– Ahí es por donde podrían haber entrado -opinó Gearson-. Es como seguir las calles de la superficie. Coges la línea de Robertson hasta Wilshire, giras a la izquierda y prácticamente estás al lado de la línea amarilla, es decir, de la cámara acorazada. Pero no creo que excavaran un túnel en la línea de Wilshire.
– ¿No? -preguntó Rourke-. ¿Por qué?
– Porque hay demasiada gente -contestó Gearson y, al ver a nueve caras pendientes de él, sintió que era el hombre con las respuestas-. En las alcantarillas principales tenemos a gente del departamento todo el día controlando grietas, embozos o problemas de todo tipo. Y Wilshire es uno de los ejes de este a oeste. Es como arriba. Si alguien hiciera un agujero en la pared del edificio se notaría, ¿no?
– ¿Y si pudieran ocultar el agujero?
– Supongo que se refiere a ese robo del año pasado. Sí, podría volver a funcionar, pero en otro sitio; en la línea de Wilshire hay demasiadas posibilidades de que lo descubramos. Ahora buscamos ese tipo de cosas y, como ya he dicho, hay mucho tráfico en esa alcantarilla.
Hubo un silencio mientras consideraban esta información. Los motores de los coches seguían desprendiendo calor, aumentando la temperatura del ambiente.
– ¿Entonces, según usted, dónde cavarían para entrar en la cámara? -preguntó Rourke finalmente.
– Hay todo tipo de posibilidades allá abajo. No crea que a nosotros no se nos ocurre de vez en cuando mientras trabajamos; lo del golpe perfecto y todo eso… Incluso yo le he dado vueltas, especialmente cuando leí lo del primer robo en los periódicos. Yo creo que si el objetivo fuera esa cámara que usted dice, los ladrones harían lo que he explicado: subir por Robertson y luego pasar a la línea de Wilshire. Pero entonces creo que se meterían en uno de los túneles de servicio para no ser descubiertos. Estos túneles son unos pasadizos redondos de un metro a un metro y medio de diámetro (espacio de sobras para trabajar y mover maquinaria), y unen los sumideros de la calle y los desagües de los edificios con las alcantarillas principales.
Gearson volvió a colocar la mano en el haz de luz para indicar en el mapa del Departamento de Aguas las pequeñas líneas de las que hablaba.
– Si hicieron esto bien -concluyó-, los ladrones entraron en coche por la entrada situada junto a la autopista y llevaron la maquinaria hasta Wilshire, a la zona debajo de la cámara. Descargaron sus cosas, las escondieron en uno de los túneles de servicio y se llevaron el vehículo. Luego volvieron andando y se pusieron manos a la obra. Les aseguro que podrían haber trabajado ahí cinco o seis semanas sin que nosotros pasáramos por ese túnel de servicio.
A Bosch le seguía pareciendo demasiado fácil.
– ¿Y estas otras alcantarillas? -preguntó, indicando Olympic y Pico en el mapa. Una red de túneles de servicio salía de esas líneas y subía hasta la cámara acorazada-. ¿Y si usaron una de éstas y entraron por este lado?
Gearson se rascó el labio inferior con un dedo y dijo:
– Eso también es posible, pero la cuestión es que esas líneas no le conducen tan cerca de la cámara como las de Wilshire. ¿Lo ve? ¿Por qué iban a cavar un túnel de cien metros cuando podían cavar uno de treinta?
A Gearson le gustaba dominar la situación, la idea de saber más que aquellos hombres que lo rodeaban, con sus trajes de seda y uniformes. Al acabar su discurso, se balanceó sobre los talones con cara de satisfacción. Bosch sabía que el hombre probablemente tenía razón en cada detalle.
– ¿Y qué me dice de la tierra sobrante? -le preguntó Bosch-. Estos tíos están cavando un túnel a través de barro, roca y cemento. ¿Dónde se deshacen de todo eso? ¿Y cómo?
– Bosch, el señor Gearson no es un detective -le recordó Rourke-. Dudo que conozca todos los detalles de…
– Muy fácil -contestó Gearson-. En las alcantarillas principales como Wilshire y Robertson, el suelo tiene tres niveles y en el centro siempre hay agua, incluso durante una sequía. Aunque no llueva mucho en la superficie, le sorprendería la cantidad de agua que corre por ahí debajo, sean aguas de escorrentía de los embalses, de consumo comercial o ambas. Si los bomberos reciben una llamada, ¿dónde cree que va a parar el agua cuando han apagado el incendio? Bueno, lo que quiero decir es que, si tienen suficiente agua, pueden usarla para deshacerse de la tierra sobrante o como quiera usted llamarla.
– Hablamos de toneladas -intervino Hanlon por primera vez.
– Sí, pero no son varias toneladas a la vez. Usted ha dicho que tardaron varios días en cavarlo. Si reparte la tierra entre varios días, las aguas residuales podrían arrastrarla. De todos modos, si los ladrones están en uno de los túneles de servicio tendrán que haber pensado en una forma de hacer que el agua pase por allí y vaya a parar a la alcantarilla principal. Yo miraría las bocas de incendio de la zona. Si alguna ha tenido un escape o la han abierto, seguro que es obra de nuestros hombres.
Uno de los policías de uniforme se acercó a Orozco y le susurró algo al oído. Orozco se apoyó en el capó, alzó un dedo sobre el mapa y apuntó a una línea azul.
– Tuvimos un incidente con una boca de incendios hace dos noches.
– Alguien la abrió -aclaró el policía de uniforme que había informado al capitán-. Usaron unas tenazas para cortar la cadena que sujeta la tapa y se la llevaron. Los bomberos tardaron una hora en conseguir una de repuesto.
– Eso es mucha agua -observó Gearson-. Suficiente para deshacerse de parte de su «tierra sobrante».
Gearson miró a Bosch y sonrió. Bosch también sonrió; le encantaba que las piezas del rompecabezas comenzaran a encajar.
– Antes de eso, el sábado por la noche, hubo un incendio provocado -les informó Orozco-. Fue en una pequeña tienda de ropa detrás del edificio Stock, en una calle perpendicular a Rincón Street.
Gearson se fijó en la situación de la tienda de ropa, que Orozco estaba señalando en el plano, y a continuación puso su dedo en la boca de incendios.
– El agua de estas dos bocas habría ido a parar a estos tres sumideros, aquí, aquí y aquí -explicó, moviendo expertamente la mano por la hoja de papel gris-. Estos dos desagües van a parar a esta línea y el otro a ésta.
Los investigadores fijaron la vista en las dos líneas de alcantarillado. Una discurría paralela a Wilshire, detrás del edificio J. C. Stock, y la otra perpendicular a Wilshire, justo al lado del Beverly Hills Safe & Lock.
– Desde cualquiera de ellas el túnel sería de unos… ¿treinta metros? -aventuró Wish.
– Como mínimo, si es que han podido cavar en línea recta -dijo Gearson-. Podrían haberse topado con instalaciones subterráneas o roca dura y tener que desviarse un poco. Dudo mucho que un túnel en esta zona pueda ser recto.
El experto del Equipo de Operaciones Especiales tiró a Rourke del puño de la camisa y los dos se alejaron del grupo para conversar en voz baja. Bosch miró a Wish y le susurró:
– No van a entrar.
– ¿Qué quieres decir?
– Esto no es Vietnam. No pueden obligar a nadie a bajar. Si Franklin, Delgado y alguien más están ahí abajo, es imposible entrar por sorpresa. Ellos tienen todas las ventajas; nos verían venir.
Ella lo miró, pero no dijo nada.
– Sería una equivocación -dijo Bosch-. Sabemos que van armados y seguramente han instalado bombas trampa. Y sabemos que son unos asesinos.
Rourke se reunió de nuevo con la gente alrededor del capó y pidió a Gearson que le esperara en uno aquellos vehículos federales mientras acababa de hablar con los investigadores. El hombre del Departamento de Aguas volvió al coche cabizbajo, decepcionado por dejar de formar parte del plan.