Los cuatro se metieron en la minúscula cabina y, después de que Avery marcara el código en un teclado, la segunda puerta se abrió y todos entraron en la sala acristalada. Aparte de acero y cristal, no había mucho que ver. Bosch se acercó a la puerta de la cámara y escuchó con atención, pero no oyó nada. Entonces se dirigió hacia la pared de cristal y, al mirar al otro lado de la calle, comprobó que Eleanor estaba de vuelta en el coche. Bosch volvió su atención hacia Avery, que se había acercado como para mirar por la ventana, pero que lo observaba a él con aire de complicidad.
– Recuerde que puedo abrir la cámara -susurró.
Bosch lo miró y negó con la cabeza.
– No, no quiero hacer eso. Es demasiado peligroso. Salgamos de aquí.
Avery lo miró extrañado, pero Bosch se alejó de él. Cinco minutos más tarde, el negocio quedó vacío y cerrado con llave. Los dos policías reanudaron su patrulla y Avery se marchó. Bosch regresó al coche cruzando una calle que ya comenzaba a llenarse de gente y ruido. El aparcamiento, a su vez, se iba llenando de automóviles y del humo apestoso que desprendían sus tubos de escape. Dentro del coche, Wish le informó de que HanIon, Houck y el Equipo de Operaciones Especiales estaban a la espera de órdenes. Bosch le confirmó que Orozco venía hacia allá.
Bosch se preguntó cuánto tiempo esperarían los ladrones antes de empezar a taladrar. Orozco todavía tardaría diez minutos, lo cual era muchísimo tiempo.
– ¿Y qué hacemos cuando llegue? -inquirió ella.
– Es su ciudad, su decisión -dijo Bosch-. Nosotros se lo explicamos y hacemos lo que él quiera. Le contamos que nuestra operación está totalmente jodida y que no sabemos en quién confiar. En el jefe, desde luego, no.
Permanecieron en silencio durante un minuto o dos. Bosch se fumó un cigarrillo, pero Eleanor no le dijo nada. Parecía perdida en sus propios pensamientos y su rostro denotaba confusión. Cada treinta segundos los dos consultaban nerviosamente sus relojes.
Lewis esperó a que el Cadillac blanco que estaba siguiendo girara al norte. En cuanto dejaron atrás el Beverly Hills Safe 8c Lock, el detective cogió del suelo la sirena azul de emergencia y la puso en el salpicadero. La encendió, pero entonces vio que el Cadillac aparcaba delante de Darling's. Lewis salió del coche y se acercó al automóvil de Avery, que caminaba hacia él.
– ¿Qué pasa, agente? -quiso saber Avery.
– Detective -le corrigió Lewis, al tiempo que le mostraba su placa-. Asuntos Internos, Departamento de Policía de Los Ángeles. Quisiera hacerle unas cuantas preguntas. Estamos investigando a un hombre, al detective Harry Bosch, con quien usted estaba hablando en el Beverly Hills Safe & Lock.
– ¿Qué quiere decir «estamos»?
– Yo y mi compañero, que se ha quedado en Wilshire vigilando su negocio. ¿Podría entrar en mi coche para que podamos hablar unos minutos? Algo está pasando y necesito saber qué.
– Ese detective Bosch… Oiga, ¿cómo sé que es usted lo que dice?
– ¿Y cómo sabe que lo es él? La cuestión es que llevamos una semana vigilando al detective Bosch y sabemos que está implicado en actividades que podrían ser, si no ilegales, al menos embarazosas para el departamento. Todavía no estamos seguros y por eso le necesitamos. ¿Le importaría entrar en el coche?
Avery dio dos pasos titubeantes hacia el vehículo y después pareció decidirse. ¿Por qué no? Tras sentarse en el asiento de delante, Avery se identificó como el propietario del Beverly Hills Safe & Lock y le hizo a Lewis un breve resumen de lo que se había dicho en los dos encuentros que había tenido con Bosch y Wish. Lewis escuchó sin comentar nada y, cuando Avery hubo terminado, abrió la puerta.
– Espere aquí, por favor. Ahora vuelvo.
Lewis caminó a paso decidido hacia la esquina de Wilshire, donde hizo ver que estaba buscando a alguien, consultó su reloj de forma exagerada y volvió al coche. Clarke estaba en el umbral de una tienda de Wilshire desde donde divisaba la cámara. Cuando vio la señal de Lewis, regresó al coche tranquilamente y se sentó en el asiento de atrás.
– El señor Avery dice que Bosch le pidió que esperara en Darling's. Que podía haber gente en la cámara acorazada que había entrado por debajo.
– ¿Le dijo Bosch lo que iba a hacer? -inquirió Clarke.
– Ni una palabra -respondió Avery.
Todos se quedaron callados, pensando. Lewis no lo comprendía. Si Bosch no estaba limpio, ¿qué estaba haciendo? Lewis reflexionó un poco más y se dio cuenta de que, en caso de estar implicado en el robo de la cámara, Bosch se hallaba en la situación ideal, ya que era el que tomaba las decisiones desde fuera. Podía negarse a pedir refuerzos y enviar a todo el mundo al sitio equivocado mientras sus colegas se iban tan campantes en dirección contraria.
– Tiene a todo el mundo cogido por los huevos -dijo Lewis más a sí mismo que a los otros dos hombres.
– ¿Quién? ¿Bosch? -preguntó Clarke. -El es quien mueve los hilos. Aparte de esperar, no podemos hacer nada. Ni entrar en la cámara, ni meternos ahí debajo porque no sabemos adonde ir. El muy cabrón tiene al Equipo de Operaciones Especiales apostado junto a la autopista, esperando a unos ladrones que no van a salir.
– Espere, espere -intervino Avery-. Sí que podemos entrar en la cámara acorazada.
Lewis se dio la vuelta para mirar a Avery. El propietario les informó de que la legislación bancaria no afectaba al Beverly Hills Safe & Lock porque no era un banco y explicó que él se hallaba en posesión del código informático para abrir la puerta.
– ¿Se lo ha dicho usted a Bosch? -le preguntó.
– Ayer y hoy.
– ¿Ya lo sabía?
– No. Parecía sorprendido. Hizo varias preguntas sobre cuánto tardaba en abrirse la puerta, lo que yo tenía que hacer y detalles por el estilo. Ahora, cuando ha sonado la alarma, le he preguntado si quería que la abriese y él me ha dicho que no, que saliéramos de allí.
– Mierda -exclamó Lewis, excitado-. Más vale que llame a Irving.
El detective salió del coche de un salto y corrió hacia los teléfonos enfrente de Darling's. Marcó el número del despacho de Irving, pero no obtuvo respuesta. Acto seguido llamó a la oficina, donde sólo halló al oficial de guardia. Lewis le pidió que avisara al subdirector por el busca y le diera el número de la cabina. Entonces esperó cinco minutos, caminando arriba y abajo, y preocupado por el tiempo que iba transcurriendo. El teléfono no sonó. Lewis usó el de al lado para volver a llamar al oficial de guardia y confirmó que éste lo había avisado por el busca. Lewis comprendió que tendría que tomar la decisión él solo, lo cual lo convertiría en un héroe; así que salió y volvió al vehículo.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó Clarke. -Vamos a entrar -le contestó Lewis, arrancando el coche.
La radio de la policía sonó dos veces, tras las cuales se oyó la voz de Hanlon:
– Eh, Broadway, tenemos visita en First.
Bosch cogió el micrófono.
– ¿Qué pasa, First? Aquí en Broadway, nada.
– Tenemos a tres varones de raza blanca entrando por nuestro lado. Con una llave. Me parece que uno de ellos es el hombre que estaba antes con vosotros. Un tío mayor, con pantalones a cuadros.
«Avery.» Bosch se llevó el micrófono a la boca y vaciló. No sabía qué hacer.
– ¿Y ahora qué? -le preguntó a Eleanor. Como Bosch, ella tenía la vista fija en la sala de la cámara al otro lado de la calle, donde aún no se veía ni rastro de los visitantes. Eleanor permaneció callada.
– Em, First -dijo Bosch por el micrófono-. ¿Habéis visto algún vehículo?
– No -respondió la voz de Hanlon-. Han salido del callejón de nuestro lado. Deben de haber aparcado allí. ¿Queréis que echemos un vistazo?
– No, esperad un momento.