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Clarke apartó su mano y soltó un suspiro, tras lo cual su rostro adquirió un aspecto más relajado.

– No importa. Todo esto no me gusta nada.

Bosch encontró un hueco en Ocean Park Boulevard, en la acera de enfrente del edificio de Eleanor y aparcó, pero no hizo ningún gesto para salir del coche, sino que miró a Eleanor, sintiendo todavía la emoción de unos minutos antes, aunque inseguro sobre adónde iba todo aquello. Ella pareció adivinar sus pensamientos o sentir lo mismo, ya que le puso la mano sobre la suya y se inclinó para besarlo.

– Entremos -le susurró.

Bosch bajó del Caprice y dio la vuelta para cerrar la puerta de Eleanor, que ya había salido. Los dos se dispusieron a cruzar, pero se detuvieron para dejar pasar un coche. Como llevaba puestas las largas, Bosch apartó la vista y miró a Eleanor. Fue ella quien se dio cuenta de que las luces venían hacia ellos.

– ¿Harry?

– ¿Qué?

– ¡Harry!

Bosch se volvió hacia el coche que se acercaba y vio que las luces -que eran en realidad cuatro, procedentes de dos pares de faros cuadrados- los enfocaban a ellos. En esos segundos vitales Bosch concluyó que el coche no se había desviado de modo accidental, sino que venía directamente hacia ellos. Apenas había tiempo, pero éste quedó curiosamente suspendido. A Bosch le dio la impresión de que todo ocurría a cámara lenta; primero se volvió hacia la derecha, hacia Eleanor, y comprobó que ella no necesitaba ayuda. Entonces los dos saltaron sobre el capó del Caprice de Bosch. Él rodó sobre ella y ambos se precipitaron sobre la acera, al tiempo que su coche recibía una violenta sacudida y se oía un chirrido agudo de metal destrozado. Por el rabillo del ojo, Bosch atisbo una ducha de chispas azules antes de aterrizar sobre Eleanor en la estrecha franja de tierra que separaba la calzada y la acera. En ese instante intuyó que estaban a salvo; asustados, pero de momento a salvo.

Bosch se incorporó, sacó la pistola y la sostuvo con las dos manos. El automóvil que los había embestido no se había detenido. Se encontraba ya a unos cincuenta metros y se alejaba cada vez a mayor velocidad. Bosch disparó una bala que debió de rebotar en el cristal trasero porque el vehículo estaba demasiado lejos. A su lado, Eleanor disparó dos veces, pero no logró causar ningún daño al coche.

Sin decir una palabra, los dos entraron en el Caprice por la puerta de la derecha. Bosch contuvo la respiración mientras giraba la llave de contacto, pero el coche arrancó y se alejó con un chirrido. Harry giró el volante a un lado y a otro mientras ganaba velocidad. La suspensión parecía un poco floja, aunque ignoraba el alcance de los desperfectos. Cuando intentó comprobar el retrovisor lateral, vio que éste había desaparecido. Encendió las luces, pero sólo funcionaba el faro derecho.

El vehículo de sus atacantes estaba al menos a cinco manzanas, cerca de la zona en que Ocean Park Boulevard sube una pequeña colina. Las luces del coche se perdieron de vista cuando éste pasó la cima. Bosch dedujo que se dirigía a Bundy Drive, desde donde la autopista 10 estaba a tiro de piedra. Y una vez en ella sería imposible alcanzarlos. Bosch agarró la radio y llamó a centralita, pero no pudo darles una descripción del coche: sólo la dirección de la persecución.

– Va hacia la autopista, Harry -gritó Eleanor-. ¿Estás bien?

– Sí. ¿Y tú? ¿Has visto la marca?

– Estoy bien, sólo un poco asustada. No, no he visto la marca. Creo que era americano… faros cuadrados. No vi el color, pero era oscuro. Si llega a la autopista lo perderemos.

Iban hacia el este por Ocean Park, paralelos a la autopista 10, que discurría a unas ocho manzanas al norte. Al acercarse a la cima de la colina, Bosch apagó el faro que funcionaba y cuando llegaron arriba, atisbo la silueta oscura del coche que les había embestido pasando el semáforo del cruce con Lincoln Boulevard. Ya no había duda de que se dirigía a Bundy. Al llegar a Lincoln, Bosch giró a la izquierda, pisó el acelerador y encendió las luces. Al aumentar la velocidad, se oyó un ruido sordo. El neumático delantero izquierdo y la alineación de las ruedas no estaban del todo bien.

– ¿Adónde vas? -chilló Eleanor.

– Voy a meterme en la autopista.

Dicho esto, Bosch vio los rótulos de la autopista y giró a la derecha en dirección a la rampa de entrada. El neumático aguantó mientras se sumaban al tráfico de la 10.

– ¿Cómo sabremos quiénes son? -exclamó Eleanor. La vibración del neumático se había convertido en un ruido fuerte y constante.

– No lo sé, busca unos faros cuadrados.

Al cabo de un minuto llegaron a la entrada de Bundy, pero Bosch no tenía ni idea de si se habrían adelantado al otro coche o si éste ya les llevaba mucha ventaja. De pronto un vehículo apareció por la rampa y entró al carril de aceleración. Era blanco y extranjero.

– Ése no es -opinó Eleanor.

Bosch pisó a fondo el acelerador y avanzó a toda velocidad. El corazón le latía, acompañando las vibraciones que producía la rueda, en parte por la emoción de la persecución y en parte por la de seguir vivo. Ahora misino podría estar destrozado en el asfalto frente al apartamento de Eleanor. Bosch mantenía el volante firmemente agarrado, como si fueran las riendas de un caballo al galope. Avanzaba entre el escaso tráfico a unos ciento cincuenta kilómetros por hora, mirando el morro frontal de los coches que adelantaba en busca de cuatro faros o un lateral derecho abollado.

Medio minuto más tarde, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante, llegó hasta un Ford de color burdeos que iba como mínimo a cien por el carril más lento. Bosch pasó por su lado y lo adelantó. Eleanor llevaba la pistola en la mano, pero la sostenía por debajo de la ventanilla para que no se viera desde fuera. El conductor, un hombre de raza blanca, no miró ni dio muestras de haberles visto. Al pasarlo, Eleanor gritó:

– ¡Dos pares de faros cuadrados!

– ¿Es el coche? -preguntó Bosch con excitación.

– No puedo…, no lo sé. No veo si el lado derecho está abollado. Podría ser, pero el tío no ha reaccionado.

Ahora le sacaban casi un coche de delantera. Bosch cogió la sirena portátil que guardaba debajo del salpicadero, la sacó por la ventanilla y la colocó en el techo de su coche. Acto seguido encendió la luz giratoria de color azul y lentamente empezó a empujar al Ford hacia el arcén. Eleanor indicó al conductor que se detuviera y éste obedeció. Bosch frenó de repente para dejar que el otro coche pasase al arcén delante de él. Cuando ambos se hubieron detenido junto a la valla de protección, Bosch se dio cuenta de que tenía un problema. Aunque encendió los faros, el único que funcionaba seguía siendo el del lado del pasajero. El coche de delante estaba demasiado cerca de la valla como para que Bosch o Wish vieran si el lateral derecho estaba abollado. Mientras tanto, el conductor permanecía en su asiento, prácticamente a oscuras.

– Mierda -exclamó Bosch-. Bueno, tú no salgas hasta que yo te lo diga, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

Bosch tuvo que cargar todo el peso de su cuerpo contra la puerta para que se abriese. Salió del coche con la pistola en una mano y la linterna en la otra, enfocándola hacia el conductor del otro automóvil. El rugido del tráfico retumbaba en sus oídos. Bosch empezó a gritar, pero una bocina tapó el sonido y una turbulencia causada por un camión lo empujó hacia delante. Volvió a intentarlo; le gritó al hombre que sacara las manos por la ventanilla, donde él pudiera verlas. Nada. Le chilló de nuevo. Bosch esperó apoyado en el parachoques trasero del coche granate hasta que por fin el conductor le hizo caso. Enfocó la linterna sobre el cristal trasero, pero no vio a nadie más en el interior del vehículo. Entonces se acercó corriendo hasta el conductor y le ordenó que saliera lentamente.

– ¿Qué es esto? -protestó un hombre bajito, pálido, con el pelo rojizo y un bigote casi transparente. Abrió la puerta del coche y bajó. Llevaba una camisa blanca, pantalones beige y unos tirantes y miró en dirección a los automóviles que pasaban, como clamando por un testigo que presenciara aquella pesadilla.