– Tenemos que entrar para confirmar que es el negocio de Tran y comprobar si está ahí y si hay otras salidas -dijo Bosch.
– Ni siquiera sabemos qué pinta tiene -le recordó Wish.
Bosch pensó un momento. Si Tran no usaba su nombre verdadero, se alarmaría si entraban preguntando por él.
– Tengo una idea -anunció Wish-. Busca una cabina. Yo entro en la oficina, tú marcas el número y yo me fijo si suena. Si oigo un teléfono estamos en el sitio correcto. También intentaré ver si está Tran y si hay más salidas.
– Podría ser un antro o un garito ilegal, con teléfonos sonando cada diez segundos -objetó Bosch-. ¿Cómo sabrás que soy yo?
Ella se calló un instante.
– Seguramente no hablan inglés, o al menos no muy bien -dijo ella-. Pides por alguien que lo hable y, cuando se ponga, dices algo que provoque una reacción que yo pueda ver.
– Eso si el teléfono está en un sitio a la vista.
Ella se encogió de hombros. Su mirada le decía que estaba harta de que él boicoteara todas sus sugerencias.
– Es lo único que podemos hacer. Venga, ahí hay una cabina; no tenemos mucho tiempo.
Bosch salió del aparcamiento y condujo hasta la cabina, situada media manzana más abajo, delante de una tienda de bebidas alcohólicas. Wish caminó hacia la Tan Phu Pagoda y Bosch esperó a que llegara a la puerta de la oficina para meter una moneda de veinticinco centavos en el teléfono y marcar el número que había anotado en frente de la tienda de Binh. Comunicaban. Bosch miró de reojo hacia la oficina; Wish había desaparecido. Volvió a insertar la moneda y llamar. Seguían comunicando. Bosch repitió la operación dos veces más en rápida sucesión hasta conseguir línea. Estaba considerando la posibilidad de que se hubiera equivocado al marcar cuando finalmente cogieron el teléfono.
– Tan Phu -dijo una voz masculina. «Joven, asiático, de unos veinticinco años», pensó Bosch. No era Tran.
– ¿Tan Phu? -preguntó Bosch.
– Sí, ¿dígame?
Bosch no sabía qué hacer, así que se puso a silbar. La reacción fue una ráfaga verbal de la cual Bosch no pudo comprender ni una sola palabra o sonido. Después de que le colgaran de golpe, Bosch regresó al coche y condujo de vuelta al centro comercial. Estaba circulando lentamente por el estrecho aparcamiento cuando vio a Wish al otro lado de la puerta de cristal con un hombre asiático. Al igual que Binh, tenía el pelo gris y un aire especiaclass="underline" un poder y una fuerza silenciosos, sutiles. El hombre le abrió la puerta a Eleanor y asintió con la cabeza mientras ella se despedía. La observó cuando se alejaba y finalmente volvió al interior de la tienda.
– Harry -dijo nada más entrar en el coche-, ¿qué le has dicho al chico por teléfono?
– Nada. ¿Era su oficina o no?
– Sí. Creo que ése que me ha abierto la puerta era nuestro querido señor Tran. Un hombre simpático.
– ¿Y qué le has contado para haceros tan amigos?
– Que era una agente inmobiliaria. Cuando he entrado, he preguntado por el jefe. Entonces el señor del pelo gris ha salido de un despacho en la parte de atrás. Me ha dicho que se llamaba Jimmie Bok. Le he contado que representaba a unos inversores japoneses y le he preguntado si le interesaba vender su centro comercial.
Él me ha respondido que no. En un inglés impecable me ha dicho, textualmente: «Yo compro, no vendo.» Luego me ha acompañado a la puerta, pero creo que era Tran. Tenía un no sé qué…
– Sí, ya lo he visto -convino Bosch. Acto seguido, Bosch cogió la radio y pidió a centralita que buscaran el nombre Jimmie Bok en el Ordenador Nacional de Inteligencia Criminal y el Registro de Vehículos.
Eleanor describió el interior de la oficina. Había una recepción en el centro, detrás de la cual arrancaba un pasillo con cuatro puertas. La del fondo parecía una salida, a juzgar por la doble cerradura. No había ninguna mujer y sí cuatro hombres como mínimo, sin contar a Bok. Dos de ellos parecían matones, ya que se habían levantado del sofá de la recepción cuando Bok emergió de la puerta central del pasillo.
Bosch salió del aparcamiento y dio la vuelta a la manzana, metiéndose en el callejón de la parte de atrás. Bosch se detuvo cuando vio una limusina Mercedes de color dorado aparcada frente a una de las entradas traseras del complejo comercial, en cuya puerta había una cerradura doble.
– Ése debe de ser su cochecito -comentó Wish.
Ambos decidieron vigilar la limusina. Bosch pasó de largo y aparcó al fondo del callejón, detrás de un contenedor, pero al comprobar que estaba lleno de la basura del restaurante dio marcha atrás para aparcar en la calle lateral, de manera que los dos pudieran ver la parte trasera del Mercedes por la ventanilla del pasajero. Así, Bosch también podía mirar a Eleanor.
– Supongo que nos toca esperar.
– Eso parece. No podemos saber si hará algo después del aviso de Binh. Quizá ya lo hizo después del robo del año pasado y estamos perdiendo el tiempo.
En ese instante Bosch recibió una llamada de centralita: Jimmie Bok no había cometido ninguna infracción, de tráfico, vivía en Beverly Hills y no tenía antecedentes penales. Nada más.
– Yo vuelvo a la cabina -anunció Eleanor. Bosch la miró sorprendido-. Tengo que dar el parte a Rourke. Le diré que hemos encontrado a este tío y le pediré que ponga a alguien a llamar a algunos bancos con su nombre. Para comprobar si está en la lista de clientes. También me gustaría que lo pasara por el registro de la propiedad. Él me ha dicho: «Compro, no vendo» y me gustaría averiguar qué compra.
– Dispara si me necesitas -dijo Bosch y ella sonrió mientras salía del coche.
– ¿Quieres algo de comer? -preguntó ella-. Estoy pensando en pedir alguna cosa en uno de los restaurantes de delante.
– Sólo un café -contestó él. No había tomado comida vietnamita en los últimos veinte años. Bosch la observó mientras ella caminaba hacia la parte delantera del centro.
Unos diez minutos después de que ella se hubiera ido, mientras vigilaba el Mercedes, Bosch vio pasar un coche al otro lado del callejón. En seguida se dio cuenta de que se trataba de un vehículo de la policía: un Ford LTD blanco con unos tapacubos baratos que apenas cubrían las llantas del coche. Bosch iba alternando una ojeada al Mercedes con otra al retrovisor para ver si el Ford daba la vuelta a la manzana. Pero al cabo de cinco minutos aún no había aparecido.
Wish llegó unos diez minutos después de aquello. En la mano llevaba una bolsa grasienta de papel marrón, de la cual sacó un café y dos recipientes de cartón. Ella le ofreció arroz al vapor y boh de cangrejo. Él declinó la invitación y bajó la ventanilla. Tras dar un sorbito al café, Bosch hizo una mueca de asco…
– Esto sabe como si hubiera hecho todo el viaje desde Saigón -comentó-. ¿Has encontrado a Rourke?
– Sí. Va a pedirle a alguien que investigue a Bok y me avisarán si encuentran algo. Quiere saber, por radio, todo lo que pasa cuando el Mercedes se ponga en marcha.
Pasaron dos horas charlando tranquilamente y vigilando el Mercedes dorado. Finalmente Bosch anunció que iba dar una vuelta a la manzana para cambiar un poco de aires. Lo que no le dijo a Wish era que estaba aburrido, se le estaba durmiendo el culo y quería encontrar al Ford blanco.
– ¿Crees que deberíamos llamar para ver si sigue allí y colgar si se pone? -preguntó ella.
– Si Binh le avisó, una llamada así podría preocuparle y hacerle actuar con más cautela.
Bosch condujo hasta la esquina y pasó por delante de las tiendas. No le llamó la atención nada. Dio la vuelta a la manzana y volvió a aparcar en el mismo sitio. No había visto el Ford.
En cuanto regresaron a su puesto, sonó el busca de Wish y ella volvió a salir a telefonear. Bosch se concentró en el Mercedes dorado, intentando olvidarse del Ford por el momento. Cuando, al cabo de veinte minutos, Eleanor aún no había regresado, Bosch empezó a ponerse nervioso. Eran algo más de las tres de la tarde y Bok/Tran aún no se había marchado. Algo no iba bien, pero ¿qué?