– Desde luego. Faltaría más. Cualquier cosa que yo pueda hacer… -Gallagher se llevó la mano a la frente-. ¡Pobre mujer! Perder el marido al que tanto quería y vérselas luego con una calumnia tan diabólica, y viniendo de alguien a quien creía su amiga. Pregunten todo lo que quieran.
Monk tomó asiento frente al doctor en una gastada silla de color marrón.
– Comprenderá que adoptaré la posición del abogado del diablo. Buscaré cualquier punto flaco, para saber cómo defenderlo llegado el caso.
– Por supuesto. Proceda -apuntó Gallagher, casi con entusiasmo.
Monk sintió un deje de remordimiento, aunque muy leve. Lo importante era la verdad.
– ¿Fue usted el único médico que atendió al príncipe Friedrich?
– Sí, desde el accidente hasta su muerte. -Su rostro empalideció con el recuerdo-. Yo… sinceramente creí que el pobre hombre se estaba recuperando. Parecía estar muchísimo mejor. No cabe duda de que padecía muchos dolores, pero es lo que sucede cuando se tienen huesos rotos. Ya le había bajado mucho la fiebre y había empezado a comer un poco.
– ¿Cómo se encontraba la última vez que lo vio con vida? -inquirió Monk-. ¿Antes de la recaída?
– Estaba sentado en la cama. -Gallagher estaba muy tenso-. Pareció alegrarse de verme. Lo recuerdo a la perfección. Era primavera, como ya sabrán, finales de primavera. El día era hermoso, la luz del sol entraba a raudales por las ventanas, en la sala había un jarrón con lirios de los valles blancos, sobre la cómoda. Su perfume llenaba la habitación. Eran las flores preferidas de la princesa. Me han dicho que desde ese día no las puede soportar. Pobre criatura. Lo idolatraba. No se apartó de su lado desde el momento en que lo llevaron a la casa. Deshecha, estaba deshecha. Aunque siempre en su sitio, a pesar de la angustia.
Respiró hondo y exhaló en silencio.
– Nada que ver con cuando murió -prosiguió Gallagher-. Entonces fue como si el mundo se hubiese acabado para ella. Estaba allí sentada, con la cara blanca, ni se movía ni hablaba. Ni siquiera parecía vernos.
– ¿De qué murió? -preguntó Monk con bastante tacto-. En términos médicos.
Gallagher abrió más los ojos.
– No le hice autopsia, señor. ¡Era un príncipe! Murió a consecuencia de las heridas de la caída. Se había roto varios huesos. Parecía que se recuperaba, pero no se puede observar el interior de un cuerpo con vida para saber qué otros daños puede haber, qué órganos pueden haberse perforado. Murió de una hemorragia interna. Eso es lo que todos los síntomas me hicieron creer. No lo esperaba, porque parecía encontrarse mejor, pero debía tratarse de la valentía de su ánimo, porque en realidad las heridas eran tan graves que el más ligero movimiento pudo haber reventado un vaso y causado la hemorragia mortal.
– ¿Los síntomas…? -le instó Monk. Cualquiera, o quienquiera, que fuese la causa, no podía evitar sentir lástima por el hombre cuya muerte estaba investigando de un modo tan aséptico. Todo lo que había oído acerca de él haría pensar que era un hombre valiente y de carácter, dispuesto a seguir los impulsos de su corazón y pagar el precio de ello sin protestar, un hombre capaz de un inmenso amor y sacrificio. Y al final, un hombre tal vez destrozado por el deber… o asesinado por ello.
– Temperatura baja -respondió Gallagher-. Sudoración. -Tragó saliva; tenía las manos rígidas sobre las rodillas-. Dolores en el abdomen, náuseas. Creo que ése fue el lugar de la hemorragia. A eso le siguieron desorientación, sensación de mareo, pérdida de sensibilidad en las extremidades, estado comatoso y, por último, la muerte. En concreto, paro cardíaco. Resumiendo, señor, los síntomas de una hemorragia interna.
– ¿Existe algún veneno que produzca esos mismos síntomas? -preguntó Monk con el ceño fruncido, como si no le gustara tener que preguntar algo así.
Gallagher se le quedó mirando.
Monk pensó en los tejos que había al final del seto de carpe, la urna de piedra recortándose contra su masa oscura. Todo el mundo sabía que las alargadas hojas del tejo eran muy venenosas. Todos los de la casa habían tenido acceso a ellas; sólo había que pasear por el jardín, la cosa más natural del mundo.
– ¿Existe alguno? -repitió.
Stephan cambió de postura.
– Sí, por supuesto. -A Gallagher le costaba hablar-. Hay miles de venenos. ¿Pero por qué horrible motivo iba a envenenar una mujer a su marido? ¡Carece de todo sentido!
– ¿Las hojas de tejo producirían esos mismos síntomas? -inquirió Monk.
Gallagher pensó en silencio durante tanto rato que Monk estuvo a punto de volver a preguntar.
– Sí -dijo al fin-. Producirían esos síntomas. -Tenía el semblante blanco.
– ¿Exactamente los mismos? -No podía dejarlo escapar.
– Bueno… -Gallagher vaciló, en su rostro se veía reflejada la desdicha-. Sí… No soy experto en esas cuestiones, pero de vez en cuando te encuentras con algún niño del pueblo que se ha metido hojas en la boca. Y se sabe que hay mujeres que… -se interrumpió un momento, luego continuó con tristeza- que lo han utilizado como método abortivo. Hace unos ocho años murió una joven en el pueblo de al lado.
Stephan volvió a cambiar de postura.
– Pero Gisela no salió de las habitaciones de Friedrich -observó el barón con serenidad-. Aun admitiendo que lo envenenaran, ella es casi la única persona de la casa que no pudo haberlo hecho. Y créame, si conociera a Gisela ni siquiera consideraría la posibilidad de que enviara a alguien a por el veneno. Nunca se pondría en manos de otra persona de una forma tan extrema.
– Es monstruoso -dijo Gallagher con tristeza-. Espero que hagan todo lo posible para combatir una sombra tan terrorífica y que, al menos, limpien el nombre de esa pobre mujer.
– Haremos cuanto esté en nuestra mano por descubrir la verdad… y demostrarla -prometió Monk con ambigüedad.
Gallagher no dudó de él ni por un instante. Se puso en pie y le dio la mano.
– Gracias, caballero. Me siento aliviado. Si hay algo más en lo que pueda ayudar, sólo tiene que decírmelo. Y usted también, desde luego, barón Von Emden. Que tengan un buen día, caballeros. Buenos días.
– Apenas nos ha servido de nada -dijo Stephan mientras subían al calesín y Monk tomaba las riendas-. Quizá fuera veneno de tejo… ¡Pero no pudo ser Gisela!
– Eso parece -convino Monk-. Me temo que aún nos queda un camino bastante largo por recorrer.
Capítulo 3
Hester Latterly, en quien tanto Monk como Rathbone habían estado pensando hacía poco, no estaba al corriente de que ambos se habían involucrado en el caso de la princesa Gisela y la condesa Rostova, a pesar de que había oído rumores acerca de aquel asunto.
Desde su regreso de Crimea, donde había sido enfermera junto a Florence Nightingale, había trabajado en varios lugares ejerciendo su profesión, sobre todo en casas particulares. La anciana que había estado cuidando, víctima de una mala caída, se había recuperado totalmente y, en ese momento, Hester no tenía trabajo. Estuvo encantada de recibir la visita de su amiga, y a veces protectora, lady Callandra Daviot. Callandra había cumplido los cincuenta hacía bastante tiempo. Poseía un rostro marcado por la inteligencia y el carácter, pero ni siquiera su más ferviente admirador habría dicho que era una mujer hermosa. Transmitía demasiada fuerza y, sobre todo, demasiada excentricidad. Tenía una doncella muy agradable que hacía años había desistido de llegar a hacer algo elegante con el pelo de su señora. Que las horquillas no se le salieran demasiado ya era victoria suficiente.
Ese día iba incluso peor arreglada de lo acostumbrado, pero entró en la casa con un ramo de flores y un aire de exaltada determinación.
– Para ti, querida -anunció mientras dejaba las flores sobre la mesita de la pequeña sala de Hester. Por mucho que se lo hubiese podido permitir, para Hester no tenía sentido alquilar un alojamiento más espacioso; casi nunca estaba allí-. Aunque supongo que no te quedarás aquí el tiempo suficiente para disfrutarlas. Sólo las he traído porque son preciosas. -Callandra se sentó en la silla que tenía más cerca, con la falda arrugada y los aros levantados. Hizo un gesto para arreglársela distraídamente pero se quedó tal como estaba.