– Es como un parque -comentó Bosch.
– Es un cementerio -susurró ella-. Vámonos.
– No hace falta que susurres. Demos una vuelta; se está muy bien.
Eleanor dudó, pero lo siguió mientras él se alejaba por el camino enladrillado. El sendero pasaba por debajo de un roble que proyectaba su sombra sobre las tumbas de los veteranos de la primera guerra mundial. Ella lo alcanzó y reanudó la conversación.
– Bueno, Meadows llega a Terminal Island, donde oye hablar de Charlie Company. Se entera de que su director es una mezcla de ex soldado y párroco, consigue referencias y logra que lo suelten antes. En Charlie Company entra en contacto con dos de sus antiguos compañeros de batallas: Delgado y Franklin. Excepto que sólo pasan un día juntos. Sólo un día. ¿Me estás diciendo que planearon todo esto en un solo día?
– No lo sé -respondió Bosch-. Tal vez, aunque lo dudo. Puede que lo planearan más tarde, después de reunirse en la granja. Lo más importante es que estuvieron juntos, o muy cerca, en 1975, en Saigón. Y de nuevo en Charlie Company. Después de salir de allí, Meadows acepta un par de trabajos hasta que termina su libertad condicional. Luego lo deja y desaparece del mapa.
– ¿Hasta?
– Hasta el robo del WestLand. Los tíos entran en la cámara y se dedican a abrir las cajas hasta que encuentran la de Binh. O a lo mejor ya sabían cuál era la suya. Debieron de seguirlo para planear el robo y averiguar dónde guardaba lo que quedaba de los diamantes. Tenemos que volver al banco para ver si las visitas de Frederic B. Isley coinciden con las de Binh, pero me apuesto algo a que sí. Nuestro hombre sabía cuál era la caja de Binh porque entró con él en la cámara acorazada. Luego robaron su caja y, para disimular, vaciaron todas las demás. Lo más genial es que sabían que Binh no lo denunciaría, porque legalmente aquello no existía. Era perfecto. Y lo mejor fue que se llevaran todo lo demás para tapar su verdadero objetivo: los diamantes.
– El golpe perfecto -opinó ella-. Al menos hasta que Meadows empeñó el brazalete de jade y lo mataron. Eso nos lleva de nuevo a la pregunta de hace unos días: ¿por qué? Y hay otra cosa que no tiene sentido: ¿por qué Meadows vivía en esa mierda de casa? Si era un hombre rico, ¿por qué no actuaba como tal?
Bosch caminó un rato en silencio. Aquélla era la pregunta que se había venido haciendo desde la entrevista con Ernst. Pensó en el alquiler de once meses de Meadows, pagado con antelación. Si estuviera vivo, se habría mudado la semana siguiente. Mientras caminaban por aquel jardín de piedras blancas, todo empezó a encajar; ya no quedaba arena en la parte superior del reloj.
– Porque el golpe perfecto sólo estaba medio terminado -anunció Bosch-. Al empeñar el brazalete, Meadows lo descubrió demasiado pronto. Por eso tuvieron que cargárselo y recuperar la joya.
Ella se detuvo y lo miró. Estaban en un camino de acceso a la sección de la segunda guerra mundial. Bosch se fijó en que las raíces de un viejo roble habían empujado algunas de las viejas lápidas. Parecían dientes a la espera de un odontólogo.
– Explícate -le pidió Eleanor.
– Los ladrones robaron un montón de cajas para cubrir que lo que realmente querían estaba en la caja de Binh, ¿no?
Ella asintió con la cabeza.
– Vale. ¿Cuál es el siguiente paso? Quitarse de encima las cosas de las otras cajas para que no vuelvan a aparecer nunca más. No me refiero a venderlas a un perista, sino destruirlas, tirarlas al mar o enterrarlas para siempre en un lugar donde no lo encuentren nunca. Porque en el momento en que aparezca la primera joya, moneda o certificado, la policía tendrá una pista y empezará a investigar.
– ¿Entonces crees que a Meadows lo mataron porque empeñó el brazalete? -preguntó Wish.
– No del todo. Tiene que haber algo más. ¿Por qué iba Meadows, si poseía una parte de los diamantes de Binh, a molestarse en empeñar un brazalete que sólo valía un par de miles de dólares? ¿Por qué iba a vivir como vivía? No tiene sentido.
– Me he perdido, Harry.
– Yo también, pero míralo desde este punto de vista. Imaginemos que ellos (Meadows y sus colegas) supieran el paradero de Binh y el otro capitán de la policía, Nguyen Tran, y que supieran dónde guardaba cada uno lo que quedaba de los diamantes que habían traído desde Vietnam. Digamos que había dos bancos y los diamantes estaban en dos cajas de seguridad. Supongamos que van a robar los dos. Primero asaltan el banco de Binh y ahora irán a por el de Tran.
Ella hizo un gesto para indicar que le seguía. Bosch notó que la tensión aumentaba.
– De acuerdo, planear estas cosas lleva tiempo; hay que elaborar una estrategia, escoger un fin de semana cuando el banco esté cerrado durante tres días seguidos… Necesitan ese tiempo para abrir muchas cajas y que parezca real. Y luego está el tiempo necesario para cavar el túnel.
Bosch se había olvidado de fumar, pero en ese momento se dio cuenta y se metió un cigarrillo en la boca. Sin embargo, antes de encenderlo, comenzó a hablar de nuevo.
– ¿Me sigues?
Ella asintió. Bosch encendió el pitillo.
– Vale. Entonces, ¿qué harías tú después de robar el primer banco, pero antes de asaltar el segundo? Evidentemente procurarías pasar inadvertida para no dar ni una sola pista. Destruirías toda la mercancía de la tapadera, los objetos de las otras cajas, sin quedarte nada. Y no tocarías los diamantes de Binh. No podrías empezar a venderlos porque podrían atraer la atención y estropear el segundo golpe.
»De hecho, Binh seguramente contrató a tíos para que buscaran los diamantes. Supongo que, después de años de irlos canjeando, debía de estar familiarizado con la red ilegal de piedras preciosas. Así que los ladrones también tenían que ir con cuidado con él.
– O sea, que Meadows quebrantó las reglas -resumió ella-. Se quedó algo; el brazalete. Sus compañeros lo descubrieron y se lo cargaron. Después entraron en la tienda de empeños y lo volvieron a robar. -Ella sacudió la cabeza, admirando el plan-. Todo habría sido perfecto si Meadows no hubiera desobedecido.
Bosch asintió. Los dos se quedaron inmóviles; primero se miraron el uno al otro y luego a su alrededor, al cementerio. Bosch arrojó la colilla al suelo y la pisó. Cuando ambos alzaron la vista, descubrieron ante sí las paredes negras del monumento a los veteranos del Vietnam.
– ¿Qué hace eso ahí? -preguntó ella.
– No lo sé. Es una réplica a la mitad de tamaño y en mármol falso. Creo que viaja por todo el país para que lo vea la gente que no puede desplazarse a Washington.
De repente Eleanor soltó un gritito y se volvió hacia Bosch.
– Harry, ¡este lunes es el día de los Caídos!
– Ya lo sé. Los bancos cierran dos días, algunos tres. Tenemos que encontrar a Tran.
Ella se volvió para regresar al FBI, mientras él le echaba una última ojeada al monumento. En la ladera de la colina estaba incrustada la larga pared hueca de mármol falso con todos los nombres grabados. Un hombre con un uniforme gris barría el cemento de la base, donde yacía una corona de flores de Jacaranda de color violeta.
Harry y Eleanor permanecieron en silencio hasta que salieron del cementerio y comenzaron a caminar por Wilshire en dirección al edificio federal. Finalmente ella le hizo una pregunta que él también se había formulado, pero para la cual no hallaba una respuesta.
– ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo? Hace quince años de todo aquello.
– No lo sé. Quizá fuera el momento adecuado. De vez en cuando la gente, las circunstancias, ciertas fuerzas invisibles se alían, o al menos eso parece. ¿Quién sabe? Tal vez Meadows se había olvidado de Binh, un día lo vio por la calle y de pronto se le ocurrió la idea: el golpe perfecto. O tal vez fuera el plan de otra persona que tomó forma el día que los tres hombres pasaron juntos en Charlie Company. Los porqués nunca se saben; lo único que podemos averiguar son los cómos y los quiénes.