Copias a: Ejército de EE.UU., División de Archivos, Washington, D.C.
Teniente John H. Rourke, Embajada de EE.UU., Saigón, Vietnam.
The Daily Iberian; a la atención del director.
Bosch se quedó un buen rato contemplando la segunda página sin moverse ni respirar. Incluso notó una cierta náusea y se pasó la mano por la frente. Intentó recordar si alguna vez había oído el segundo nombre o inicial de Rourke, pero no importaba. No cabía duda. Las casualidades no existían.
De repente el busca de Eleanor comenzó a sonar y los sobresaltó a ambos. Ella se incorporó y tanteó en su bolso hasta que encontró el aparato y lo apagó.
– Dios mío, ¿qué hora es? -preguntó, todavía desorientada.
Bosch respondió que eran las seis y veinte y justo en ese instante recordó que deberían haberle dado el parte a Rourke veinte minutos antes. Después de deslizar la carta entre la pila de papeles, Bosch los metió todos en el sobre y lo arrojó al asiento de atrás.
– Tengo que llamar -anunció Wish.
– Tranquila, tómate unos minutos para despertarte -repuso Bosch rápidamente-. Ya llamaré yo. De todas formas he de ir al lavabo y de paso traeré café y agua.
Bosch abrió la puerta y salió del coche antes de que ella pudiera rechazar el plan.
– Harry, ¿por qué me has dejado dormir? -le preguntó.
– No lo sé. ¿Cuál es su número?
– Lo debería llamar yo.
– Déjame a mí. Dame el número.
Cuando ella se lo entregó, Bosch se encaminó hasta un restaurante cercano, un lugar abierto las veinticuatro horas llamado Darling's. Durante todo el trayecto estuvo en las nubes, haciendo caso omiso de los mendigos que se habían levantado con el sol. Intentaba asimilar que el topo era Rourke, pero no acababa de comprender a qué estaba jugando. Si Rourke estaba compinchado con los ladrones, ¿por qué les había puesto a vigilar la cámara acorazada? ¿Quería quizás que cogieran a su gente?
Bosch divisó unos teléfonos delante del restaurante.
– Llegas tarde -respondió Rourke inmediatamente.
– Nos olvidamos.
– ¿Bosch? ¿Dónde está Wish? Era ella quien tenía que hacer la llamada.
– No se preocupe, Rourke. Ella está vigilando la cámara tal como nos dijo. ¿Qué está haciendo usted?
– Yo he estado esperando a que me llamaseis. ¿Os habéis dormido o qué? ¿Qué está pasando?
– No está pasando nada, pero usted ya lo sabe, ¿no es así?
Hubo un silencio durante el cual un mendigo se acercó a la cabina y le pidió dinero a Bosch. Bosch le puso la mano en el pecho y lo empujó con firmeza.
– ¿Está usted ahí, Rourke? -le dijo al teléfono.
– ¿Qué significa eso? ¿Cómo voy a saber lo que está pasando si vosotros no me llamáis cuando deberíais? Tú y tus indirectas, Bosch. No te entiendo.
– Déjeme preguntarle algo. ¿Ha puesto usted gente en las salidas del túnel o todo el montaje del plano, el puntero y el tío del Equipo de Operaciones Especiales eran sólo para disimular?
– Dile a Wish que se ponga. No entiendo qué me estás diciendo.
– Lo siento, ella no puede ponerse en este momento.
– Bosch, voy a retirarte por hoy. Pasa algo. Llevas toda la noche aquí. Creo que deberías… No, mandaré a un par de agentes para relevaros. Voy a tener que llamar a tu teniente y…
– Usted conocía a Meadows.
– ¿Qué?
– Lo que he dicho, que lo conocía. Tengo su expediente: el completo, no la versión censurada que usted le dio a Wish para que me la pasara a mí. Sé que usted fue su superior en Saigón.
Más silencio.
– Fui el superior de mucha gente, Bosch. No los conocía a todos.
Bosch negó con la cabeza.
– Muy pobre, teniente Rourke. Una excusa muy pobre. Ha sido peor que admitirlo. ¿Sabe qué le digo? Que ya nos veremos.
Bosch colgó el teléfono y entró en Darling's, donde pidió dos cafés y dos aguas minerales. Esperó de pie junto a la caja registradora a que la chica le sirviera mientras miraba por la ventana. Sólo podía pensar en Rourke.
La chica volvió con las bebidas en una caja de cartón. Bosch pagó, le dio propina y regresó a los teléfonos públicos. Desde allí llamó de nuevo al número de Rourke sin otro plan que descubrir si éste seguía junto al teléfono o se había marchado. Colgó después de que sonara diez veces. A continuación telefoneó a la centralita del Departamento de Policía y le pidió a la telefonista que llamara al FBI y preguntara si tenían a un Equipo de Operaciones Especiales trabajando en la zona de Wilshire o Beverly Hills, y si necesitaban ayuda. Mientras esperaba, Bosch destapó uno de los cafés y bebió un sorbito al tiempo que se esforzaba en comprender el plan de Rourke.
La telefonista volvió a la línea con la confirmación de que el FBI tenía a un Equipo de Operaciones Especiales en el distrito de Wilshire, pero éste no había solicitado refuerzos. Bosch le dio las gracias y colgó. Por fin empezaba a entender las acciones de Rourke. Bosch dedujo que no debía de haber nadie intentando asaltar el Beverly Hills Safe &c Lock. El asunto de la cámara era simplemente un montaje con la cámara como señuelo. Bosch recordó que había dejado escapar a Tran. Su función había sido hacer salir a la superficie al segundo capitán y a sus diamantes, para que Rourke pudiera cazarlo. Bosch se lo había servido en bandeja.
Cuando llegó al coche vio que Eleanor estaba hojeando el archivo de Meadows, pero aún no había llegado a la carta del congresista.
– ¿Dónde has estado? -preguntó alegremente.
– Rourke tenía un montón de preguntas. -Bosch le quitó el archivo de las manos y le dijo-: Aquí hay algo que quiero que veas. Por cierto, ¿de dónde sacaste el archivo de Meadows que me mostraste?
– No lo sé, me lo dio Rourke. ¿Por qué?
Bosch encontró la carta y se la pasó sin decir nada.
– ¿Qué es esto? ¿Mil novecientos setenta y tres?
– Léela. Este es el expediente de Meadows, el que pedí que me copiaran y me enviaran desde San Luis. En el que Rourke te dio para mí no estaba esta carta. La censuró. Lee y verás por qué.
Bosch echó una ojeada a la puerta de la cámara acorazada. Ni pasaba nada, ni creía que fuera a pasar. Entonces observó a Eleanor mientras leía. Ella arqueó una ceja al leer por encima las dos páginas, sin reparar en el nombre.
– Parece que Meadows era una especie de héroe. No sé… -De pronto sus ojos se abrieron al llegar al final de la carta-. Copia para el teniente John Rourke.
– Aja, pero te has saltado la primera referencia.
Bosch le señaló la frase que citaba a Rourke como comandante de Meadows.
– Es el topo -sentenció Bosch-. ¿Qué hacemos?
– No lo sé. ¿Estás seguro? Esto no prueba nada.
– Si fuera una casualidad, Rourke debería haber dicho que conocía a Meadows, aclarar las cosas. Como hice yo. Pero él no lo hizo porque quería ocultar la conexión. Cuando lo he llamado se lo he dicho y él me ha mentido, porque no sabía que teníamos esto.
– ¿Y ahora sabe que lo sabes?
– Sí, aunque no sé cuánto porque le he colgado. La cuestión es: ¿qué hacemos? Aquí seguramente estamos perdiendo el tiempo; todo esto es una farsa. Nadie va a entrar en esa cámara acorazada. Seguramente cogieron a Tran después de que sacara sus diamantes. Lo hemos llevado directamente al matadero.
En ese instante Bosch se dio cuenta de que posiblemente el Ford blanco pertenecía a los ladrones, no a Lewis y Clarke. Habían seguido a Bosch y a Wish para llegar hasta Tran.
– Espera un momento -le interrumpió Eleanor-. No estoy segura. ¿Y las alarmas de esta semana? ¿Y la boca de incendios y el fuego provocado? Yo creo que el asalto ocurrirá tal como pensábamos.