Bosch se dejó caer en una silla al otro lado de la mesa y metió el dedo en un paquete de tabaco en busca de un cigarrillo. Quedaba uno, que se puso en la boca pero no encendió.
– Además de sentirse excitado o celoso por lo que pudiéramos estar haciendo, ¿qué opina Rourke sobre quién intentó arrollarnos? -preguntó Bosch-. ¿Un conductor borracho, como cree mi gente?
– Sí, mencionó la teoría del conductor borracho, pero también me preguntó si tenía un ex novio celoso. No parecía muy convencido de que tuviera que ver con nuestro caso.
– No se me había ocurrido la idea del ex novio. ¿Y qué le dijiste?
– Eres igual de maquiavélico que él -dijo con su preciosa sonrisa-. Le dije que no era de su incumbencia.
– Bien hecho. ¿Y de la mía?
– La respuesta es no. -Ella le dejó unos segundos colgado de un hilo antes de añadir-: Quiero decir que no tengo ex novios celosos. Y ahora, ¿qué te parece si nos vamos y volvemos a donde estábamos (consultó un momento su reloj) hace unas cuatro horas?
Bosch se despertó en la cama de Eleanor Wish bastante antes de que la luz del amanecer se filtrara por las cortinas de la puerta corredera. Incapaz de vencer el insomnio, acabó por levantarse. Después de ducharse en el cuarto de baño del piso de abajo, revolvió los armarios de la cocina y la nevera con la intención de preparar un desayuno de café, huevos y bollos de pasas y canela. No había beicon.
Cuando oyó cerrarse el grifo de la ducha del piso de arriba, Bosch subió un vaso de zumo de naranja y se encontró a Eleanor frente al espejo del baño. Estaba desnuda y trenzándose el pelo, que había dividido en tres mechones gruesos. El se quedó hechizado y la observó mientras ella se acababa la trenza. A continuación ella aceptó el zumo y un largo beso de Bosch, se puso su bata corta y los dos bajaron a desayunar.
Después del desayuno, Harry abrió la puerta de la cocina y encendió un cigarrillo en el umbral.
– ¿Sabes? -dijo-. Estoy contento porque no pasó nada.
– ¿Ayer?
– Sí. Si te hubiera pasado algo, no sé cómo hubiera reaccionado. Ya sé que acabamos de conocernos, pero… me importas…
– Tú a mí también.
Aunque Bosch se había dado una ducha, llevaba la ropa más sucia que el cenicero de un coche de segunda mano y al cabo de un rato le dijo a Eleanor que tenía que pasar por casa a cambiarse. Ella decidió ir al Buró a comprobar las consecuencias de la noche anterior y conseguir lo que pudiera sobre Binh. Acordaron reunirse en la comisaría de Hollywood porque estaba más cerca de la tienda de Binh y, además, Bosch tenía que devolver su coche abollado. Ella lo acompañó a la puerta y lo besó como si fuera un contable que se iba a la oficina.
Al llegar a casa, Bosch no encontró ningún mensaje en el contestador automático ni rastro de que hubiera entrado alguien. Después de afeitarse y cambiarse de ropa, bajó la colina por Nichols Canyon para coger Wilcox. Una vez en la comisaría, Bosch estuvo trabajando en su mesa, poniendo al día el Informe Cronológico del Oficial Investigador hasta la llegada de Eleanor, a eso de las diez. La oficina estaba llena de detectives que, siendo en su mayoría hombres, interrumpieron lo que estaban haciendo para mirarla. Cuando Eleanor se sentó en la silla de acero junto a la mesa de Homicidios sonreía con incomodidad.
– ¿Qué te pasa?
– Nada, pero esto es peor que entrar en Biscailuz -dijo ella, haciendo referencia a una de las cárceles de la ciudad.
– Ya lo sé. Estos tíos son más guarros que la mayoría de exhibicionistas. ¿Quieres un vaso de agua? -No, gracias. ¿Listo? -Vamos allá.
Cogieron el coche nuevo de Bosch, que en realidad tenía un mínimo de tres años y ciento veintitrés mil kilómetros. El encargado de los vehículos de la comisaría era un agente que había estado atado a la mesa desde que perdió cuatro dedos al coger un petardo durante el carnaval. Según él, aquel coche era lo mejor que tenía. Los recortes de presupuesto habían paralizado la renovación de la flota, a pesar de que a la larga el departamento acababa gastándose más en reparaciones. Por lo menos, tal como descubrió Bosch cuando arrancó, el aire acondicionado funcionaba bastante bien. Al parecer venían vientos de Santa Ana y el fin de semana se preveía más caluroso de lo normal para la época del año.
Las investigaciones de Eleanor sobre Binh revelaron que tenía una oficina y un negocio en Vermont Avenue, cerca de Wilshire Boulevard. En aquella zona había más tiendas coreanas que vietnamitas, pero ambas comunidades coexistían pacíficamente. Wish había descubierto que Binh controlaba una serie de empresas que importaban de Oriente ropa y productos electrónicos a bajo precio y luego los vendían en el sur de California y México. Muchos de los artículos que los turistas estadounidenses compraban se traían de México, convencidos de haber hecho una buena compra, ya habían pasado por aquí. El negocio parecía rentable sobre el papel, aunque tampoco era un gran imperio. De todos modos, aquello fue suficiente para que Bosch se cuestionara si Binh necesitaba los diamantes. O si realmente los había tenido.
Binh era el propietario del edificio donde se encontraba su oficina y el bazar de productos electrónicos, un antiguo concesionario de automóviles de los años treinta que alguien había reconvertido años antes de que Binh llegara al país. Aquel bloque de cemento sin armar con enormes ventanales en la fachada estaba destinado a desmoronarse al primer temblor fuerte. Sin embargo, para alguien que había logrado salir de Vietnam del modo en que Binh lo había hecho, los terremotos, más que un riesgo, debían de parecerle un pequeño inconveniente.
Después de encontrar un espacio para aparcar al otro lado de la calle de Ben's Electronics, Bosch le dijo a Eleanor que quería que ella se encargase del interrogatorio, al menos al principio. Bosch opinaba que Binh seguramente se sentiría más proclive a hablar con los federales que con la policía local. Ambos acordaron empezar suave y luego preguntar por Tran. Lo que Bosch no le dijo a Eleanor es que tenía otro plan en mente.
– Es un poco raro que un hombre que tiene diamantes en una cámara acorazada trabaje en un sitio así -observó Bosch al salir del coche.
– Que tenía diamantes -le corrigió ella-. Y recuerda que no podía ostentar porque tenía que parecer un inmigrante cualquiera, dar la impresión de que vivía al día. Los diamantes, si es que los hubo, debieron de ser su aval para conseguir este lugar, pero todo tenía que parecer como si hubiera empezado de cero.
– Espera un momento -le dijo Bosch cuando llegaron al otro lado de la calle. Le contó a Eleanor que se había olvidado de pedirle a Edgar que fuera esa tarde al juzgado en su lugar. Señaló un teléfono en una gasolinera junto al edificio de Binh y corrió hacia allá. Eleanor se quedó atrás, contemplando el escaparate del bazar.
Bosch llamó a Edgar pero no le dijo nada sobre el juzgado.
– Jed, necesito un favor. Ni siquiera hace falta que te levantes de la silla.
Edgar dudó, como Bosch esperaba.
– ¿Qué quieres?
– No me lo digas así, sino: «Sí, claro, Harry, ¿qué quieres?»
– Venga, Harry, los dos sabemos que nos tienen controlados. Tenemos que ir con cuidado. Dime lo que necesitas y yo te diré si puedo hacerlo.
– Sólo quiero que me avises por el busca dentro de diez minutos. Tengo que salir de una reunión. Me avisas y cuando yo te llame por teléfono, no digas nada durante un par de minutos. Si no te llamo, vuélveme a avisar dentro de cinco minutos. Ya está.
– ¿Ya está? ¿Nada más?
– Nada más. Dentro de diez minutos.
– Muy bien, Harry -dijo Edgar con voz aliviada-. Oye, me han contado lo que te pasó ayer por la noche. Uf, por los pelos, ¿no? Y por aquí he oído que no fue un borracho. Ten cuidado, colega.
– Siempre lo tengo. ¿Qué pasa con Tiburón?