Dicho esto, Bosch le bajó los pantalones y calzoncillos hasta los tobillos y empezó a alejarse, al tiempo que arrojaba el llavero en el coche.
– ¡Hijo de puta! -le gritó Clarke-. ¡Antes te mataré yo!
Bosch estaba convencido de que mientras conservara el micrófono y la grabadora, Lewis y Clarke no presentarían cargos contra él. Ellos tenían más que perder. Un juicio y un escándalo público serían el fin de sus carreras hacia el sexto piso.
Bosch se metió en el coche y regresó al edificio federal. Mientras analizaba la situación, se dio cuenta de que demasiada gente había sabido lo de Tiburón o tenido la ocasión de averiguarlo, lo cual dificultaba mucho la identificación del topo. Lewis y Clarke habían visto al chico y habían pasado la información a Irving, a Pounds ya saber a quién más. Rourke y el encargado de Archivos del FBI también estaban informados. Eso, sin contar a la gente de la calle que podía haber visto a Bosch con Tiburón u oído que él lo estaba buscando. Decidió que tendría que aguardar a ver qué cariz tomaban los acontecimientos.
En el edificio federal, la recepcionista pelirroja del FBI le hizo esperar mientras llamaba al Grupo 3. Bosch volvió a contemplar el cementerio a través de las cortinas de gasa y distinguió a varias personas trabajando en la trinchera excavada en la colina. Los operarios estaban cubriendo la zanja con unos bloques de piedra negra con miles de pequeños reflejos blancos. Bosch finalmente comprendió lo que estaban haciendo.
De pronto oyó que alguien le abría la puerta y la empujó para entrar. Eran las doce y media y toda la brigada antirrobos estaba fuera almorzando, a excepción de Eleanor Wish, que se hallaba en su mesa comiéndose un bocadillo de huevo con mayonesa, uno de ésos que venden en envases de plástico triangulares en todos los edificios gubernamentales que Bosch conocía. Y, por supuesto, no podían faltar la botella de agua y el vasito de plástico. Bosch y Wish intercambiaron discretos «holas». Harry notó que las cosas entre ellos habían cambiado, pero no sabía hasta qué punto. -¿Llevas aquí toda la mañana?
Ella contestó que no, que había ido a mostrar las fotos de Franklin y Delgado a los empleados del WestLand National. Al parecer, una mujer había identificado con toda seguridad a Franklin como Frederic B. Isley, el hombre que alquiló una caja en la cámara acorazada. El espía.
– Tenemos suficiente para obtener una orden de arresto, pero Franklin se ha esfumado -explicó ella-. Rourke ha enviado a un par de equipos a las direcciones de él y Delgado que figuraban en el Registro de Vehículos. Han llamado hace un rato para decirnos que, o bien los sospechosos se habían mudado, o nunca vivieron en esos lugares. Parece que se los haya tragado la tierra.
– ¿Qué hacemos ahora?
– No lo sé. Rourke está pensando en dejarlo un tiempo hasta que los encontremos. Tú seguramente volverás a tu mesa de Homicidios. Cuando cojamos a uno de ellos, te llamaremos para que lo interrogues sobre el asesinato de Meadows.
– Y el asesinato de Tiburón. No te olvides.
– También.
Bosch asintió con la cabeza. Se había terminado; el FBI iba a cerrar la investigación.
– Por cierto, tienes un mensaje -añadió Eleanor Wish-. Te ha llamado alguien, un tal Héctor. No ha dicho nada más.
Bosch se sentó en la mesa junto a la de ella y marcó el número directo de Héctor Villabona. Éste lo cogió casi inmediatamente.
– Aquí Bosch.
– Oye, ¿qué estás haciendo en el Buró? -preguntó Héctor-. He llamado al número que me diste y me han dicho que era el FBI.
– Sí, ya te contaré. ¿Has encontrado algo?
– No mucho, y la verdad es que no creo que lo encuentre porque no puedo conseguir el archivo. Tal como nos habíamos imaginado, este tío, Binh, debe de tener buenos contactos porque su expediente todavía es confidencial. Telefoneé a un amigo que tengo allí y le pedí que me lo mandara. El me llamó al cabo de un rato y me dijo que no podía ser.
– ¿Por qué sigue siendo confidencial?
– ¿Quién sabe? Por eso es confidencial; para que nadie se entere.
– Bueno, gracias. De todos modos ya no parece tan importante.
– Si tienes un amigo en Washington, alguien con más poder que yo, puede que tenga más suerte. Yo sólo soy una pieza pequeñita en este enorme engranaje -se burló Héctor-. Pero, oye, a este amigo mío se le escapó una cosa.
– ¿El qué?
– Bueno, yo le di el nombre de Binh y él me contestó: «Lo siento, el expediente del capitán Binh es confidencial»; así, tal como te lo estoy diciendo. Le llamó capitán, o sea, que el tío debió de ser militar. Por eso tuvieron que sacarlo de allí tan rápido; para salvarle el pellejo.
– Sí -contestó Bosch y, después de darle las gracias, colgó.
Bosch se volvió hacia Eleanor y le preguntó si tenía algún contacto en el Departamento de Estado. Ella negó con la cabeza.
– ¿Inteligencia militar, la CÍA, o algo así? -insistió Bosch-. Alguien con acceso a los archivos.
Tras meditar un momento, Eleanor respondió:
– Bueno, conozco a alguien en el piso de Estado de mi época en Washington. Pero ¿qué pasa, Harry?
– ¿Puedes llamarle y pedirle un favor?
– Nunca habla de trabajo por teléfono. Tendremos que bajar un momento.
Bosch se levantó y salieron de la oficina. Mientras esperaban el ascensor, le contó a ella lo de Binh, su rango y el hecho de que se hubiera marchado de Vietnam el mismo día que Meadows. Cuando se abrió la puerta, los dos entraron y ella apretó el número 7. Estaban solos.
– Tú sabías que me estaban siguiendo -le dijo Bosch-. Los de Asuntos Internos.
– Sí, los vi.
– Pero lo sabías antes de verlos, ¿no?
– ¿Importa mucho?
– Pues sí. ¿Por qué no me lo dijiste?
– No lo sé -contestó ella-, lo siento. Al principio no lo hice y luego, cuando quise decírtelo, no pude. Pensé que lo estropearía todo. Bueno, supongo que lo ha estropeado igualmente.
– ¿Por qué no me lo contaste al principio, Eleanor? ¿No confiabais en mí?
– Al principio, no.
Con la vista fija en la pared de acero del ascensor, Bosch insistió:
– ¿Y después?
La puerta se abrió en el séptimo piso.
– Todavía estás aquí, ¿no? -contestó Eleanor, saliendo del ascensor.
Bosch la siguió, la cogió del brazo y la retuvo un momento. Los dos se quedaron inmóviles mientras dos hombres con trajes casi idénticos se abrían paso hacia la puerta del ascensor.
– Sí, pero no me lo dijiste.
– Harry, ¿por qué no hablamos de esto más tarde?
– La cuestión es que nos vieron con Tiburón.
– Sí, ya lo había pensado.
– Entonces, ¿por qué no dijiste nada cuando yo mencioné la idea de un posible topo y te pregunté quién podía saber lo del chico?
– No lo sé.
Bosch bajó la vista. En ese momento se sintió como el único hombre del planeta que no entendía lo que estaba ocurriendo.
– Hablé con Lewis y Clarke -le informó Bosch-. Dicen que sólo nos vieron con el chico, pero no investigaron más. Ellos juran que no sabían quién era y que el nombre de Tiburón no apareció en sus informes.
– ¿Y tú les crees?
– Hasta ahora nunca les he creído, pero no me los imagino involucrados en todo este asunto. No me cuadra. Ellos me están siguiendo y harían cualquier cosa para hundirme, pero no liquidar a un testigo. Eso es una locura.
– Quizá, sin saberlo, le están pasando información a alguien que sí está implicado.
Bosch volvió a pensar en Irving y Pounds.
– Es una posibilidad. Pero la cuestión es que hay un hombre infiltrado; seguro. El topo puede estar en tu lado o en el mío, pero tenemos que ir con mucho cuidado con quién hablamos y con lo que hacemos.
Al cabo de un momento, Bosch la miró directamente a los ojos y le preguntó:
– ¿Estás de acuerdo?