Lewis miró el aparato, vio qué era, y dijo:
– Nosotros no hemos sido.
– Claro que no -se burló Bosch, mientras sacaba la grabadora del otro bolsillo para enseñársela-. Una Nagra, sensible al sonido; eso es lo que usáis en todos vuestros trabajos. No importa que no sea legal, ¿verdad? El mismo día que la encuentro me doy cuenta de que vosotros me habéis estado siguiendo por la ciudad como dos gilipollas. Me habéis pinchado el teléfono, ¿verdad?
Tal como era de esperar, ni Lewis ni Clarke respondieron a su acusación. Bosch se fijó en que una gota de sangre asomaba por la nariz de Clarke. En ese momento un coche subió por Woodrow Wilson y redujo velocidad. Cuando Bosch le mostró su placa, el automóvil pasó de largo. Los dos policías no pidieron ayuda, hecho que Bosch interpretó como una señal de que controlaba la situación. Estaba ganando la partida. En el pasado, la reputación de Asuntos Internos se había deteriorado tanto por realizar escuchas ilegales en casas de policías, políticos e incluso estrellas de cine, que aquellos dos no iban a montarle un número. Salvar su propio pellejo era más importante que despellejar a Bosch.
– ¿Tenéis una orden para pincharme el teléfono?
– Escucha, Bosch -protestó Lewis-. Ya te lo he dicho, nosotros no…
– Ya me lo parecía. Hay que tener pruebas de un delito para obtener una orden, al menos eso es lo que siempre he oído. Pero a Asuntos Internos no le preocupan esas minucias -se burló Bosch-. ¿Sabes qué pasará con los cargos de asalto, Clarke? Mientras vosotros me lleváis al Comité de Derechos y me expulsáis del cuerpo por sacaros del coche y mancharos el culo de hierba, yo voy a llevaros a los dos, a Irving, al jefe de policía y a toda la puta ciudad ante un tribunal federal por violación de la Cuarta Enmienda: registro y detención ilegal. ¡Ah! Y al alcalde también, ¿qué os parece?
Clarke escupió sobre el césped, a los pies de Bosch. Una gota de sangre manchó su camisa blanca.
– No puedes probarlo porque no es verdad -dijo Clarke.
– Bosch, ¿qué cono quieres? -le espetó Lewis con rabia. Estaba más rojo que cuando la corbata le había apretado como una soga. Bosch empezó a caminar lentamente alrededor de ellos, obligándoles a girar constantemente la cabeza o sortear la palmera para verle.
– ¿Que qué quiero? Bueno, por mucho que os odie, no tengo demasiadas ganas de arrastraros por el cuello hasta los tribunales. Con traeros aquí ya he tenido de sobras. Lo que quiero…
– Bosch, estás loco -soltó Clarke.
– Cállate, Clarke -le dijo Lewis.
– Cállate tú -le replicó Clarke.
– Pues sí -contestó Bosch-. Me hicieron un examen psiquiátrico, pero sigo prefiriendo mi cabeza a la vuestra. Vosotros no necesitáis a un psiquiatra, sino a un proctólogo.
Bosch dijo esto acercándose a Clarke. Después se alejó unos pasos y continuó trazando círculos alrededor de los dos detectives.
– Os propongo una cosa. Yo estoy dispuesto a olvidarlo si vosotros contestáis unas cuantas preguntas.
Entonces estaremos en paz. Al fin y al cabo todos formamos parte de una gran familia, ¿no?
– ¿Qué preguntas? -inquirió Lewis-. ¿De qué cono hablas?
– ¿Cuándo empezasteis la vigilancia?
– El martes por la mañana. Te seguimos cuando saliste del FBI -respondió Lewis.
– No se lo digas -le dijo su compañero.
– Ya lo sabe.
Clarke miró a Lewis y negó con la cabeza como si no lo creyera.
– ¿Cuándo me pinchasteis el teléfono?
– Nosotros no fuimos -repitió Lewis.
– Y una mierda. Pero no importa. Vosotros me visteis entrevistar al chico en Boytown. -Aquello era una afirmación, no una pregunta. Bosch quería que creyesen que lo sabía casi todo y sólo necesitaba rellenar los espacios en blanco.
– Sí -dijo Lewis-. Ése fue el primer día de vigilancia. Vale; nos calaste. ¿Qué pasa?
Harry vio que Lewis se llevaba la mano al bolsillo de la cazadora y, con un movimiento rápido, lo detuvo. Lewis había intentado sacar un llavero con la llave de las esposas. Bosch lo tiró dentro del coche y, situándose detrás de Lewis, le preguntó: -¿A quién se lo dijisteis?
– ¿El qué? -exclamó Lewis-. ¿Lo del chico? A nadie. No se lo dijimos a nadie, Bosch.
– Pero lleváis un diario de vigilancia, ¿no? Y sacáis fotos; seguro que hay una cámara en el asiento trasero del coche o en el maletero.
– Pues claro.
Bosch encendió un cigarrillo y continuó dando vueltas alrededor de los detectives.
– ¿Qué hicisteis con la información?
Antes de contestar, Bosch vio que Lewis miraba a Clarke.
– Entregamos el primer informe y carrete de fotos ayer -confesó finalmente-. Lo dejamos en el despacho del subdirector, como siempre. Ni siquiera sabemos si se lo ha mirado y es el único informe que hemos hecho. Quítanos las esposas, Bosch. Esto es ridículo. La gente nos está viendo. Podemos hablar de todos modos.
Bosch caminó entre ellos, soltó una bocanada de humo en el centro y les comunicó que no iba a quitarles las esposas hasta que terminara la conversación. Entonces acercó su cara a la de Clarke y volvió a preguntar:
– ¿Quién más lo ha recibido?
– ¿El diario de vigilancia? Nadie -le contestó Lewis-. Eso iría en contra de la política del departamento.
Bosch soltó una carcajada e hizo un gesto de incredulidad. Sabía que Lewis y Clarke no admitirían ninguna acción ilegal o violación de la política del departamento, así que dio media vuelta y se dispuso a regresar a su casa.
– Espera, espera, Bosch -le gritó Lewis-. Le pasamos el informe a tu teniente, ¿vale? ¡Vuelve!
Bosch volvió.
– Quería que lo mantuviéramos informado; tuvimos que hacerlo -prosiguió Lewis-. Nuestro jefe, Irving, dio el visto bueno. Nosotros sólo cumplíamos órdenes.
– ¿Qué decía vuestro informe sobre el chico?
– Nada. Sólo que era un chico… Algo así como: «Sujeto entabló diálogo con menor y lo condujo a la comisaría de Hollywood para una entrevista formal.»
– ¿ Lo identificasteis?
– No. No dimos su nombre porque no lo sabíamos, te lo juro. Te hemos estado siguiendo y ya está. Venga, quítanos las esposas.
– ¿Y Home Street Home? Vosotros me visteis llevarlo allí. ¿Lo pusisteis en el informe?
– Sí.
Bosch volvió a acercarse a ellos.
– Ahora viene la gran pregunta. Si el FBI ha retirado su queja, ¿por qué Asuntos Internos me continúa siguiendo? El FBI llamó a Pounds y se retractó. Vosotros hicisteis ver que lo dejabais, pero no era verdad. ¿Por qué?
Lewis iba a decir algo, pero Bosch le atajó.
– Quiero que me lo diga Clarke. Tú piensas demasiado rápido, Lewis.
Clarke no dijo nada.
– Clarke, el chico que visteis conmigo ha muerto. Alguien se lo cargó porque habló conmigo. Y las únicas personas que lo sabían sois tú y tu compañero. Aquí está pasando algo y si no consigo las respuestas que necesito voy a denunciarlo y vosotros vais a acabar siendo investigados por Asuntos Internos.
Finalmente Clarke pronunció sus primeras palabras en los últimos cinco minutos.
– Eres un cabronazo.
Lewis intervino.
– Ya te lo digo yo. El problema es que el FBI no confía en ti. Nos contaron que te habían metido en el caso, pero que no estaban seguros, que habías entrado a la fuerza y que querían tenerte vigilado por si tramabas algo. Nos pidieron que no nos despegáramos de ti; nosotros lo hicimos y basta, así que suéltanos. Casi no puedo respirar y las muñecas me empiezan a doler por culpa de las esposas. Te has pasado.
Bosch se volvió hacia Clarke.
– ¿Dónde tienes la llave?
– En el bolsillo de delante de la americana -contestó Clarke en tono tranquilo, negándose a mirar a Bosch a la cara. Bosch se colocó detrás de él y lo rodeó por la cintura. Cuando le hubo sacado el llavero del bolsillo, Bosch le susurró:
– Si vuelves a entrar en mi casa, te mato.