– ¿Representará la muerte del príncipe Friedrich un cambio tan grande en la situación política? -preguntó Hester un día, cuando ya había transcurrido una semana desde su llegada. Ella y Dagmar estaban guardando la ropa limpia de cama que había subido la doncella de la lavandería. Desde que conoció a Monk y se vio involucrada en el asesinato de Joscelin Gray, Hester preguntaba casi como si se tratara de un acto reflejo.
– Creo que sí -respondió Dagmar mientras examinaba la esquina bordada de una funda de almohada-. Se está hablando mucho de unificar a todos los estados germánicos bajo una sola corona, lo que supondría vernos anexionados. Somos un país demasiado pequeño para convertirnos en el centro neurálgico de una nueva nación de tan escasas dimensiones. El rey de Prusia tiene ambiciones en ese sentido y, por descontado, su país dispone de un ejército muy poderoso. Y luego están Baviera, Moravia, Hannover, Bohemia, Holstein, Westfalia, Wurtemberg, Sajonia, Silesia, Pomerania, Nassau, Mecklemburgo y Schwerin, por no mencionar a los Estados Turingios, el Electorado de Hesse y, sobre todo, Brandemburgo. Berlín es una ciudad horriblemente tediosa, pero goza de un emplazamiento excepcional para convertirse en la capital de todos nosotros.
– ¿Se refiere a todos los estados germánicos unidos en un solo país? -a Hester nunca se le habría ocurrido pensar algo semejante.
– Sí, se habla mucho de ello. Aunque no sé si llegará a suceder. -Dagmar cogió otra funda-. Ésta hay que arreglarla. Si alguien mete aquí el dedo, la destrozará. Algunos están a favor de la unificación, y otros en contra. El rey es muy débil y de todos modos no vivirá más de uno o dos años. Entonces Waldo será coronado, y él está a favor de la unificación.
– ¿Y usted? -La pregunta era indiscreta, pero la formuló antes de llegar a pensarlo; parecía haber surgido de forma natural tras esa afirmación.
Dagmar dudó un instante antes de contestar, tenía las manos sobre la ropa y el ceño fruncido.
– No lo sé -dijo al fin-. He pensado en ello. Hay que intentar ser razonable con estas cosas. Al principio me oponía por completo. Quería preservar mi identidad. -Se mordió el labio, como si fuera a reírse de su propia ingenuidad, y miró fijamente a Hester-. Sé que a lo mejor a usted le parecerá una cuestión estúpida, ya que es británica y pertenece al imperio más grande del mundo, pero a mí sí que me importaba.
– No es estúpida en absoluto -repuso Hester con sinceridad-. Saber quién es uno forma parte de la felicidad. -De repente, el recuerdo de Monk le asaltó porque, tres años atrás, había sido víctima de un accidente que le había hecho perder todo rastro de memoria. Ni siquiera el reflejo de su propio rostro en un espejo le resultaba familiar. Hester había visto luchar a Monk con los restos del pasado que azotaban su memoria, o debatirse cuando algún hecho remitía al espectro del hombre que había sido. No todos los recuerdos eran agradables y fáciles de aceptar. Incluso después de años de esfuerzo, no tenía más que fragmentos, retazos cogidos de aquí y de allá. El grueso de su memoria permanecía encerrado en rincones de la mente a los que no podía acceder. Monk se sentía demasiado vulnerable para preguntar a los pocos que conocían algo de su vida. Muchos de ellos eran enemigos, rivales o, simplemente, personas con las que había trabajado y a las que no había prestado atención-. Conocer las propias raíces es un gran regalo -añadió Hester en voz alta-. Destruirlas, por voluntad propia, produce una herida de la que uno tal vez nunca se recupera.
– También es doloroso negarse a admitir los cambios -replicó Dagmar, pensativa-. Y resistirse a la unificación, cuando los demás estados parecen desearla, podría dejarnos aislados. O aún peor, podría provocar una guerra. Podríamos vernos absorbidos lo queramos o no.
– ¿En serio? -Hester tomó la funda que sostenía Dagmar y la colocó en una pila diferente.
– Oh, sí. -La baronesa cogió la última sábana-. Y es mucho mejor formar parte de la gran Alemania en general, como aliados, que ser conquistados por medio de una guerra, y convertidos en una provincia súbdita de Prusia. Si supiera usted algo de política prusiana, pensaría como yo, créame. El rey de Prusia no es un hombre malvado, pero ni siquiera él es capaz de controlar al ejército, ni a los burócratas o a los terratenientes. En gran medida, ese fue el detonante de las revoluciones del año 1848: la clase media intentaba conseguir ciertos derechos, libertad para la prensa y la literatura, así como un derecho al voto más amplio.
– ¿En Prusia o en su país?
– En todas partes, la verdad. -Dagmar se encogió de hombros-. Aquel año hubo revoluciones en casi toda Europa. Sólo en Francia, al parecer, se consiguió algo. Desde luego, en Prusia no se llegó a nada.
– ¿Y usted cree que si su país intenta conservar la independencia estallará la guerra? -Hester estaba horrorizada. Había sido testigo directo de la crudeza de la guerra: los cuerpos destrozados en el campo de batalla, la agonía física, las mutilaciones y la muerte. Para ella, la guerra no era una idea política sino el desarrollo y la vivencia del dolor, el agotamiento, el miedo, el hambre, calor en verano y frío mortal en invierno. Nadie en su sano juicio emprendería una guerra a no ser que la única alternativa fuese sufrir la ocupación y la esclavitud.
– Es posible. -La voz de Dagmar procedía de muy lejos, a pesar de que estaba sólo a un metro, en el pasillo, con la luz del rellano a su espalda. Pero el pensamiento de Hester había regresado al hospital arrasado por las enfermedades e infestado de ratas en Scutari, y a las matanzas de Balaclava y Sebastopol-. Hay mucha gente que gana dinero con la guerra -prosiguió Dagmar, sombría, olvidándose de las sábanas-. Para ellos es, sobre todo, una oportunidad para vender armas y municiones, caballos, víveres, uniformes, toda clase de cosas.
Sin ser consciente de ello, Hester se estremeció. Desear semejante horror a otras personas sólo para ganar dinero parecía una suprema maldad.
Los dedos de Dagmar examinaron distraídos el dobladillo de las sábanas, siguiendo el bordado de las flores y el monograma.
– Dios quiera que no lleguemos a eso. Friedrich estaba a favor de la independencia, incluso al precio de la guerra, pero no se me ocurre quién más podría habernos liderado. De todas formas, ahora ya no importa. Friedrich está muerto y, además, nunca habría regresado sin Gisela. Según parece, la reina no habría permitido que volviese con ella, fuera cual fuese el precio o la alternativa a seguir.
Hester tenía que averiguarlo.
– ¿Él nunca habría regresado sin ella, ni siquiera para salvar a su país, para defender la independencia de Felzburgo?
Dagmar la miró fijamente, su cara se endureció de pronto con una mirada resuelta.
– No lo sé. Antes creía que no, pero ya no lo sé.
Pasó un día, y otro, y otro. Robert ya no tenía fiebre. Empezaba a comer en condiciones y a disfrutar de la comida. Sin embargo, aún no tenía tacto ni capacidad motriz por debajo de la cintura.
Bernd iba cada tarde a sentarse junto a su hijo para conversar. Por supuesto, Hester no se quedaba en la habitación pero sabía, por los comentarios que podía escuchar y por la actitud de Robert cuando se iba su padre, que Bernd aún estaba convencido, al menos en apariencia, de que la recuperación total era sólo cuestión de tiempo.
Dagmar aparentaba mantener el mismo ánimo, pero cuando salía de la habitación de Robert y estaba a solas con Hester en el rellano, o en la planta de abajo, dejaba traslucir su angustia.
– No parece que esté mejorando -comentó Dagmar, muy tensa, cuatro días después de su conversación acerca de la unificación alemana. Tenía la mirada hosca a causa de la angustia, los hombros rígidos bajo el corpiño de lana con cuello blanco de batista-. ¿Acaso soy demasiado impaciente? Pensaba que a estas alturas ya sería capaz de mover los pies. Y ahí está, tumbado. Ni siquiera me atrevo a preguntarle en qué piensa. -Necesitaba con desesperación que Hester la tranquilizase, esperaba las palabras consoladoras que calmaran sus miedos, al menos temporalmente.