– Necesito un favor: que me dejes el ordenador.
– Adelante.
Eso era lo que a Bosch le gustaba de Héctor; nunca preguntaba qué o por qué antes de decidir. Era un tío que no se iba por las ramas ni participaba en los jueguecitos en los que, según Bosch, estaba metida toda la profesión. Sin levantarse de la silla, Héctor rodó hasta un ordenador situado contra una pared y tecleó su contraseña.
– Supongo que querrás que te mire unos nombres. ¿Cuántos son?
Bosch tampoco quiso irse por las ramas, de modo que le enseñó la lista de treinta y cuatro nombres. Héctor silbó en voz baja y dijo:
– De acuerdo, los miraremos, pero te aviso que si sus casos no han sido tramitados en esta oficina, no los tendremos aquí. Y sólo tengo lo que está en el ordenador: fechas de nacimiento, documentación, nacionalidad… Ya sabes cómo funciona, Harry.
Bosch lo sabía, pero también le constaba que el sur de California era el lugar preferido por la mayoría de refugiados vietnamitas después de cruzar el charco. Valiéndose tan sólo de dos dedos, Héctor comenzó a introducir los nombres en el ordenador. Veinte minutos más tarde, Bosch contemplaba una hoja recién salida de la impresora.
– ¿Qué buscamos, Harry? -preguntó Héctor mientras los dos estudiaban la lista. -No lo sé. ¿Ves algo raro?
Bosch pensó que Héctor le iba a decir que no, dejándole de nuevo en un callejón sin salida. Pero se equivocaba.
– Bueno, por ejemplo, éste debía de tener un enchufe.
Se llamaba Ngo van Binh. Bosch no sabía nada de él, excepto que procedía de la lista B porque no había denunciado ninguna pérdida después del robo.
– ¿Enchufado?
– Tenía algún tipo de contacto -explicó Héctor-. Tú lo llamarías un enchufe político. ¿Ves? Su caso lleva el prefijo GL, lo cual significa que los archivos están en nuestra Oficina de Casos Especiales en Washington. Ellos no se encargan de gente normal y corriente, sino de personajes como el sha, la familia Marcos o desertores rusos si son científicos o bailarinas. Gente que nunca pasaría por aquí.
Bosch asintió, pero le indicó con el dedo la hoja impresa.
– Vale, vale. Luego tenemos las fechas, que están demasiado cerca. Todo ocurrió muy rápido, seguro que le dieron un empujoncito. No tengo ni puta idea de quién era este tío, pero está clarísimo que conocía gente. Fíjate en la fecha de entrada: el 4 de mayo de 1975, cuatro días después de salir de Vietnam. Imaginemos que el primer día lo empleó en llegar a Manila y el último en llegar a EE.UU. Eso le deja sólo dos días en Manila para conseguir el permiso de entrada y obtener el billete. En esa época a la capital filipina llegaban barcos repletos de pasajeros cada día de la semana. Es imposible que consiguiera el permiso sin ayuda en sólo dos días; seguro que conocía a alguien. Tener un enchufe no era tan raro; muchos lo tenían. Cuando empezó el tomate, tuvimos que sacar a mogollón de gente. Unos pertenecían a la élite y otros eran lo suficientemente ricos como para conseguir que se les tratara igual.
Bosch se fijó en la fecha en que Binh había salido de Vietnam: el 30 de abril de 1975. El mismo día en que Meadows se había marchado para siempre del país, y el mismo día en que Saigón cayó en manos de las tropas del Norte.
– ¿Y esta fecha? -comentó Villabona-. El 14 de mayo es muy poco tiempo para recibir los papeles. Significa que diez días después de su llegada, el tío consigue un visado. Imposible si no eres Fulanito de Tal, o en este caso, Fulanito de Binh.
– Entonces, ¿qué opinas?
– No sé; el tío podía ser un agente secreto o simple-306 mente tener suficiente dinero para coger un helicóptero. Todavía corren muchos rumores sobre esa época: gente que se enriquecía a costa de los refugiados, asientos en los vehículos militares a cambio de diez de los grandes, visados por un poco más. Pero nada se ha confirmado oficialmente.
– ¿Podrías sacarme el archivo de este tío?
– Sí, si trabajara en Washington.
Bosch se lo quedó mirando.
– Todos los GL están ahí, Harry -se disculpó Héctor-. Ahí es donde va la gente con dinero. ¿Me entiendes? -inquirió.
Bosch no contestó.
– No te enfades, Harry. Veré qué puedo hacer; llamaré a un par de personas. ¿Vas a estar localizable?
Bosch le dio el número del FBI, sin decirle que se trataba del Buró, se dieron la mano y Bosch se fue. En el vestíbulo del primer piso, Bosch buscó a Lewis y Clarke a través de las puertas de cristal ahumado. Cuando finalmente divisó el Plymouth negro doblando la esquina después de dar otra vuelta a la manzana, salió del edificio y bajó los escalones de la entrada. Por el rabillo del ojo vio que el coche de Asuntos Internos frenaba y aparcaba junto a la acera, a la espera de que él se metiera en el suyo.
Bosch hizo lo que ellos querían, porque eso precisamente era lo que él quería.
Woodrow Wilson Drive se curva en dirección contraria a las agujas del reloj en su ascenso por las colinas de Hollywood. Su asfalto, agrietado y parcheado, no es lo bastante ancho para que pasen dos coches sin reducir cautelosamente la velocidad. A la izquierda, las casas descansan perfectamente sobre la ladera. La mayoría son mansiones decoradas con azulejos de estilo colonial y paredes estucadas, pertenecientes a familias de antiguas y sólidas fortunas.
Las viviendas de la derecha, sin embargo, son más nuevas y sus estructuras de madera se asoman intrépidas a los barrancos cubiertos de arbustos y margaritas. Los edificios se aguantan con cuatro vigas y grandes dosis de fe, aferrándose tan precariamente al terreno como sus propietarios a sus puestos de trabajo en los estudios cinematográficos situados al pie de la colina. La casa de Bosch era una de éstas; la cuarta de la derecha empezando por el fondo.
Al doblar la última curva, Bosch la vio y se quedó contemplando su madera oscura, su aspecto de caja de zapatos en busca de algo, una señal de que había cambiado… como si el exterior del edificio pudiera avisarle de que algo iba mal en el interior. Cuando Bosch se fijó en el retrovisor, atisbo el morro del Plymouth negro asomando por la curva. Acto seguido aparcó en el garaje de su casa y entró en ella sin mirar al vehículo que le seguía.
Bosch había ido al puerto para meditar sobre lo que Rourke había dicho y entonces recordó que la noche anterior alguien le había llamado, pero había colgado. En cuanto entró en su casa fue derecho a la cocina para escuchar los mensajes. Primero oyó la llamada anónima, que se produjo el martes, y luego un aviso de Jerry Edgar aquella madrugada instando a Bosch a que acudiera al Hollywood Bowl. Bosch rebobinó la cinta y escuchó de nuevo la primera llamada, reprendiéndose en silencio por no haber comprendido su importancia la primera vez que la había oído. Alguien había telefoneado, escuchado el mensaje de su contestador y colgado después de la señal. La cinta reproducía el ruido de alguien que colgaba. La mayoría de gente, cuando no quería dejar un recado, simplemente colgaba en cuanto oía la voz de Bosch diciendo que no estaba en casa. Si pensaban que estaba, daban su nombre después de la señal. Sin embargo, esta persona había escuchado el mensaje y no había colgado hasta oír el pitido. ¿Por qué? Al principio no se le había ocurrido, pero en ese momento pensó que podía tratarse de una prueba de transmisión.
Bosch abrió el armarito del recibidor, del que sacó unos prismáticos, y se dirigió hacia la ventana del comedor. En cuanto miró por una rendija entre las cortinas, divisó el Plymouth negro, a media manzana de su casa. Lewis y Clarke habían pasado de largo, dado media vuelta y aparcado junto a la acera cara abajo, listos para seguir con la vigilancia si Bosch salía de casa. A través de los prismáticos Bosch vislumbró a Lewis detrás del volante, observando la casa. Clarke se había recostado en el cabezal del asiento, con los ojos cerrados. Ninguno de ellos parecía llevar auriculares, pero Harry quería estar seguro. Sin apartar la vista de los prismáticos, alargó la mano hasta el pomo de la puerta de entrada, la abrió unos centímetros y volvió a cerrarla. Los hombres de Asuntos Internos no mostraron ninguna reacción. Los ojos de Clarke permanecieron cerrados y Lewis continuó limpiándose los dientes con una tarjeta de visita.