– Nada. Fui a ver a su grupito, tal como me dijiste. Dos de ellos me contaron que habían estado con él aquella noche. Yo creo que iban a la caza de maricones. Me dijeron que lo perdieron de vista cuando se metió en un coche. Eso fue un par de horas antes de que se recibiera el aviso de que el chico estaba en el túnel del Bowl. Parece que quienquiera que fuera en ese coche se lo cargó.
– ¿Tienes una descripción?
– ¿Del coche? No muy buena. Un sedán americano, de color oscuro. Un modelo nuevo. Nada más. -¿Qué tipo de faros?
– Bueno, les mostré a los chicos el catálogo de coches y escogieron distintos faros de atrás. Un chico dijo redondos y el otro rectangulares. En cambio en los de delante los dos dijeron que eran…
– Cuadrados, dos pares de faros cuadrados.
– Pues sí. Harry, ¿estás pensando que este coche es el que os arrolló a ti y a la mujer del FBI? ¡Joder! Tenemos que quedar para hablarlo.
– Quizá más tarde. De momento dame un toque dentro de diez minutos.
– De acuerdo: diez minutos.
Bosch colgó y regresó junto a Eleanor, que estaba mirando los radiocasetes del escaparate. Ambos entraron en la tienda, se libraron de dos vendedores, se quedaron mirando una pila de cámaras de vídeo que valían quinientos dólares cada una y finalmente informaron a la mujer de la caja registradora de que habían venido a ver a Binh. La mujer los miró con cara de no comprender nada hasta que Eleanor le mostró su placa y una tarjeta de identificación del FBI.
– Un momento -dijo la mujer, y a continuación desapareció por una puerta situada detrás del mostrador. En la puerta había una ventanita de espejo que a Bosch le recordó la de la sala de interrogatorios de Wilcox. Bosch consultó su reloj. Tenía ocho minutos.
El hombre del pelo blanco que emergió de la puerta parecía rondar los sesenta años. Aunque era bajo, Bosch adivinó que había sido fuerte, pero su complexión se había ido suavizado gracias a su nueva vida, más fácil que en su país de origen. Llevaba unas gafas de montura plateada con cristales rosados, pantalones de pinzas y una camisa deportiva, cuyo bolsillo se caía con el peso de una docena de bolígrafos y una pequeña linterna. Ngo van Binh no era ostentoso en ningún sentido.
– ¿Señor Binh? Me llamo Eleanor Wish y soy del FBI. Éste es el detective Bosch, del Departamento de Policía de Los Ángeles. Querríamos hacerle unas preguntas.
– Sí-dijo, sin alterar la dura expresión de su cara.
– Es sobre el robo al banco donde usted tenía una caja.
– No denuncié la pérdida. Mi caja sólo contenía objetos de valor sentimental.
«Los diamantes tienen un gran valor sentimental», pensó Bosch, pero en cambio dijo:
– Señor Binh, ¿podríamos ir a su despacho para hablar en privado?
– Sí, pero les repito que no perdí nada. Compruébenlo ustedes; está en los informes.
Eleanor extendió la mano para indicarle a Binh que los guiara y ambos lo siguieron a través de la puerta con la ventanita. Ésta daba a una especie de almacén donde cientos de artículos electrónicos se apilaban en unas estanterías de metal que llegaban hasta el techo. Los tres entraron en una habitación más pequeña: un taller de reparación o ensamblaje donde una mujer comía de un bol sentada en un banco. Cuando pasaron no levantó la vista. Al fondo del taller había dos puertas y la comitiva entró en el despacho de Binh. Allí éste se despojaba de su apariencia humilde. El despacho era grande y lujoso, con una mesa y dos sillas a la derecha, y un sofá de piel oscura en forma de L a la izquierda. Junto al sofá se extendía una alfombra oriental con el dibujo de un dragón tricéfalo a punto de atacar. Y enfrente había dos paredes enteras llenas de libros y un equipo de alta fidelidad y de vídeo mucho más sofisticado que los que Bosch había visto en la tienda. «Deberíamos habernos presentado en su casa -pensó Bosch-. Así, habríamos visto cómo vive, no cómo trabaja.»
Bosch echó una ojeada rápida a la habitación y vio un teléfono blanco en la mesa. Sería perfecto. El aparato era una pieza de anticuario, de ésos con un disco redondo para marcar y en los que el auricular descansa sobre una horquilla de metal. Binh se disponía a sentarse en su mesa, pero Bosch lo detuvo.
– Señor Binh, ¿le importa que nos sentemos aquí en el sofá? Queremos que esto sea lo más informal posible. Y, si quiere que le diga la verdad, estamos hartos de sentarnos en mesas.
Binh se encogió de hombros como dándoles a entender que le daba igual, que le importunaban de todas formas. Aquél era un gesto típicamente americano, por lo que Bosch pensó que su dificultad con el idioma no era más que una fachada para aislarse cuando le convenía. Binh se sentó en un extremo del sofá en forma de L, mientras Eleanor y Bosch se sentaban en el otro.
– Qué despacho tan bonito -comentó Bosch mirando a su alrededor, al tiempo que se aseguraba de que no hubiera otro teléfono en la habitación.
Binh asintió con la cabeza. No les ofreció ni té, ni café ni palabras de cortesía, sino que simplemente dijo:
– ¿Qué quieren, por favor?
Bosch miró a Eleanor.
– Señor Binh, estamos repasando nuestra investigación. Usted no declaró ninguna pérdida económica en el robo a la cámara… -comenzó ella.
– Eso es. Ninguna pérdida.
– Exactamente. ¿Qué guardaba usted en la caja?
– Nada.
– ¿Nada?
– Papeles y esas cosas, nada de valor. Ya se lo dije a todo el mundo.
– Sí, ya lo sabemos. Sentimos mucho molestarle de nuevo, pero el caso sigue abierto y tenemos que volver atrás para ver si nos hemos olvidado de algo. ¿Podría decirme con detalle qué papeles perdió? Eso podría ayudarnos en caso de que recuperemos algún objeto.
Eleanor sacó de su bolso una libretita y un bolígrafo. Binh miró a sus dos visitantes con cara de no comprender en qué podía ayudar esa información.
– Le sorprendería lo importante que son las pequeñas… -empezó a decir Bosch, pero le interrumpió el pitido del busca.
Bosch se sacó el aparato del cinturón y echó un vistazo a la pantalla. A continuación se levantó y miró a su alrededor, como si acabara de fijarse en la habitación por primera vez. Se preguntó si se estaría pasando.
– Señor Binh, ¿puedo usar su teléfono? Será una llamada local.
Cuando Binh asintió, Bosch caminó hacia la mesa, se inclinó y cogió el auricular. A continuación hizo ver que comprobaba el número de nuevo y luego llamó a Edgar. Mientras esperaba, permaneció de espaldas a Eleanor y a Binh, levantando la vista como para contemplar un tapiz de seda colgado en la pared. En ese momento Binh le contaba a Eleanor que la caja contenía sus documentos de inmigración y ciudadanía. Bosch guardó el busca en el bolsillo de la chaqueta y aprovechó para sacar la navaja de bolsillo, el micrófono y la pequeña pila que había desconectado de su propio teléfono.
– Aquí Bosch. ¿Quién me buscaba? -inquirió cuando Edgar cogió el teléfono. Después de que éste colgara, Bosch continuó-: Le espero, pero dile que estoy en medio de una entrevista. ¿Qué es tan urgente?
Mientras Binh seguía hablando, Bosch se volvió ligeramente hacia la derecha e inclinó la cabeza como si estuviera aguantando el auricular con la oreja izquierda, donde Binh no pudiera verlo. De hecho, Bosch bajó éste a la altura del estómago, abrió la tapa con la navaja (tosiendo fuerte mientras lo hacía) y tiró del audio receptor. Con una mano conectó el micrófono a su pila, operación que había practicado mientras esperaba a que le dieran un nuevo coche en la comisaría de Wilcox, y luego volvió a introducir el receptor y a poner la tapa, tosiendo una vez más para camuflar cualquier ruido.
– De acuerdo -le dijo Bosch al teléfono-. Bueno, dile que le llamaré cuando haya terminado. Gracias.
Bosch colgó, se metió la navaja en el bolsillo y volvió al sofá, donde Eleanor estaba apuntando algo en su libreta. Cuando acabó de escribir, miró a Bosch y él supo sin ninguna otra señal que a partir de ese instante la entrevista tomaría otro rumbo.