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– ¿Tiene alguna idea acerca del veneno que, según usted, utilizó Gisela?

– No. Murió bastante deprisa. Empezó a marearse y se quedó frío, luego cayó en coma, al menos eso dijo Gisela. El servicio que entraba y salía de la habitación dijo lo mismo. Y, por supuesto, el médico.

– Podrían ser muchas cosas -dijo él en tono grave-. Bien podría haber muerto por hemorragia interna.

– ¡Naturalmente! -contestó Zorah con algo de aspereza-. ¿Qué esperaba? ¿Algo que pareciera veneno? Gisela es egoísta, ambiciosa, vana y cruel, pero no es tonta. -Su rostro reflejaba una rabia intensa y un terrible sentimiento de pérdida, como si algo muy preciado se le escapara entre los dedos, a pesar de que ella lo viera y luchara con desesperación por retenerlo. Sus facciones, que le habían parecido tan bellas al entrar, eran en ese momento demasiado duras, los ojos demasiado inteligentes, la boca transida de dolor.

Monk se puso de pie.

– Gracias por la sinceridad de sus respuestas, condesa Rostova. Iré a ver al señor Rathbone y consideraré los siguientes pasos a efectuar.

Sólo tras haberse marchado, cuando estaba fuera, a la luz del sol, recordó que había omitido el nuevo título de Rathbone.

– ¡No sé por qué has aceptado el caso! -le dijo a Rathbone con brusquedad cuando se presentó en su oficina una hora más tarde. Todos los empleados se habían ido a casa, y la luz de poniente resplandecía en las ventanas. Fuera, en la calle, el tráfico era ingente, ruedas de carruajes que no chocaban entre sí por centímetros, cocheros impacientes, caballos acalorados y cansados y un aire cargado con olor a excrementos.

Rathbone ya tenía los nervios a flor de piel, consciente de su error de apreciación.

– ¿Es ésa tu forma de decir que crees que esta investigación sobrepasa tus capacidades? -dijo fríamente.

– Si hubiese querido decir eso, lo habría dicho -contestó Monk, sentándose sin esperar a que se le ofreciera la posibilidad-. Ya sabes que nunca me ando con rodeos.

– ¿Quieres decir con tacto? -Rathbone enarcó las cejas-. Nunca. Te pido disculpas. Era una pregunta innecesaria. ¿Investigarás su versión?

Habló con menos ambages de lo que Monk esperaba. Lo pilló algo desprevenido.

– ¿Cómo lo harás? A no ser, claro, que te hayas formado la opinión de que la caída inicial fue provocada.

– Incluso ella está convencida de que ahí no hay nada que objetar -dijo Monk-. Cree que Gisela lo envenenó, aunque no sabe cómo, ni con qué, y sólo tiene una vaga idea general del porqué.

Rathbone sonrió dejando entrever un poco los dientes.

– Te ha hecho perder la calma, Monk, si no, no tergiversarías de ese modo sus palabras. Sabe muy bien por qué. Porque existía la seria posibilidad de que Friedrich regresara a casa sin ella y se divorciara por el bien de su país. Dejaría de ser una de las amantes con más encanto del mundo, con título, rica y envidiada, y en lugar de eso pasaría a ser una ex mujer abandonada, dependiente; sus antiguos amigos la compadecerían. No hace falta mucho esfuerzo para imaginar y comprender las emociones a las que se enfrentaba ante tal disyuntiva.

– ¿Crees que lo mató? -Monk estaba sorprendido, no de que Rathbone lo creyera, lo que era bastante fácil, sino de que estuviera dispuesto a defender esa creencia ante un tribunal. Mirándolo con buenos ojos, era una idiotez; mirándolo con malos, simplemente había perdido el juicio.

– Creo que es muy probable que alguien lo hiciera -corrigió Rathbone fríamente mientras se reclinaba en la silla con el rostro endurecido-. Quiero que vayas a la casa de campo de lord y lady Wellborough, acompañado del barón Stephan von Emden, un amigo de la condesa que estará al corriente de quién eres. -Torció la boca-. Podrás descubrir todo lo concerniente a los hechos que siguieron al accidente. Tendrás que encontrar la oportunidad para interrogar al servicio y observar a las personas que estuvieron presentes, a excepción, por supuesto, de la princesa Gisela. Al parecer, la acusación los ha vuelto a reunir, lo cual no es de extrañar, supongo. Espero que al menos seas capaz de averiguar quién estuvo en situación de envenenar al príncipe, y si alguien se percató de algo que pueda servir como prueba. También interrogarás al médico que atendió al príncipe y firmó el certificado de defunción.

Desde la calle, el ruido del tráfico entraba por la ventana medio abierta. En la oficina, al otro lado de la puerta, reinaba el silencio.

Había muchas razones para aceptar el caso: Rathbone necesitaba ayuda urgente, y la situación le ofrecía a Monk la considerable satisfacción de encontrarse en una posición en la que, por una vez, Rathbone le estaría en deuda. No tenía otros casos de mayor importancia en ese momento y le vendrían bien el trabajo y la remuneración. Pero, sobre todo, su curiosidad era tan intensa que podía sentirla casi como si se tratara de un picor en la piel.

– Sí, desde luego, lo haré -dijo con una sonrisa, quizá más rapaz que amistosa.

– Bien -aceptó Rathbone-. Te lo agradezco. Te daré la dirección del barón Von Emden para que vayas a conocerlo. ¿Quizá podrías ir a Wellborough Hall como criado suyo?

Monk se horrorizó.

– ¿Qué?

– Que tal vez podrías ir como su criado -repitió Rathbone con los ojos muy abiertos-. Te brindaría una magnífica oportunidad para hablar con el resto del servicio y descubrir lo que… -Se detuvo, en sus labios se dibujaba un amago de sonrisa-. O podrías ir como conocido suyo, si eso hace que te sientas más cómodo. Soy consciente de que quizá no estés familiarizado con las labores de un sirviente…

Monk se puso de pie con expresión adusta.

– Iré como conocido suyo -dijo con sequedad-. Te haré saber lo que descubra, si es que descubro algo. No me cabe duda de que te gustará estar al tanto. -Y con eso le dio las buenas noches, recogió del escritorio el papel en el que Rathbone había escrito la dirección del barón y se fue.

Monk llegó a Wellborough Hall seis días después de que Zorah Rostova entrara en la oficina de Rathbone para pedirle ayuda al abogado. Transcurrían los primeros días de septiembre, otoño dorado, los campos de rastrojos se perdían en la lejanía, los castaños empezaban a teñirse de color ámbar y alguna esporádica franja de tierra recién labrada, allí donde la tierra húmeda estaba lista para la siembra, aparecía rica y oscura.

Wellborough Hall era un enorme e imponente caserón de estilo georgiano y proporciones clásicas. Se llegaba a él por una avenida de casi dos kilómetros de largo flanqueada por olmos. A cada lado de la misma se extendía un parque hacia los bosques, y más allá aún aparecía el campo abierto y otros grupos de árboles. Era fácil imaginar a los propietarios de semejante palacio entreteniendo a la realeza, montando felices a caballo entre tanta belleza, hasta que les alcanzó la tragedia y les recordó su fragilidad.

Monk había ido a ver a Stephan von Emden y éste se había mostrado dispuesto a ofrecer toda su ayuda para conseguir que lo invitaran como «amigo» suyo en su inminente viaje a la casa solariega. Stephan encontró intrigante la profesión de Monk y dijo que le fascinaba la idea de la investigación, de un estilo de vida tan completamente diferente al que él llevaba. También le explicó que iban a reunirse todos en Wellborough Hall para coordinar sus respectivas versiones acerca de la muerte de Friedrich por si llegaba a haber un juicio.

A Monk le desconcertaba que fueran a observarlo tan de cerca y, a medida que transcurría el viaje, se dio cuenta de que Stephan no era una persona tan superficial ni tan poco informada como había asumido en un principio. Monk se había equivocado más de una vez debido a sus prejuicios: como Stephan poseía un título nobiliario y dinero, sin duda debía de ser estrecho de miras y bastante inútil en cualquier terreno práctico. Estaba furioso consigo mismo por haberse permitido mostrar las restricciones de su educación. Intentaba hacerse pasar por un caballero. Algo en él sabía que los caballeros no son tan frágiles, no se apresuran tanto en emitir juicios ni intentan defender tanto su dignidad. Sabía que no necesitaban actuar de ese modo.