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– Señor Binh -dijo ella-. ¿Está seguro de que eso era todo lo que tenía en la caja?

– Sí, claro. ¿Por qué me lo pregunta tantas veces? -Señor Binh, sabemos quién es usted y las circunstancias de su llegada a este país. Sabemos que usted era un agente de la policía.

– Sí, ¿y qué? ¿Qué quiere decir? -También sabemos otras cosas… -Sabemos -interrumpió Bosch- que usted ganaba mucho dinero en Saigón. Y que a veces cobraba en diamantes.

– No entiendo. ¿Qué dice? -preguntó Binh, mirando a Eleanor y señalando a Bosch con la mano. Se servía de la barrera del idioma como táctica de defensa. A medida que avanzaba la entrevista parecía saber menos inglés.

– Quiere decir lo que dice -respondió ella-. Sabemos que usted se trajo diamantes desde Vietnam, capitán Binh. También estamos informados de que los guardaba en la cámara acorazada. Creemos que los diamantes fueron la causa del robo al banco.

La noticia no pareció sorprenderle, porque seguramente ya se lo había imaginado.

– Esto no es verdad -fue su única respuesta.

– Señor Binh, tenemos su expediente -continuó Bosch-. Lo sabemos todo sobre usted, que estuvo en Saigón, todo lo que hizo y lo que se trajo cuando vino a Estados Unidos. No sé en qué está metido actualmente; todo parece legal, pero eso no nos importa. Lo que nos importa es quién asaltó ese banco. Y lo asaltaron para robarle a usted; se llevaron el aval de este negocio y del resto de sus bienes. Bueno, no creo que le estemos diciendo nada que usted no se haya imaginado. Quizás incluso haya pensado que su compañero Nguyen Tran estaba detrás de todo esto, dado que él sabía lo de los diamantes y dónde los guardaba. No es una idea descabellada, pero nosotros no creemos que el culpable sea él. De hecho, creemos que él será la próxima víctima.

La expresión pétrea de Binh no se resquebrajó lo más mínimo.

– Señor Binh, queremos hablar con Tran -concluyó Bosch-. ¿Dónde está?

Binh miró a través de la mesa baja que tenía delante a la alfombra con el dragón de tres cabezas. A continuación juntó las manos sobre el regazo, sacudió la cabeza y dijo:

– ¿Quién es este Tran?

Eleanor lanzó una mirada enojada a Bosch e hizo un último intento de recuperar la relación que había establecido con el hombre antes de que Harry interviniera.

– Capitán Binh, no nos interesa presentar cargos contra usted. Solamente queremos evitar el asalto a otra cámara acorazada antes de que ocurra. ¿Puede ayudarnos, por favor?

Binh no respondió, sino que bajó la cabeza y se miró las manos.

– Mire, Binh, no sé qué le va a usted en todo esto -dijo Bosch-. Puede que incluso tenga a gente intentando encontrar a los ladrones, pero le prometo que no va a sufrir represalias. Así que díganos dónde está Tran.

– No conozco a ese hombre.

– Nosotros somos su única oportunidad; tenemos que encontrar a Tran. La gente que le robó a usted ha vuelto a los túneles. Si no encontramos a su amigo este fin de semana, ustedes dos se quedarán sin nada.

Binh permaneció impasible, tal como Bosch imaginaba. Eleanor se levantó.

– Piénselo bien, señor Binh -insistió.

– A todos nos queda poco tiempo: a nosotros y a su viejo socio -le recordó Bosch mientras se dirigían a la puerta.

Después de salir de la tienda, Bosch miró a ambos lados de la calle y cruzó corriendo Vermont Avenue. Eleanor caminó hasta él visiblemente furiosa. Bosch entró en el coche y deslizó la mano debajo del asiento delantero para coger el Nagra. Lo encendió y puso la velocidad de grabación al máximo. Supuso que no tendrían que esperar mucho y rezó para que los aparatos eléctricos de la tienda no distorsionaran la recepción. Eleanor entró por la otra puerta y comenzó a quejarse:

– Fantástico -exclamó-. Ya no podremos sacarle nada. Ahora mismo llamará a Tran y… ¿qué es eso?

– Un regalito de los buitres. Me pincharon el teléfono; muy típico de Asuntos Internos.

– Y tú lo has colocado en… -Ella señaló la tienda y él asintió-. Bosch, ¿te das cuenta de lo que podría pasarnos, de lo que esto significa? Ahora mismo vuelvo y…

Ella abrió la puerta del coche, pero él alargó la mano y la cerró de golpe.

– No lo hagas. Esta es nuestra única forma de llegar a Tran. Binh no iba a decírnoslo, por muy bien que hiciéramos la entrevista y, aunque pongas esa cara de odio, en el fondo sabes que es verdad. O esto o nada. Si Binh avisa a Tran, con un poco de suerte descubriremos dónde está o al menos podremos empezar a buscarlo. Lo sabremos muy pronto.

Eleanor lo miró a los ojos y sacudió la cabeza.

– Bosch, podríamos perder nuestro trabajo. ¿Cómo has podido hacer una cosa así sin consultarme?

– Por eso mismo. Yo puedo perder mi trabajo; tú no lo sabías.

– Pero no lograría probarlo. Todo parecería una trampa; yo le mantengo ocupado mientras tú interpretas tu pequeño papel por teléfono.

– Lo era, pero tú no lo sabías. Además, Binh y Tran no son los objetivos de nuestra investigación. No estamos reuniendo pruebas contra ellos, sino gracias a ellos. Esto nunca entrará en nuestro informe. Y si él encuentra el micrófono no puede probar que yo lo metí. No había número de registro; lo comprobé. Los de Asuntos Internos son tontos, pero no tanto. No pasará nada; no te preocupes.

– Harry, eso no es…

La luz roja del Nagra se encendió. Alguien estaba usando el teléfono de Binh. Bosch comprobó que la cinta estaba girando.

– Eleanor, tú decides -dijo Bosch sosteniendo la grabadora en la palma de la mano-. Apágala si quieres.

Ella miró a la grabadora y luego a Bosch. Justo entonces terminaron de marcar el número y el coche se quedó en completo silencio. Un timbre empezó a sonar al otro lado de la línea. Eleanor desvió la mirada. Alguien contestó el teléfono. Hubo un intercambio breve de palabras en vietnamita y después más silencio. Finalmente respondió otra voz, que inició una conversación, también en vietnamita. Bosch sabía que una de las voces pertenecía a Binh. La otra sonaba como la de un hombre de la edad de éste. Eran Binh y Tran, de nuevo juntos. Eleanor soltó una risa forzada.

– Genial. Harry, ¿a quién vamos a pedir que nos lo traduzca? No podemos contarle esto a nadie; sería demasiado arriesgado.

– No pensaba traducirlo. -Bosch apagó el receptor y rebobinó la cinta-. Saca tu libretita y un bolígrafo.

Bosch puso la grabadora a la velocidad más lenta posible y le dio al PLAY. Cuando Binh comenzó a marcar, Bosch empezó a contar el número de clics y le fue recitando los números a Eleanor, que los apuntó en su libreta.

El teléfono llevaba el prefijo 714, el del condado de Orange. Bosch encendió la grabadora; la conversación entre Binh y el hombre continuaba. Después de apagarla, Bosch llamó por radio a centralita y pidió el nombre y la dirección correspondientes a aquel número de teléfono. Como iban a tardar unos minutos en comprobarlo, Bosch arrancó y se dirigió al sur, hacia la autopista 10. Ya iba por la 5 en dirección al condado de Orange, cuando le devolvieron la llamada.

El número pertenecía a un negocio llamado Tan Phu Pagoda en Westminster. Bosch miró a Eleanor, que desvió la mirada.

– Little Saigon -aclaró él.

Al cabo de una hora Bosch y Wish llegaron a la Tan Phu Pagoda, un centro comercial en Bolsa Avenue donde ninguno de los rótulos estaba en inglés. La fachada del edificio, de estucado crema, estaba compuesta por media docena de ventanales que daban al aparcamiento. Casi todos los negocios eran pequeños bazares donde se vendían una amplia variedad de artículos, desde productos electrónicos a camisetas. Había dos restaurantes vietnamitas, uno en cada punta, que se disputaban el negocio. Al lado de uno de ellos, una puerta de cristal daba paso a un local sin escaparate. A pesar de que ni Bosch ni Wish sabían descifrar las palabras de la puerta, en seguida dedujeron que se trataba de la oficina del centro comercial.