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Y todo a la vista del mundo. Detrás de un cristal. El Beverly Hills Lock & Safe se hallaba en la planta baja del edificio J. C. Stock, un bloque de catorce pisos que no tenía nada de especial salvo la estructura semicircular de cristal que sobresalía de la fachada. Al negocio se accedía por una entrada lateral en Rincón Street, donde los porteros mexicanos ataviados con toreras amarillas esperaban para aparcar los coches de los clientes.

Después de que Bosch hubiera dejado a Eleanor para dar la vuelta a la manzana, ella había visto a Tran y a dos guardaespaldas salir del Mercedes y caminar hasta la puerta del Beverly Hills Safe & Lock. Si pensaban que los seguían no se les notaba, ya que en ningún momento miraron atrás. Uno de los guardaespaldas llevaba un maletín metálico.

– Creo que uno de los que le acompañan iba armado. El otro no lo sé; llevaba una chaqueta demasiado amplia. ¿Es ése? Sí, ahí está.

Un hombre con un traje de banquero azul marino escoltaba a Tran hasta la cámara acorazada. Un poco más atrás le seguía otro sujeto con el maletín metálico. Bosch se fijó en que el matón vigilaba la acera hasta que Tran y el tío del traje desaparecieron por la puerta de la cámara acorazada. El hombre del maletín esperó. Bosch y Wish también esperaron. Pasaron tres minutos hasta que salió Tran, seguido del hombre con el traje azul marino. Este último llevaba una caja de seguridad metálica del tamaño de una caja de zapatos. El guardaespaldas los siguió y los tres salieron de la sala acristalada y se perdieron de vista.

– Servicio personalizado -observó Wish-. Típico de Beverly Hills. Probablemente se lo ha llevado a un salón privado para hacer el cambio.

– ¿Podrías llamar a Rourke y pedirle que mande un equipo para seguir a Tran cuando salga? -dijo Bosch-. Puedes usar un teléfono. Tenemos que evitar la radio por si acaso tienen a alguien arriba escuchando nuestra frecuencia.

– O sea, que nosotros nos quedamos en la cámara acorazada -inquirió Eleanor y Bosch asintió con la cabeza. Ella reflexionó un momento y dijo-: Voy a llamar. Rourke se pondrá contento cuando le diga que hemos localizado el sitio; así podremos enviar al equipo de túneles.

Ella miró a su alrededor, vio una cabina junto a una parada de autobús en la siguiente esquina y se dispuso a irse. Bosch la agarró del brazo.

– Yo voy a entrar, para ver qué pasa. Recuerda, ellos te conocen, así que mantente oculta hasta que se vayan.

– ¿Y si se largan antes de que lleguen los refuerzos?

– Yo me quedo en la cámara; Tran no me interesa. ¿Quieres las llaves? Puedes coger el coche y seguirlo.

– No, yo me quedo en la cámara. Contigo.

Finalmente Eleanor se dirigió a la cabina. Bosch cruzó Wilshire y entró en el edificio. En la puerta se topó con un guarda de seguridad que sostenía una llave.

– Estamos cerrando, señor -le informó el guarda. Sus andares achulados y modales bruscos parecían los de un ex policía.

– Sólo será un momento -contestó Bosch sin detenerse.

El individuo con el traje de banquero, que había conducido a Tran a la cámara era uno de los tres hombres rubios sentados detrás de unas mesas de anticuario que descansaban sobre la lujosa moqueta gris de la recepción. El hombre levantó la cabeza, examinó a Bosch de arriba abajo y le ordenó al más joven de los otros hombres:

– Señor Grant, ¿podría usted atender a este caballero?

Aunque su respuesta mental fue no, el tal Grant se levantó y, con la mejor sonrisa falsa de su arsenal, se acercó a Bosch.

– ¿Sí, señor? -dijo el hombre-. ¿Está pensando en alquilar una caja?

Bosch estaba a punto de hacer una pregunta cuando el hombre le tendió la mano y se presentó:

– James Grant, para servirle. Aunque no tenemos mucho tiempo, estábamos a punto de cerrar.

Grant se levantó la manga de la chaqueta para verificar en su reloj de pulsera que, efectivamente, era la hora de irse.

– Harvey Pounds -le dijo Bosch, tendiéndole la mano-. ¿Cómo sabe que no tengo ya una cuenta con ustedes?

– Seguridad, señor Pounds. Nosotros vendemos seguridad. Yo conozco a todos los clientes de vista. Al igual que el señor Avery y el señor Bernard.

Grant se volvió ligeramente y señaló con un movimiento de cabeza a los otros dos hombres rubios, que correspondieron al gesto con gran solemnidad.

– ¿No abren el fin de semana? -preguntó Bosch, intentando sonar decepcionado.

Grant sonrió.

– No, señor. Nuestros clientes suelen ser el tipo de personas que llevan un trabajo y una vida social muy planificada. Por eso reservan sus fines de semana para actividades de placer, no para hacer recados. No son como otra gente que uno ve; corriendo a los bancos y a los cajeros automáticos. Nuestros clientes están por encima de esas cosas, señor Pounds. Y nosotros también. Supongo que lo comprende.

Dijo esto último con un ligero tono de desprecio. No obstante, Grant tenía razón. El lugar era tan fino como una consultoría jurídica, con el mismo horario y los mismos empleados arrogantes.

Bosch echó un vistazo a su alrededor. En un pasillo a la derecha había una fila de ocho puertas y, apostados a cada lado de la tercera, estaban los dos guardaespaldas de Tran. Bosch asintió y sonrió a Grant.

– Bueno, ya veo que tienen guardas por todas partes. Ése es el tipo de seguridad que estoy buscando, señor Grant.

– Bueno, señor Pounds, esos hombres tan sólo están esperando a un cliente que se halla en uno de los despachos privados. Pero le garantizo que nuestra seguridad es impecable. ¿Está usted interesado en nuestra cámara acorazada?

El hombre era más insistente que un predicador evangelista. A Bosch le desagradaban tanto él como su actitud.

– Seguridad, señor Grant, quiero seguridad. Me gustaría alquilar una caja, pero antes necesito estar convencido de que está a salvo de problemas externos e internos, ya me entiende.

– Por supuesto, señor Pounds, pero ¿tiene usted alguna idea del coste de nuestros servicios? ¿De la seguridad que ofrecemos?

– No lo sé ni me importa, señor Grant. El dinero no es obstáculo. La cuestión es estar tranquilo, ¿no? La semana pasada, entraron a robar a mi vecino, tres puertas más abajo de donde vive nuestro ex presidente. La alarma no sirvió de nada y al final se llevaron objetos muy valiosos. Yo no quiero que me pase algo así. Hoy en día nadie está seguro.

– Es una verdadera vergüenza, señor Pounds -dijo Grant, con una irreprimible nota de emoción en la voz-. No sabía que las cosas estuvieran tan mal en Bel Air. Sin embargo, estoy totalmente de acuerdo con su plan de acción. Tome asiento y hablemos. ¿Le apetece un café o… tal vez un poco de coñac? ¡Es casi la hora de los cócteles! Éste es uno más de los pequeños servicios que una entidad bancaria no puede ofrecer.

Entonces Grant se echó a reír, pero sin hacer ruido, agitando la cabeza arriba y abajo. Cuando Bosch declinó la invitación, el vendedor se sentó y se acercó la silla a la mesa.

– Permítame que le explique las reglas básicas de nuestro funcionamiento. Para empezar, no estamos controlados por ninguna agencia gubernamental, algo que seguramente contaría con el apoyo de su vecino.

Grant le guiñó el ojo a Bosch.

– ¿Mi vecino? -preguntó.

– El ex presidente, por supuesto. -Bosch asintió y Grant continuó-. Nosotros le ofrecemos una larga lista de servicios de seguridad, tanto aquí como en su hogar, e incluso una escolta si es necesario. El nuestro es un servicio completo. Somos…

– ¿Y la cámara acorazada? -le cortó Bosch. Sabía que Tran estaba a punto de salir de la sala y para entonces quería estar en la cámara acorazada.

– Sí, por supuesto, la cámara. Como ve, está a la vista de todo el mundo. El círculo de cristal, como nosotros lo llamamos, es probablemente el mejor invento del mundo. ¿Quién se atrevería a asaltar una cámara que está a la vista las veinticuatro horas del día? En pleno Wilshire Boulevard. Genial, ¿no cree?