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– ¡Artie! -volvió a gritar Delgado con voz carrasposa-. ¡Venga!

– Voy -susurró Bosch. Avanzó un paso más, pero su instinto le dijo que no había funcionado. Delgado se habría dado cuenta. Bosch se arrojó al suelo, al tiempo que levantaba la M-16.

Todo sucedió muy rápido y él sólo distinguió el brillo producido por el fogonazo de un arma. El ruido de los disparos en el túnel de cemento fue ensordecedor. Bosch los devolvió y mantuvo el dedo firme en el gatillo hasta que el percutor se quedó sin balas. Los oídos le zumbaban, pero en seguida supo que Delgado o quienquiera que estuviese allí también había parado. Bosch lo oyó insertar un nuevo cartucho en su arma y luego pasos rápidos sobre un suelo seco. Delgado había emprendido la huida y se había metido por otro pasadizo. Harry se levantó de un salto y lo siguió, sacando el cargador vacío de su arma prestada y reemplazándolo con el de repuesto al tiempo que avanzaba.

Al cabo de veinticinco metros, Bosch llegó a otra alcantarilla secundaria. Tenía un metro y medio de diámetro y Bosch tuvo que subir un escalón para entrar. El fondo estaba tapizado con algas negras pero, a diferencia de los otros conductos, por aquél no corría el agua. En el suelo yacía un objeto: un cartucho vacío de M-16.

Bosch había acertado el camino, pero ya no oía los pasos de Delgado. A pesar de la ligera pendiente, Bosch empezó a avanzar muy deprisa. Al cabo de medio minuto llegó a una sala con una rejilla a unos nueve metros de altura por la que se filtraba la luz. Al otro lado de esa sala continuaba la alcantarilla. No tuvo otro remedio que seguir adelante, esta vez por un túnel que se inclinaba gradualmente hacia abajo. Después de unos quince metros vio que aquella galería desembocaba en un colector más grande: una línea principal. Incluso oía el rumor del agua.

Cuando Bosch se dio cuenta de que avanzaba demasiado rápido, ya era tarde. No pudo detenerse y acabó resbalando sobre las algas y deslizándose hacia el colector. En ese instante Bosch comprendió que Delgado le había tendido una trampa e hincó los tacones en el cieno negro a fin de frenar su caída, pero no consiguió evitar precipitarse en el nuevo pasadizo con los pies por delante y los brazos hacia atrás en un intento desesperado por mantener el equilibrio.

Aunque resulte extraño, notó que la bala le perforaba el hombro derecho antes de oír los disparos. Fue como si alguien hubiera soltado una cuerda con un gancho desde el techo, se lo hubiera clavado en el hombro y hubiera tirado de él hasta derribarlo.

Bosch soltó el arma y se desplomó. Sintió que caía unos treinta metros, cosa obviamente falsa, y que era el suelo del pasadizo, con sus cinco centímetros de agua, el que se alzaba como una pared contra él y lo golpeaba en la cabeza. Las gafas infrarrojas salieron volando y contempló, de forma tranquila y distante, las chispas que saltaban por encima de él y las balas que se estrellaban y rebotaban contra las paredes.

Cuando volvió en sí, a Bosch le pareció que había estado inconsciente durante horas, pero en seguida se dio cuenta de que habían sido sólo segundos, puesto que el estruendo del tiroteo todavía resonaba como un eco por todo el túnel. Notó un olor a cordita y oyó los pasos de alguien que corría. Que huía, deseó el detective con todas sus fuerzas.

Bosch rodó en el agua, extendiendo en la oscuridad los brazos en busca de la M-16 y las gafas. Al poco rato se rindió y decidió desenfundar su propia pistola. Sin embargo, la funda estaba vacía. Bosch se incorporó y se sentó contra la pared. En ese momento se dio cuenta de que tenía la mano derecha insensible. La bala le había dado en la cabeza, del húmero y sentía un dolor sordo en el brazo que iba desde el punto de impacto hasta la mano. También notó la sangre que se deslizaba por el pecho y brazo, por debajo de la camisa. Aquella sensación cálida contrastaba con el agua fría que se arremolinaba alrededor de sus piernas y testículos.

De pronto Bosch se percató de que respiraba con dificultad, por lo que intentó controlar el aire que inhalaba. Sabía que estaba a punto de sufrir espasmos, pero no podía hacer nada.

En ese momento cesó el ruido de pasos. Bosch aguantó la respiración y escuchó. ¿Por qué se había detenido Delgado? Estaba libre. Agitó las piernas en busca de una de las armas, pero no halló nada. Estaba demasiado oscuro para ver dónde habían caído y, para colmo, la linterna también había desaparecido.

Entonces Bosch oyó una voz. Aunque no la reconoció por estar demasiado lejana y amortiguada, no le cupo duda de que alguien estaba hablando. A continuación sonó una segunda voz; eran dos hombres. Intentó comprender lo que decían, pero no pudo. De repente la segunda voz comenzó a chillar. Se produjo un disparo y luego otro. Había transcurrido demasiado tiempo entre los dos para que se tratara de la M-16, pensó Bosch.

Mientras reflexionaba sobre el posible significado de aquel incidente, Bosch volvió a oír un ruido de pasos en el agua y al cabo de unos segundos comprendió que venían hacia él.

No había nada apresurado en los pasos que atravesaban la oscuridad en dirección a Bosch. Eran lentos, regulares, metódicos, como los de una novia caminando hacia el altar. Bosch siguió sentado contra la pared y volvió a agitar las piernas por el suelo encenagado con la esperanza de encontrar una de las armas; pero no estaban. Se sentía débil, cansado, indefenso. El dolor sordo del brazo se había agudizado. Tenía la mano derecha muerta y la izquierda ocupada, apretando la carne desgarrada del hombro. Temblaba y sufría espasmos incontrolados. Sabía que pronto perdería el conocimiento y no volvería a despertar.

Entonces vislumbró el haz de una pequeña linterna que se acercaba a él y se quedó mirándola con la boca abierta. Comenzaba a no controlar algunos de sus músculos. Al cabo de unos instantes, los pasos se detuvieron frente a él y la luz se alzó sobre su cabeza como un sol. A pesar de ser sólo una linterna de bolsillo, le deslumbró de tal manera que no vio a nadie detrás de ella. No le importó, porque ya sabía qué cara lo estaría mirando, a quién pertenecía la mano que sostenía la linterna y qué llevaba en la otra mano.

– Oye -dijo Bosch en un susurro carrasposo. No se había dado cuenta de lo reseca que tenía la garganta-. ¿Esta linternita y el puntero hacen juego?

Rourke bajó el haz hasta apuntar al suelo. Bosch miró a su alrededor y divisó la M-16 y su propia pistola en el agua, una al lado de la otra. Estaban junto a la pared de enfrente, lejos de su alcance. Bosch volvió la vista a Rourke que, vestido con un mono negro metido en unas botas de agua, lo apuntaba con otra M-16.

– Has matado a Delgado -dijo Bosch. Era una afirmación, no una pregunta.

Como todo comentario, Rourke sopesó el arma.

– ¿Ahora vas a matar a un poli? ¿Es ése el plan?

– Es la única forma de salir de ésta. Así parecerá que Delgado te disparó primero con esto. -Rourke levantó la M-16-. Y que después yo lo maté. Al final quedo como un héroe.

Bosch no sabía si mencionar a Wish. Podría ponerla en peligro, pero también podría salvarle la vida.

– Olvídalo, Rourke -comentó finalmente-. Wish lo sabe; se lo dije. Hay una carta en el expediente de Meadows que te involucra. Seguramente se lo habrá contado a todo el mundo allá arriba. Te conviene más rendirte y conseguirme ayuda. Que me estoy muriendo, tío.

Aunque no estaba seguro, a Bosch le pareció detectar un ligero cambio en el rostro de Rourke. Sus ojos seguían abiertos, pero es como si hubieran dejado de ver, como si de repente sólo vieran su interior. Cuando volvieron a la realidad, miraron a Bosch sin compasión, llenos de desprecio. En ese momento Bosch clavó sus talones en el cieno e intentó apoyarse contra la pared para levantarse. Sólo se había incorporado unos centímetros cuando Rourke se inclinó y lo empujó fácilmente hacia atrás.