Bosch fijó la vista en la esquina del centro comercial, a la espera de que la figura de Eleanor se recortara contra el estucado. Entonces oyó un ruido, como un impacto sordo. Luego uno o dos más. ¿Serían disparos? Pensó en Eleanor y el corazón le dio un vuelco. ¿Habría sido simplemente el ruido de una puerta? Miró al Mercedes, pero desde aquella posición sólo distinguía el maletero y las luces de atrás. No había nadie junto al coche. Volvió la vista a la esquina, pero no había ni rastro de Eleanor. Entonces miró al Mercedes y vio que las luces de freno se encendían. Bok se iba. Harry arrancó y sus ruedas traseras escupieron grava al pisar el acelerador. Al llegar a la esquina divisó a Eleanor, que caminaba por la acera en dirección a él. Bosch tocó la bocina y le hizo una señal para que se diera prisa. Eleanor echó a correr y entró en el coche justo cuando Harry vio aparecer por el retrovisor al que salía del callejón en dirección a ellos.
– Escóndete -ordenó Bosch, agarrando a Eleanor y empujándola hacia abajo.
La limusina pasó de largo y giró al llegar a Bolsa Avenue. Bosch le soltó el cuello a Eleanor.
– ¿Se puede saber qué haces? -exigió al incorporarse.
Bosch señaló al Mercedes, que comenzaba a alejarse.
– Venían hacía aquí. Si te hubieran visto otra vez, nos habrían descubierto. ¿Por qué has tardado tanto?
– Porque tenían que localizar a Rourke. No estaba en su despacho.
Harry arrancó y comenzó a seguir al Mercedes manteniéndose a una distancia de dos manzanas. Al cabo de un rato, Eleanor, cuando se hubo recuperado del susto, le preguntó a Bosch:
– ¿Está solo?
– No lo sé. No lo he visto entrar en el coche porque estaba vigilando la esquina a ver si aparecías. Me ha parecido oír que se cerraba más de una puerta.
– Pero no sabes si Tran era uno de los que entraron.
– No. No lo sé seguro, pero se está haciendo tarde. Creo que tiene que ser él.
Bosch se dio cuenta de que podía haber caído en la trampa más vieja de la vigilancia. Bok, o Tran, o quienquiera que fuese, podía haber enviado a uno de sus esbirros en el coche de cien mil dólares para despistar a cualquier posible persecutor.
– ¿Crees que deberíamos volver? -dijo él.
Wish no respondió hasta que él la miró.
– No -contestó ella-. Sigamos con lo que tenemos. No te lo pienses tanto; tienes razón con respecto a la hora. Antes de un puente muchos bancos cierran a las cinco. Si Binh lo avisó ya no le queda mucho tiempo. Yo creo que es él.
Bosch se sintió mejor. El Mercedes giró al oeste y luego otra vez al norte siguiendo la autopista Golden State hacia el centro de Los Ángeles. Avanzaron lentamente entre el tráfico hasta que el coche dorado se desvió por la autopista de Santa Mónica hacia el oeste. A las 4.40 cogió la salida de Robertson Boulevard, por lo que Bosch dedujo que iba a Beverly Hills. Desde el centro hasta el océano, Wilshire Boulevard estaba repleto de bancos. Cuando el Mercedes dobló a la derecha, Bosch sintió que estaban cerca. «Tran guardaba su tesoro en un banco cerca de su casa», pensó. La apuesta les había salido bien. Bosch se relajó un poco y finalmente le preguntó a Eleanor qué había dicho Rourke cuando ella llamó.
– Confirmó que Jimmie Bok es Nguyen Tran a través de los archivos del condado de Orange. En el registro de nombres ficticios consta que Tran se cambió el nombre hace nueve años. Debería haberlo comprobado yo misma; me había olvidado de Little Saigon. -Eleanor hizo una pausa-. Otra cosa: si Tran tenía diamantes cabe la posibilidad que ya se los haya gastado todos. El registro de la propiedad revela que es el propietario de otros dos centros comerciales como ése. En Monterey Park y en Diamond Bar.
Bosch opinaba que todavía podía tenerlos. Al igual que en el caso de Binh, los diamantes podían ser sólo el aval de su imperio inmobiliario. Harry mantenía la vista fija en el Mercedes; en ese momento se hallaba tan solo a una manzana de distancia ya que era hora punta y no quería perderlo de vista. Al contemplar las ventanas ahumadas del coche abriéndose paso por aquella próspera calle, se dijo que iba en busca de los diamantes.
– Me he guardado lo mejor para el final -anunció Wish-. El señor Bok, también conocido como el señor Tran, controla sus numerosos negocios a través de una sociedad anónima. El nombre de dicha sociedad, según las pesquisas del agente especial Rourke, no es otro que Diamond Holdings Incorporated.
Pasaron Rodeo Drive y se encontraron en el corazón del distrito comercial de la ciudad. Los edificios que flanqueaban Wilshire Boulevard empezaban a aparecer más señoriales, como si fueran conscientes de que sus propietarios tenían más dinero y más clase. El tráfico era cada vez más lento, y Bosch se acercó a dos coches de distancia del Mercedes, porque no quería perderlo en un semáforo. Estaban tan cerca de Santa Mónica Boulevard que Bosch se temió que se dirigieran a Century City. Tras consultar su reloj, Bosch descubrió que ya eran las 4.50.
– Si este tío va a un banco en Century City no creo que llegue a tiempo.
Pero justo entonces el Mercedes giró a la derecha y se metió en un aparcamiento. Bosch redujo la velocidad y, sin mediar palabra, Wish saltó del coche y se dirigió al aparcamiento. Bosch cogió la primera calle a la derecha y dio la vuelta a la manzana. Por todas partes había coches saliendo de aparcamientos y garajes, cortándole el paso una y otra vez. Cuando por fin logró dar la vuelta, Eleanor lo esperaba en el mismo lugar donde se había apeado. Bosch se detuvo y ella metió la cabeza por la ventana.
– Aparca -le dijo y señaló al otro lado de la calle, media manzana más abajo. Eleanor apuntaba a una estructura circular que sobresalía de un rascacielos de oficinas. Las paredes del semicírculo eran de cristal y a través de ellas Bosch distinguió la puerta de acero pulido de una cámara acorazada. Fuera, un rótulo decía Beverly Hills Safe & Lock. Cuando miró a Eleanor vio que ella sonreía.
– ¿Iba Tran en el coche? -preguntó Bosch.
– Claro, tú nunca te equivocas -sonrió.
Bosch le devolvió la sonrisa. Entonces advirtió que un metro más allá quedaba un espacio libre y aparcó.
– Desde que empezamos a pensar que habría un segundo golpe, mi idea siempre había sido un banco -confesó Eleanor-. Quizás una caja de ahorros. Este lugar ni se me había ocurrido, y eso que paso por aquí delante al menos dos veces a la semana.
Habían caminado por Wilshire y se hallaban enfrente del Beverly Hills Safe &: Lock. Eleanor se ocultaba detrás de Bosch, estudiando el lugar por encima de su hombro. Tran, o Bok, tal como se le conocía ahora, ya la había visto y no podían arriesgarse a que la descubriera en aquel lugar. La acera estaba abarrotada de oficinistas que surgían de las puertas giratorias de los edificios, se dirigían a los aparcamientos y luchaban por adelantarse, aunque sólo fuera cinco minutos, al tráfico del fin de semana.
– De todos modos encaja -dijo Bosch-. Bok vino a Estados Unidos, y no se fiaba de los bancos, tal como nos contó tu amigo del edificio federal. Así que buscó una cámara acorazada que no estuviera ligada a un banco y la encontró; es mejor aún. Mientras tengas dinero para pagarles, esta gente ni te pregunta quién eres. No tienen que cumplir la legislación sobre entidades bancarias porque no son un banco. Puedes alquilar una caja e identificarte con una simple letra o un código numérico.
A pesar de que el Beverly Hills Safe & Lock tenía todo el aspecto de ser un banco, no lo era en absoluto. No había cuentas corrientes ni de ahorro, ni departamento de préstamos o cajeros. Lo que ofrecía era lo que mostraba en su escaparate: una cámara acorazada de acero pulido. Era un negocio que protegía objetos valiosos, no dinero, lo cual, en un sitio como Beverly Hills, era un servicio muy apreciado. Los ricos y famosos guardaban allí sus joyas, sus abrigos de piel, sus contratos prematrimoniales…