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– Evelyn sabe hacer el papel de ingenua, incluso el de niño, bastante bien, y es lo que hizo en esa ocasión. Estaba cautivadora. Consiguió parecerse a un chico y ser a la vez inconfundiblemente femenina, incluso con el disfraz de hombre.

– No imagino a Zorah en ese papel -admitió Monk, mirando a Stephan de reojo.

El barón vaciló antes de responder. Habían dado unos cuantos pasos a lo largo del camino cuando habló de nuevo.

– No. Le dieron el papel de una amiga leal portadora de los mensajes que conformaban gran parte del argumento.

Monk permaneció en silencio, pero Stephan no añadió nada.

– ¿Quién era el protagonista masculino?

– Florent, por supuesto.

– ¿Y el malvado?

– Oh, era yo. -Se rió-. La verdad es que me divertí bastante. Otras personas que no conoce interpretaron papeles menores. Brigitte hizo uno de ellos, la madre de alguien, creo.

Monk se estremeció. Tal vez Stephan no había tenido la intención de ser cruel, pero él lo percibió así.

– ¿Tuvo éxito?

– Muchísimo. Gisela estuvo muy bien. Se inventó unas cuantas mientras representaba. Aunque a los demás nos resultaba difícil seguirla, su improvisación fue tan ingeniosa que a nadie le importó. El público aplaudió a rabiar. Y Florent también estuvo bien. Parecía saber de forma instintiva qué decir o hacer para parecer natural.

– ¿Y Zorah?

La expresión de Stephan cambió, la diversión se esfumó y sólo quedó tristeza.

– Me temo que ella no lo pasó tan bien. Fue el blanco de unos cuantos comentarios chistosos de Gisela. Friedrich estaba encantado, apenas apartó la vista de su mujer, y Zorah fue lo bastante sensata como para no mostrar sus sentimientos.

– Pero estaba enfadada.

– Sí. Aunque llevó a cabo su venganza al día siguiente. -Subieron una docena de peldaños de piedra hasta un paseo cubierto de hierba a la sombra de los olmos-. Salieron todos a montar -continuó-. Gisela iba en el calesín. No monta muy bien, ni le importa. Zorah es toda una amazona. Retó a Florent a que la siguiera por un terreno muy agreste, dejaron atrás a Gisela en el calesín y tuvo que regresar sola a casa. Zorah y Forent volvieron una hora después, exaltados y riendo, él la rodeaba con el brazo. Era evidente que se lo habían pasado en grande. -Se rió, los ojos le brillaban-. Gisela estaba furiosa.

– Pensaba que estaba muy unida a Friedrich. -Monk lo miró, inquieto-. ¿Por qué habría de importarle que Zorah fuese a montar con Florent?

A Stephan le hizo muchísima gracia esta pregunta.

– ¡No sea ingenuo! -exclamó-. Claro que estaba muy unida a Friedrich, pero le encantaba tener admiradores. Que todos los hombres la admiraran formaba parte de su papel de gran amante. Ella es la mujer por la que un príncipe renunció al trono: siempre estupenda, siempre deseable, siempre completamente feliz. Tenía que ser el centro de la fiesta, la más seductora, la que podía hacer que todo el mundo se riera de lo que ella quisiera. Aquella noche estuvo de lo más ingeniosa en la cena, pero Zorah fue igual de rápida. Durante la cena, la mesa se convirtió en un campo de batalla.

– ¿Fue desagradable? -preguntó Monk, intentando visualizar esa velada y juzgar las emociones subyacentes. ¿Era su odio tan grande como para arrastrar a Zorah a inventar esa acusación, o para cegarla incluso ante la verdad y hacer que prefiriese creer una mentira? ¿Se trababa sólo de vanidad herida, de una batalla por la fama y el amor?

Stephan se detuvo y permaneció inmóvil en mitad del camino, miró a Monk con atención durante un momento antes de contestar.

– Sí -dijo finalmente-. Creo que, en cierto sentido, siempre ha sido desagradable. Aunque no estoy del todo seguro. Quizá no comprendo a las personas tan bien como creía. Yo no podría hablarle a nadie que me gustara como lo hizo ella, pero tampoco creo saber con certeza lo que sentían. – El viento soplaba en su cara, le alborotaba el pelo. Las nubes cubrían el cielo por el oeste-. Zorah siempre pensó que Gisela era egoísta -prosiguió-. Una mujer que se había casado por la posición y a la que luego le negaron la gloria definitiva. La mayoría de la gente pensaba que se había casado por amor y que no le importaba nada más. Todos habrían pensado que Zorah era una simple envidiosa si hubiera expresado su opinión, pero fue bastante sensata y nunca dijo nada. Nunca podrían haber sido amigas, eran polos completamente opuestos.

– ¿Pero usted cree en Zorah?

– Creo en su honestidad. -Vaciló-. No estoy plenamente convencido de que tenga razón.

– ¿Y aún así se arriesga de este modo para ayudarme a defenderla?

Stephan se encogió de hombros y lanzó una repentina y brillante sonrisa.

– Me gusta… Me gusta mucho. Y sí, pienso que el pobre Friedrich pudo haber sido asesinado y, en tal caso, debería hacerse público. No se puede matar a un príncipe y que el crimen quede impune. Aún le guardo esa lealtad a mi país.

Monk escuchó una versión muy diferente de los hechos después de pasar una deliciosa tarde con Evelyn en el jardín de los rosales, florecidos por segunda vez. El jardín se encontraba protegido de la leve brisa, y en el aire calmo se apreciaba un perfume intenso y dulce. Los rosales trepadores estaban dispuestos en columnas que se unían formando arcos, y los arbustos, de metro o metro y medio de altura, conformaban volúmenes espesos a ambos lados de las sendas cubiertas de césped. El enorme miriñaque de Evelyn rozaba el espliego de los bordes de los arriates, perturbando su aroma. Los dos paseantes estaban rodeados de color y perfume.

– Lo que está haciendo Zorah no tiene nombre -dijo Evelyn, con los ojos muy abiertos y creciente indignación, como si aún le sorprendiera-. Siempre ha sido muy suya, pero esto es increíble, incluso tratándose de ella.

Monk le ofreció su brazo para subir un tramo de escaleras de piedra y Evelyn lo aceptó con toda naturalidad. Tenía unas manos pequeñas y muy bonitas. Él se sorprendió de lo mucho que lo complacía sentir su ligero roce en la manga.

– ¿Lo es? -preguntó Monk-. ¿Por qué increíble razón cree usted que habrá dicho algo tan raro? ¿No puede creer que sea cierto, verdad? Quiero decir, ¿hay pruebas que lo refutan por completo, no es así?

– Por supuesto que las hay -dijo ella riendo-. Para empezar, ¿qué motivo tendría Gisela para hacerlo? Por decirlo llanamente: casada con Friedrich, Gisela disponía de riqueza, rango y un atractivo extraordinario. Como su viuda, ha perdido el rango, Felzburgo no le hará concesiones, e incluso la riqueza se le agotará muy pronto si continúa con la vida a la que está acostumbrada… y créame que le gusta muchísimo ese tipo de vida. Él se gastó una fortuna en joyas y vestidos, carruajes, el palacio de Venecia, fiestas, viajes a donde ella quisiera. Hay que reconocer que sólo viajaban por Europa, no como Zorah, que ha ido a los lugares más extraños. -Paró frente a una enorme rosa color burdeos y levantó la vista para mirar a Monk-. Vamos, ¿por qué desearía una mujer ir a Sudamérica? ¿O a Turquía, o a remontar el Nilo, o a China? No es de extrañar que no se haya casado. ¿Quién la querría? Nunca está aquí. -Rió con alborozo-. Cualquier hombre respetable quiere una mujer que sepa cómo comportarse, no una que monta a horcajadas y duerme en tiendas de campaña y puede conversar (y de hecho lo hace) con hombres de todas las profesiones y condiciones sociales.

Monk sabía que lo que decía Evelyn era cierto, tampoco él querría a semejante mujer como esposa. Zorah se parecía demasiado a Hester Latterly, también franca y aferrada a sus ideas. No obstante, era valiente, y extraordinariamente interesante como amiga, cuando no algo más.

– ¿Y Gisela es diferente? -preguntó.

– Desde luego. -Evelyn parecía encontrar gracioso ese comentario. Su voz escondía una risa velada-. Le encantan los lujos de la vida civilizada, y puede entretener a quien le plazca con su ingenio. Tiene el don de hacer que todo parezca sofisticado e inmensamente divertido. Es una de esas personas que, cuando te escucha, te hace sentir que eres la persona más interesante que ha conocido jamás y que gozas de toda su atención. Tiene talento para eso.