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Las herramientas restantes las habían dejado porque no se les podía dar uso. La mayoría había empezado a parecer atrezo de una película de bajo presupuesto sobre cavernícolas.

Arth estaba tumbado en el porche, las manos sobre el pecho, roncando.

Linnora se quitó los zapatos, dolorida. A pesar de la intensa práctica de los dos últimos días, todavía no eran adecuados para el campo. Tenía unas ampollas enormes, y el día anterior se había torcido un tobillo, por lo que cojeaba. Debía de sufrir mucho, pero nunca lo mencionaba tampoco a ninguno de sus compañeros.

Dennis se puso pesadamente en pie. Rodeó la casa y se acercó al pozo, donde dejó caer el cubo. El sonido del impacto contra el agua tardó en llegar. Sacó el cubo, lo desató y lo llevó, salpicando y goteando, de vuelta al porche.

Arth se despertó lo suficiente para tomar un largo sorbo; luego volvió a desplomarse. Linnora bebió un poco, pero mojó el pañuelo y se limpió las manchas de suciedad de la cara.

Lo más suavemente que pudo, Dennis le lavó los pies para limpiar la sangre seca. Ella dió un respingo, pero no dejó escapar ni un sonido. Cuando Dennis terminó y se sentó a su lado en el sucio porche, Linnora apoyó la cabeza contra su hombro y cerró los ojos.

Llevaban casi tres días esquivando patrullas, comiendo pequeñas aves que Dennis derribaba con una honda improvisada y peces capturados en arroyuelos por las rápidas manos de Linnora. Por dos veces estuvieron a punto de localizarlos: hombres a caballo una vez, y un rápido y casi silencioso planeador otra. El barón, o su regente, sin duda tenía el país boca arriba buscándolos.

Linnora se acomodó bajo su barbilla. Dennis inspiró el suave aroma de su pelo, enmarañado como estaba después de tres días al aire libre. Durante un ratito permanecieron tranquilos.

—No podemos quedarnos aquí, Denniz —dijo Arth sin moverse ni abrir los ojos.

La noche de la huida, quiso quedarse en las inmediaciones de Zuslik hasta que fuera seguro regresar a la ciudad. Arth no se sentía cómodo al aire libre. Pero el alboroto levantado y lo concienzudo de la búsqueda le habían persuadido por fin para acompañar a Dennis y Linnora… en su intento de llegar a la tierra de los L´Toff.

—Sé que no podemos, Arth. Estoy seguro de que los hombres del barón ya han estado aquí. Y volverán.

»Pero a Linnora le sangran los pies, y su tobillo está hinchado. Teníamos que llevarla a descansar a alguna parte, y sólo se me ocurrió este sitio. Está desierto y se encuentra en la dirección que queremos seguir.

—Puedo continuar, Dennis, de verdad. —Linnora se incorporó, pero su esbelto cuerpo empezó a tambalearse casi de inmediato—. Creo que pue… —Puso los ojos en blanco y Dennis la agarró.

—Da un grito si viene el ejército —le dijo a Arth mientras la cogía en brazos. Se puso en pie trabajosamente y consiguió abrir la puerta con el pie. La puerta crujió.

Dentro de la vivienda había polvo por todas partes. Dennis casi pudo sentir el amor y el gusto que Stivyung Sigel había practicado en esa casa, y ahora iba camino de convertirse de nuevo en un puñado de palos, paja y papel.

Se preguntó que habría sido del alto granjero, y de Gath, el inteligente joven que quería ser aprendiz de mago. ¿Sobrevivirían a su aventura en globo? ¿Estaba Sigel buscando todavía a su esposa en los bosques de los L´Toff?

Dennis llevó a Linnora por un estrecho pasillo hasta el dormitorio de los Sigel y la tendió con delicadeza sobre la cama. Luego casi se desplomó en una silla cercana.

—Sólo un minuto —murmuró. El agotamiento era como una pesada manta que lo ahogaba. Intentó levantarse una vez, pero fracasó—. Ah, demonios. —Contempló a la joven que ahora dormía pacíficamente—. Se supone que las cosas no funcionan así la primera vez que el héroe lleva a la hermosa princesa a la cama…

Medio adormilado, la mente de Dennis divagó. Se encontró pensando en Duen y el robot… imaginando cómo los había visto un transeúnte algunas semanas atrás; la pequeña criatura rosada de brillantes ojos verdes, y su compañero, la máquina alienígena, invadiendo juntos las calles llenas de humanos de Zuslik, escondidos entre tejados y alcantarillas, espiando a los habitantes de la ciudad.

No era extraño que hubiera rumores sobre «engendros del infierno» y fantasmas.

Linnora le había dicho que «la bestia krenegee» compartía con los humanos la habilidad de infundir Pr'fett en una herramienta, aunque no utilizaban herramientas, ni eran al parecer verdaderamente inteligentes.

A veces un krenegee salvaje establecía una relación duradera con un ser humano. Cuando esto sucedía, la práctica del humano se volvía enormemente poderosa. En unas horas podían conseguirse las mejoras de un mes. Ni siquiera los L´Toff, cuya maestría en el arte de la práctica no tenía rival, podían competir con los logros de un hombre acompañado por un krenegee, sobre todo si la combinación provocaba de vez en cuando un auténtico trance práctico.

Pero los krenegee eran notablemente huidizos. Un humano podía considerarse afortunado si veía uno a lo largo de toda su vida. Las pocas personas que establecían contacto duradero con uno eran llamadas creadores del mundo.

Dennis imaginó al cerduende recorriendo los tejados de la ciudad a lomos del autómata, empujándolo hacia la perfección en su función programada… una función que Dennis le había dado originalmente. Los resultados habían sido sorprendentes.

Duen podía ser huidizo, pero Dennis se había equivocado al considerarlo una criatura inútil.

No podía dejar de sentirse culpable por el robot, aunque sabía que no debía hacerlo. Se lo imaginaba repeliendo valientemente a los guardias la noche de su huida.

Dennis se quedó profundamente dormido y soñó con brillantes ojos verdes y rojos, hasta que una mano sacudió su hombro.

—¡Denniz! —La mano lo sacudió—. ¡Denniz! ¡Despierta!

¿Qué pasa…? —Dennis se incorporó rápidamente— ¿Qué ocurre? ¿Soldados?

Arth era una silueta en la penumbra de la habitación. Sacudió la cabeza.

—No lo creo. He oído voces en la carretera, pero no había animales. Me he adelantado antes de que abrieran la verja.

Dennis se levantó pesadamente y fue a echar un vistazo a través de una abertura en las cortinas. La ventana amarillenta y polvorienta daba al patio de la granja. En el borde derecho de su ángulo de visión vio un destello de movimiento. Sonaron pasos en el porche de madera.

La única salida era cruzando el salón; tendrían que enfrentarse con quien fuera. Y ninguno de los tres estaba en condiciones de plantar cara ni siquiera a un par de lobatos de scout drogados.

Indicó a Arth que se colocara detrás de la puerta y alzó una silla. Las pisadas sonaban ahora en el salón.

El cerrojo se descorrió y la puerta del dormitorio crujió lentamente al abrirse. Dennis alzó la silla por encima de su cabeza.

Se tambaleó y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando la puerta se abrió de par en par para revelar a una fornida mujer de mediana edad. Ella vio a Dennis y soltó un gritito mientras retrocedía unos pasos, por lo que casi derribó a un niño pequeño que la acompañaba.

—¡Espera! —dijo Dennis.

La mujer agarró al niño del brazo, arrastrándolo frenética hacia la puerta principal. Pero la pequeña figura se resistió.

—¡Dennz! ¡Ma, es sólo Dennz!