Lewis se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un billete de un dólar. Se lo dio al hombre del pelo blanco y le hizo un gesto para que se fuera.
– Detective Lewis, ¿está usted ahí?
– Sí, jefe. Lo siento. Ya está resuelto. Quería informarle de que ha ocurrido algo importante.
Lewis esperaba que esto último le hiciera olvidar a Irving su anterior indiscreción.
– Dígame qué han encontrado. ¿Todavía tienen controlado a Bosch?
Lewis exhaló con fuerza, aliviado.
– Sí -contestó-. El detective Clarke sigue la vigilancia mientras yo le llamo.
– Muy bien, cuénteme. Es viernes por la tarde, detective. Me gustaría llegar a casa a una hora razonable.
Lewis pasó los siguientes quince minutos explicando que Bosch había seguido al Mercedes dorado desde el condado de Orange a Wilshire Boulevard.
Le contó a Irving que la persecución había terminado en el Beverly Hills Safe & Lock, que parecía ser el destino final.
– ¿Qué hacen ahora, Bosch y la mujer del Buró?
– Siguen ahí dentro. Parece que están entrevistando al director. Algo está pasando. Es como si no hubieran sabido dónde iban pero cuando llegaron aquí, se dieron cuenta de que éste era el lugar.
– ¿El lugar de qué?
– Ése es el problema. No lo sabemos. Sea lo que fuere, el tío que siguieron hizo un ingreso. Hay una cámara acorazada, enorme, en un escaparate de cristal.
– Sí, ya sé dónde es.
Irving no habló durante un buen rato y Lewis sabía que lo mejor era no interrumpir. Así que se puso a soñar despierto que esposaba a Bosch y lo escoltaba ante un corrillo de periodistas de televisión. Entonces oyó a Irving carraspear.
– No sé cuál es su plan -dijo el subdirector-, pero quiero que sigan con ellos. Si ellos no se acuestan esta noche, ustedes tampoco. ¿Está claro?
– Sí, señor.
– Si han dejado escapar al Mercedes Benz, es que lo que les interesaba es la cámara acorazada. Seguramente se quedarán a vigilarla. Y ustedes, a su vez, continuarán vigilándolos a ellos.
– Sí, jefe -respondió Lewis, aunque seguía perdido.
Irving se pasó los siguientes diez minutos dando instrucciones a su detective y exponiendo su teoría sobre lo que estaba ocurriendo en el Beverly Hills Safe & Lock. Lewis sacó un bloc y un bolígrafo y tomó unas cuantas notas. Al final del monólogo, Irving le dio a Lewis el número de su casa.
– No se muevan sin consultármelo antes -le ordenó-. Pueden llamarme a este número en cualquier momento, día o noche. ¿Entendido?
– Sí, señor -respondió Lewis rápidamente.
Sin decir una palabra más, Irving colgó el teléfono.
Bosch esperó a Wish en la recepción sin explicar a Grant o a los otros hombres lo que estaba ocurriendo. Los tres se quedaron boquiabiertos tras sus preciosas mesas de anticuario. Cuando Eleanor llegó a la puerta, ésta estaba cerrada. Llamó y mostró su placa. El guarda la dejó entrar y ella caminó hasta la recepción.
El vendedor llamado Avery estaba a punto de decir algo, cuando Bosch intervino:
– Ésta es la agente del FBI, Eleanor Wish, que está trabajando conmigo. Vamos a entrar en uno de los despachos para mantener una conversación en privado. Sólo será un minuto. Si hay un director, nos gustaría hablar con él en cuanto salgamos.
Grant, todavía confuso, señaló la segunda puerta del pasillo. Bosch entró en la tercera puerta y Wish lo siguió. Acto seguido cerró con llave ante los ojos atónitos de los tres vendedores.
– Entonces, ¿qué tenemos? No sé qué decirles -le susurró Bosch a Eleanor mientras buscaba en la mesa y las dos sillas de la habitación algún trozo de papel o cualquier cosa que Tran pudiera haberse olvidado. Nada. Bosch abrió los cajones de la mesa de caoba y halló bolígrafos, lápices, sobres y papel de carta de buena calidad. Nada más. Había un fax en una mesa contra la pared frente a la puerta, pero no estaba encendido.
– Tenemos que esperar y vigilar -dijo ella, hablando muy rápido-. Rourke está organizando un equipo para bajar al túnel. Entrarán y echarán un vistazo. Primero se reunirán con alguien del Departamento de Aguas y Electricidad para ver qué hay exactamente ahí abajo. Así podrán averiguar el mejor lugar para cavar un túnel y empezar desde allí. Harry, ¿crees que están aquí?
Bosch asintió. Quería sonreír, pero no lo hizo. La emoción de ella era contagiosa.
– ¿Ha logrado Rourke que sigan a Tran? -preguntó-. Por cierto, aquí lo conocen como el señor Long.
Alguien llamó a la puerta.
– Por favor, abran -dijo una voz.
Bosch y Wish no le prestaron atención.
– Tran, Bok y ahora Long -repitió Wish-. No sé si han logrado seguirle. Rourke me dijo que lo intentaría. Le di la matrícula y le describí dónde estaba aparcado el Mercedes. Supongo que ya nos enteraremos más adelante. También me ha dicho que nos enviaría a un equipo para ayudarnos con la vigilancia. A las ocho tenemos una reunión en el aparcamiento del otro lado de la calle. ¿Qué te han dicho por aquí?
– Aún no les he contado nada.
Hubo otro golpe, esta vez más fuerte.
– Pues vamos a ver al director.
El propietario y director del Beverly Hills Safe & Lock resultó ser el padre de Avery, Martin B. Avery III, un hombre de la misma clase que muchos de sus clientes y que quería que éstos lo supieran. Tenía su despacho al fondo del pasillo. Detrás de su mesa había una colección de fotos enmarcadas que atestiguaban que no era una vulgar sanguijuela que se alimentaba de los ricos, sino uno de ellos. Ahí estaba Avery III con un par de presidentes, uno o dos magnates del mundo del cine y la familia real inglesa. Había una foto de Avery y el príncipe de Gales ataviados con toda la parafernalia necesaria para jugar al polo, aunque Avery parecía demasiado mofletudo y rechoncho para ser un gran jinete.
En cuanto Bosch y Wish le resumieron la situación, Avery III adoptó una actitud escéptica, ya que, según él, la cámara era inexpugnable. Ellos le rogaron que se guardara la publicidad y les permitiera ver los planos de diseño y de funcionamiento de la cámara. Avery III le dio la vuelta a su cartapacio de sesenta dólares donde, pegado al dorso, había un esquema de la cámara. Estaba claro que Avery III y sus vendedores exageraban con respecto a ella. De fuera a dentro, había una placa de acero de dos centímetros y medio, una capa de cemento armado, seguido de otra placa de dos centímetros y medio de acero. La cámara era más gruesa en el techo y en el fondo, donde había otra capa de sesenta centímetros de cemento. Como en todas las cámaras, lo más espectacular era la puerta de acero, aunque eso era para impresionar. Lo mismo que los rayos X y la puerta doble. Sólo servían para causar sensación. Bosch sabía que si los ladrones estaban realmente allá abajo, no les costaría mucho asomarse a tomar un poco el aire.
Avery III les dijo que la alarma había sonado en las últimas dos noches, el jueves dos veces. En las tres ocasiones la policía de Beverly Hills le había llamado a casa y él, a su vez, había avisado a su hijo, Avery IV, para que fuera con los agentes. Los agentes y el heredero habían entrado en el negocio y, al no encontrar nada extraño, habían vuelto a programar la alarma.
– No teníamos ni idea de que pudiera haber alguien en las cloacas debajo de nosotros -admitió Avery III. Lo dijo como si la palabra «cloacas» no formara parte de su vocabulario-. Es increíble, es increíble.
Bosch hizo más preguntas detalladas sobre el funcionamiento y seguridad de la cámara. Sin darse cuenta de su importancia, Avery III mencionó que, a diferencia de otras cámaras acorazadas convencionales, en ésta cabía la posibilidad de anular el sistema de apertura retardada. Avery poseía un código informático que le permitía abrir la puerta en cualquier momento.
– Tenemos que ceder ante las necesidades de nuestros clientes -le explicó-. Si una señora de Beverly Hills nos llama un domingo porque necesita su corona de diamantes para un baile de beneficencia, tenemos que poder sacarla. Como sabe, vendemos un servicio personalizado.