respiración se tornó rápida y entrecortada. Cuando llevaban recorridos unos nueve metros, pasaron por delante del generador. Avanzaron otro tanto y allí, bajo la luz brutal de los focos estroboscopios, yacía Tiburón.
La cabeza del chico descansaba apoyada contra la pared del túnel en un ángulo forzado. A Bosch le pareció más pequeño y joven de lo que recordaba. Tenía los ojos entreabiertos y la mirada perdida de un ciego. Llevaba una camiseta negra con las palabras «Guns N' Roses» empapada en su propia sangre y unos téjanos gastados con los bolsillos vueltos del revés. A su lado había un aerosol en una bolsita de plástico y sobre su cabeza una inscripción que rezaba: «RIP Tiburón.» Era obra de una mano inexperta, ya que la pintura negra se había corrido por la pared en chorretones finos que resbalaban hasta la cabeza de Tiburón.