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Dirigió la mirada del encantador rostro de Evelyn al de lady Wellborough, luego a Klaus y después a Rolf.

– De cualquier forma, ¿si se llega a juicio, será fácil demostrar lo que sucedió? -preguntó con gentileza-. Los que estuvieron aquí pueden testificar y, estando todos de acuerdo, se demostrará que es una embustera, o algo peor.

– Antes tendremos que ver si estamos todos de acuerdo -intervino Stephan, con la sonrisa torcida y la mirada grave-. A fin de cuentas, sabemos más o menos qué sucedió. Sólo tendremos que aclarar lo que desconocemos para no contradecirnos unos a otros.

– ¿Qué demonios quieres decir? -preguntó lord Wellborough, con un gesto que hizo desaparecer sus finos labios-. Por supuesto que sabemos qué sucedió. El príncipe Friedrich murió a causa de las heridas. -Lo dijo como si las palabras le hicieran daño. Monk se preguntó si el dolor procedía del afecto que había sentido por Friedrich o de la mácula que la muerte de éste suponía en su reputación como anfitrión.

Monk soltó la cuchara y se olvidó de la confitura de nectarina.

– Imagino que exigirán mucho más. Querrán saber qué paso en cada instante, quién tenía acceso a las habitaciones donde estaba el príncipe Friedrich, quién le preparaba la comida, quién se la subía, quién entraba y salía a cada momento.

– ¿Para qué? -preguntó Evelyn-. ¿No pensarán que alguno de nosotros le hizo daño, verdad? No pueden pensar eso. ¿Por qué? ¿Por qué habríamos de hacerlo? Éramos sus amigos. Lo fuimos durante años.

– Los asesinatos que se cometen en casa suelen estar protagonizados por miembros de la familia del difunto… o por los amigos -respondió Monk.

Una mirada de profundo desagrado asomó en el rostro de Rolf.

– Posiblemente. Es algo de lo que, gracias a Dios, no entiendo demasiado. Supongo que Gisela contratará al mejor abogado disponible, a uno de categoría superior. Y llevará el caso del modo más adecuado para evitar cualquier escándalo que no sea ya inevitable. -Dirigió a Monk una fría mirada-. ¿Sería tan amable de pasarme el queso, señor?

Rolf ya tenía una tabla con siete tipos diferentes de queso frente a él. Así pues, estaba muy claro lo que pretendía decir. Comieron los postres sin volver a mencionar el tema, helado de tres sabores y almíbar de frambuesa, y después la fruta: piñas, fresas, albaricoques, cerezas y melones.

Monk no durmió bien, a pesar del trayecto en tren, que había sido agotador, de la prueba de resistencia que supuso la larga velada en la mesa, seguida de la charla en el salón de fumadores y, por último, de la excepcional cama con dosel, cojines y edredón de plumón. Cuando el criado de Stephan entró por la mañana para informarle de que el baño estaba listo y la ropa preparada, se despertó con una desagradable sacudida.

El desayuno era algo excesivo, aunque informal. Todos entraban y salían cuando querían, picando algo del aparador repleto de hornillos en los que se mantenían calientes los huevos, la carne, la verdura y diversos bollos y panecillos. Sobre la mesa había teteras que eran renovadas cada poco, platos con mermelada, mantequilla, fruta fresca y también dulces.

Los únicos comensales presentes cuando Monk llegó eran Stephan, Florent y lord Wellborough. La conversación entre ellos fue poco relevante. Cuando terminaron, Stephan se ofreció a enseñarle a Monk los terrenos de la propiedad más cercanos a la casa, y Monk aceptó con celeridad.

– ¿Qué va a hacer para ayudar a Zorah? -preguntó Stephan mientras conducía a Monk a través del invernadero y le señalaba algunos árboles-. Todos estuvimos aquí después de la caída de Friedrich, pero él no salió de sus habitaciones y Gisela no permitía que lo visitase nadie excepto Rolf, e incluso él entró sólo dos veces, que yo sepa. Pero cualquiera podría haber ido a la cocina o abordado en las escaleras al criado que subía la bandeja.

– ¿Por eso piensa que fue Gisela? -preguntó Monk.

Stephan parecía realmente sorprendido por la pregunta.

– No, claro que no. ¡Sólo demostrar que fue asesinado es ya cosa del demonio! Creo que fue Gisela porque lo dice Zorah. Y tiene toda la razón al decir que él siempre creyó que podría regresar, y Gisela sabía que, de ser así, no volvería con ella.

– No resulta muy convincente -observó Monk.

Pasearon por los alrededores del invernadero y por una senda que se extendía entre graciosos setos de carpes muy bien recortados. Al final del camino, a unos cuarenta metros, había una urna de piedra en la que destacaba el llamativo color escarlata de los últimos geranios, y detrás un oscuro seto de tejos.

– Ya lo sé -dijo Stephan con una repentina sonrisa-. Pero si conociera a esa gente, le encontraría sentido. Si hubiese visto a Gisela…

– Cuénteme qué sucedió el día anterior al accidente -se apresuró a decir Monk-. O, si lo prefiere, el día que recuerde con mayor detalle, aunque fuese de la semana anterior.

Stephan pensó durante varios minutos antes de empezar. Caminaban despacio a lo largo de la senda hacia la urna y los tejos, después torcieron a la izquierda para tomar una avenida de olmos que se extendía casi un kilómetro.

– El desayuno siempre transcurría de un modo más o menos similar -dijo, arrugando la frente para concentrarse mejor-. Gisela no había bajado ese día. Desayunó en su habitación, y Friedrich con ella. Solían hacerlo. Era uno de los rituales del día. Creo que, en realidad, a él le gustaba ver cómo ella se vestía. No importaba la época del año, siempre estaba espléndida. Tiene un talento especial para arreglarse.

Monk no hizo ningún comentario al respecto.

– ¿Qué hicieron después los demás? -preguntó ralentizando un poco el paso.

Stephan sonrió.

– Florent coqueteaba con Zorah… en el invernadero, creo. Brigitte se fue a pasear sola. Wellborough y Rolf hablaban de negocios en la biblioteca. Lady Wellborough se ocupaba de algo dentro de la casa. Yo pasé la mañana jugando al golf con Friedrich y Klaus. Gisela y Evelyn pasearon más o menos por donde estamos ahora, y, al parecer, discutieron. Regresaron por separado, las dos muy enfadadas.

Se alejaban de la casa, todavía bajo los olmos. Pasó un jardinero empujando una carretilla. Se levantó la gorra en señal de respeto y farfulló algo. Stephan lo saludó con un gesto. Monk se sintió maleducado, pero no quería diferenciarse al hablarle a aquel hombre. No se esperaba que lo hiciera.

– ¿Y por la tarde? -inquirió.

– Bueno, comimos bastante temprano y luego desaparecimos para planear la velada, porque iba a haber una fiesta, una especie de teatro. A Gisela se le da tremendamente bien, iba a interpretar a la protagonista.

– ¿Acostumbraba Gisela a representar papeles teatrales?

– Sí. Solía hacerlo. Uno de sus grandes dones es su absoluta capacidad para divertirse, y hacerlo de tal manera que todos los que la rodean se diviertan también. Puede ser muy impulsiva, tener las ideas más disparatadas y llevarlas a cabo sin miramientos, sin armar ningún jaleo ni agobiarse con los preparativos; lo cual acabaría con la diversión. Es la persona más espontánea que jamás he conocido. Creo que, acostumbrado a la rígida formalidad de la corte, donde todo está planeado con semanas de antelación y todo el mundo sigue las reglas al pie de la letra, eso fue lo que tanto fascinó a Friedrich de Gisela. Era como un viento estival en una casa que hubiera estado cerrada durante siglos.

– A usted le gusta -observó Monk. Stephan sonrió.

– Yo no diría que me gusta, pero me fascinan ella y el efecto que tiene sobre la gente. -¿Qué es…?

Stephan lo miró con un brillo en los ojos.

– Variado -repuso-. Aunque nunca provoca indiferencia.

– ¿Y Evelyn y Zorah? -preguntó Monk-. ¿Cómo tomaron lo de interpretar papeles secundarios respecto al protagonismo de Gisela?

La expresión de Stephan era difícil de interpretar.