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– Espera un momento -dijo Wish-. No lo haga Harry; ellos tienen armas automáticas. Espera a que lleguen los refuerzos y pensemos un plan.

Bosch se dirigió a la puerta de la cámara.

– Tengo que irme o se me escaparán -dijo-. Sobre todo avisa a los demás de que estoy allá abajo.

Bosch le dio la espalda a Wish y, tras pulsar el interruptor de la luz, entró en la cámara. Al llegar al agujero, se asomó y vio un suelo cubierto de hormigón y pedazos de acero, a unos dos metros y medio de profundidad. Entre los escombros Bosch vislumbró unas gotas de sangre y una linterna.

Había demasiada luz. Si lo esperaban allí, sería un blanco perfecto. Bosch retrocedió, salió de la cámara y se colocó detrás de la enorme puerta de acero. Puso su hombro contra ella y lentamente comenzó a cerrarla.

Bosch oyó varias sirenas que se acercaban. Al mirar a la calle vio una ambulancia y dos coches patrulla que bajaban por Wilshire. De pronto, el coche sin identificativos que conducía Houck se detuvo con un frenazo y éste salió apuntando su pistola. La puerta estaba casi cerrada y comenzaba a moverse por su propio peso, así que Bosch volvió a entrar en la cámara. Mientras la puerta se cerraba lentamente, Bosch se quedó de pie junto al agujero y se dio cuenta de que había vivido aquella situación en muchas ocasiones.

Ese momento en la boca del túnel, a punto de entrar, siempre era el más emocionante y terrorífico de todos. Su instante más vulnerable se produciría al saltar dentro del agujero. Si Franklin o Delgado estaban allí, era hombre muerto.

– Harry. -Bosch oyó que Wish lo llamaba, aunque no comprendió cómo se había filtrado su voz a través de la finísima abertura-. Harry, ten cuidado. Podría haber más de dos.

La voz de ella resonó por la sala de acero, mientras Bosch miraba hacia abajo para intentar orientarse. En cuanto se cerró la puerta y lo engulló la oscuridad, saltó.

Al aterrizar sobre los escombros, Bosch se agachó, disparó una bala al aire con su Smith & Wesson y se lanzó al suelo del túnel. Era un truco de la guerra: disparar antes de que te disparen. Pero nadie lo estaba esperando, ya que no hubo respuesta. Bosch no oyó nada, excepto unos ruidos lejanos sobre su cabeza; los pasos de alguien corriendo por el suelo de mármol del exterior de la cámara. Entonces se reprendió por no haber avisado a Eleanor de que el primer disparo sería suyo.

Bosch abrió su mechero, manteniéndolo lejos del cuerpo; otro truco que había aprendido en Vietnam. Entonces recogió la linterna, la encendió y miró a su alrededor. Bosch descubrió que había disparado a una pared, porque el túnel que los ladrones habían excavado iba hacia el otro lado. Al oeste, no al este, tal como habían pensado cuando estudiaron los planos la noche anterior. Eso significaba que no habían venido por la alcantarilla que Gearson sugirió; no por Wilshire, sino tal vez por Olympic o Pico y luego hacia el sur o por, Santa Mónica y hacia el norte. Bosch comprendió que el hombre del Departamento de Aguas y todos los agentes federales y policías habían sido hábilmente despistados por Rourke. Nada era como habían planeado o pensado. Harry estaba solo.

Bosch enfocó el haz de luz hacia la garganta negra del túnel, que descendía y luego subía, dándole tan sólo unos nueve metros de visibilidad. Estaba claro que iba al oeste.

Mientras tanto, el Equipo de Operaciones Especiales esperaba al sur y al este, en vano.

Sosteniendo la linterna a la derecha, separada de su cuerpo, Bosch comenzó a gatear por el pasadizo. El túnel no tenía más de un metro de alto y unos noventa centímetros de ancho. Bosch se movía despacio, aguantando la pistola con la misma mano que usaba para gatear. El aire olía a cordita y un humo azulado flotaba en el haz de la linterna. «Purple Haze», pensó Bosch. Sintió que transpiraba en abundancia, por el calor y el miedo. Cada tres metros se detenía para enjugarse el sudor de los ojos con la manga de la chaqueta, que no se quitaba para no diferir de la descripción dada a la gente que le iba a seguir. No quería morir a manos de sus propios compañeros.

El túnel se iba curvando a izquierda y derecha durante cincuenta metros, lo cual hizo que Bosch se sintiera desorientado. En algunos momentos pasaba por debajo de un conducto del sistema y a veces oía el rumor del tráfico, que sonaba como si el túnel estuviera respirando. Cada nueve metros ardía una vela metida en una hendidura cavada en la pared. En el suelo arenoso y lleno de escombros, Bosch buscaba cables trampa pero sólo encontró un reguero de sangre.

Al cabo de unos minutos de lento avance, apagó la linterna y se sentó para intentar controlar el sonido de su respiración. Pero no lograba que llegara el suficiente aire a los pulmones. Cerró los ojos un instante y, cuando los abrió, divisó una luz tenue procedente de la siguiente curva, demasiado fija para ser una vela. Comenzó a moverse lentamente, con la linterna apagada. En cuanto dobló la esquina, el túnel se ensanchó formando una especie de sala. «Lo suficientemente alta para ponerse de pie y lo bastante amplia para vivir durante la excavación», pensó Bosch.

La luz provenía de una lámpara de queroseno que descansaba sobre una nevera portátil en un rincón de la sala subterránea. Había también dos colchonetas, un hornillo de butano y un retrete portátil. Bosch vio dos máscaras de gas, dos mochilas con comida y herramientas y unas cuantas bolsas de plástico llenas de basura. Era su campo base, como el que Eleanor supuso que utilizaron durante la excavación debajo del WestLand. Examinó todas las herramientas y pensó en la advertencia de Eleanor de que los ladrones podrían ser más de dos. Sin embargo, estaba equivocada; era el equipo de dos personas.

Al otro lado de la sala se abría otro agujero de un metro de diámetro por el que continuaba el túnel. Bosch apagó la llama de la lámpara para no quedar iluminado por detrás y se internó en el pasadizo. En aquellas paredes no había velas; Bosch se valía de la linterna de forma intermitente, encendiéndola para orientarse y luego avanzando una corta distancia a oscuras. De vez en cuando se paraba, aguantaba la respiración y escuchaba. Pero, aparte del ruido cada vez más lejano del tráfico, el silencio era absoluto. A quince metros del campo base, el túnel llegaba a su fin. No obstante, Bosch detectó un contorno circular en el suelo. Era una tapa de conglomerado cubierta con una capa de tierra, algo que veinte años atrás habría denominado un «agujero de rata». Retrocedió, se agachó y examinó la tapa más de cerca, pero no descubrió ninguna señal de que se tratase de una trampa. Lo cierto es que tampoco lo esperaba; si los ladrones habían puesto explosivos, lo habrían hecho para protegerse contra los que entraran, no contra los que salieran. Por lo tanto, las cargas estarían en su lado. De todos modos, Bosch sacó la navaja de su llavero, la pasó cuidadosamente por el borde de la tapa y luego la alzó un centímetro y medio. Al enfocar la grieta con la linterna, no vio cables ni nada sospechoso adherido a la parte inferior del conglomerado, así que la levantó de golpe. No hubo disparos.

Bosch se arrastró hasta el borde del agujero y debajo descubrió otro túnel. Entonces dejó caer el brazo y la linterna por el agujero, la encendió y proyectó su luz en varias direcciones, listo para los inevitables disparos. Sin embargo, esa vez tampoco pasó nada. El pasadizo inferior era perfectamente redondo, con paredes de cemento liso y algas negras y un riachuelo en el fondo. Era una alcantarilla.

Bosch saltó por el agujero, pero al poner el pie en el fondo, patinó y cayó de espaldas. Se levantó rápidamente y con la linterna comenzó a buscar un rastro en las algas negras. No había sangre, pero sí unas marcas que podrían ser de alguien hincando los zapatos para no resbalar. El riachuelo discurría en la misma dirección que las marcas, así que decidió avanzar hacia allá.