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¿Sería más prudente o más cruel decir algo que no era cierto? Por supuesto, Hester sabía que la confianza también era importante. Y, en el futuro, lo sería aún más.

– Tal vez es mejor que no le pregunte -añadió Hester. Había visto a muchos hombres enfrentarse a mutilaciones y a la pérdida de extremidades, o a desfiguraciones del rostro o del cuerpo. Había cosas para las que nadie podía ofrecer ayuda. No se podía hacer otra cosa salvo estar ahí y esperar el momento adecuado, cuando el recrudecimiento del dolor exigiera la presencia de otra persona. Y ese momento llegaba tarde o temprano-. Hablará de ello cuando esté preparado. A lo mejor una visita lo distraería un poco. Creo que lady Callandra mencionó a la señorita Victoria Stanhope, también víctima de una desgracia. Tal vez pueda darle ánimos… -No sabía cómo terminar la frase.

Dagmar parecía contrariada y a punto de descartar la idea.

– Alguien que no sea de la familia, que esté menos angustiado por su enfermedad, quizá podría resultar una ayuda -insistió Hester.

– Sí… -aceptó la baronesa con ánimo esperanzado-. Sí, a lo mejor le irá bien. Le preguntaré a él.

Al día siguiente, Victoria Stanhope, aún delgada, aún pálida y caminando con cierta torpeza, fue a visitar a Hester, quien la llevó a ver a Robert.

Dagmar no estaba muy convencida acerca de la conveniencia de la visita de una mujer joven y soltera en esas circunstancias pero, cuando vio a Victoria, su timidez y su evidente discapacidad le hicieron cambiar de opinión. Además, aparte de todo eso, el vestido de la chica anunciaba de inmediato su falta de medios económicos y de posición social. El hecho de que hablara con dignidad e inteligencia la hacía, por lo demás, muy agradable. A Dagmar, el nombre de Stanhope le resultaba familiar, pero no lo identificó en un principio.

Victoria se encontraba en el rellano junto a Hester. Una vez llegado el momento, la valentía le fallaba.

– No puedo entrar -susurró-. ¿Qué voy a decirle? No se acordará de mí y, si lo hace, lo único que recordará es que lo rechacé. De todos modos -tragó saliva y se volvió, con la cara pálida, hacia Hester-, ¿qué hay de mi familia? Se acordará de ella y no querrá tener nada que ver conmigo. No puedo…

– La situación de su familia no tiene nada que ver con usted -dijo Hester con amabilidad, apoyando la mano sobre el brazo de Victoria-. Robert es demasiado justo como para emitir tales juicios. Entre en su habitación pensando en las necesidades de Robert, no en las suyas, y le prometo que al final no tendrá nada de lo que arrepentirse. -En el mismo instante en que decía esto, se dio cuenta de lo osada que había sido, pero la sonrisa de Victoria la disuadió de echarse atrás.

Victoria respiró hondo, soltó el aire en un suspiro y volvió a llamar a la puerta.

– ¿Puedo entrar?

Robert la miró con curiosidad. Hester le había preparado para la visita, naturalmente, y Victoria se sorprendió de la claridad con la que recordaba su breve encuentro de hacía más de un año.

– Por favor, adelante, señorita Stanhope -dijo con una leve sonrisa-. Me disculpo por la poca hospitalidad que puedo ofrecerle, pero en este momento me encuentro en ligera desventaja. Por favor, siéntese. Esa silla -señaló una que estaba junto a la cama- es bastante cómoda.

Victoria entró en la habitación y se sentó. Durante un rato sus manos se movieron nerviosamente, como si pretendiera arreglarse la falda. Los nuevos aros flexibles de acero resultaban a veces muy poco prácticos, aunque fuesen mejores que los antiguos, de hueso. Después, haciendo un esfuerzo, dejó caer los brazos.

Hester esperaba el inevitable «¿Cómo se encuentra?». Incluso Robert parecía preparado para ofrecer la tradicional respuesta.

– Imagino que ahora que ya no tiene fiebre y casi no siente dolor, estará de lo más aburrido -dijo Victoria con un leve movimiento de cabeza.

Robert se quedó perplejo, luego su rostro se iluminó con una gran sonrisa.

– No esperaba que dijera eso -admitió-. Sí, lo estoy. Y también cansadísimo de asegurarle a todo el mundo que estoy bien, muchísimo mejor que hace una semana. Leo, desde luego, pero a veces tengo la sensación de que el silencio me atraviesa los oídos y me dispersa la atención. Necesito algún tipo de ruido, y algo o alguien que me pueda responder si hablo. Estoy cansado de que me lo hagan todo y de no hacer nada. -De pronto, se sonrojó al darse cuenta de lo franco que había sido con una joven que era casi una completa desconocida-. ¡Lo siento! No ha sido tan amable de venir hasta aquí sólo para oír cómo me quejo. Todo el mundo ha sido muy bueno, la verdad.

– Claro que lo han sido -le dio la razón y le devolvió la sonrisa, tímidamente al principio-. Pero eso es algo que ellos no pueden evitar. ¿Qué ha estado leyendo?

– Tiempos difíciles, de Dickens -respondió con una mueca-. Admito que no me anima demasiado. Me gustan sus personajes -admitió con rapidez-, pero no me dan muchas alegrías. Me voy a dormir y sueño que vivo en Coketown.

– ¿Podría traerle algo diferente? -ofreció Victoria-. ¿Tal vez algo divertido? ¿Le… -respiró hondo- le suena el Disparatario de Edward Lear?

Robert enarcó las cejas.

– No -respondió-. Pero creo que me gustará. Parece un lugar excelente para refugiarse del mundo de Coketown.

– Lo es -afirmó ella-. En él encontrará al Pobble que perdió los dedos del pie, y a los Jumblies, que se hicieron a la mar en un cedazo, y toda clase de rarezas más, como el Hiconio de Coria.

– Sí, por favor, tráigamelo.

– Y tiene ilustraciones, por supuesto -añadió la muchacha.

Hester estaba satisfecha. Dio media vuelta, salió de puntillas y bajó las escaleras; Dagmar la esperaba en el vestíbulo.

Victoria Stanhope volvió a visitar a Robert un par de veces, y en cada ocasión extendía un poco más el tiempo de su estancia.

– Creo que le hace bien -dijo Dagmar después de que la doncella acompañara a Victoria hasta la habitación de Robert, durante su cuarto día de visita-. Parece alegrarse mucho de verla, y ella es una niña encantadora. Sería bastante guapa, si fuera… -Se detuvo-. Vaya por Dios, iba a decir algo muy poco caritativo, ¿verdad? -Estaban en el invernadero, bajo la luz de principios de otoño. Era un espacio encantador, lleno de muebles de hierro forjado y pintados de blanco, a la sombra de una gran variedad de palmeras plantadas en maceteros y plantas tropicales de grandes hojas. Flotaba en el aire el dulce aroma de las abundantes y muy perfumadas lilas que habían tardado en florecer-. Lo de su familia fue algo horrible -añadió con tristeza-. Supongo que ha trastocado todas las posibilidades de su vida. Pobrecilla.

Naturalmente, se refería a las posibilidades que Victoria tenía de casarse. No había otra posible vida deseable para una joven decente, a no ser que poseyera grandes cantidades de dinero, o algún talento extraordinario, o una salud de hierro y un deseo ardiente de realizar buenas obras. Hester no le dijo que las posibilidades que Victoria tenía de conseguir alguna de esas cosas ya se habían malogrado mucho antes de la desgracia de su familia. Era el secreto de Victoria, y era ella quien debía decidir si guardarlo para sí o hacerlo público. Si Hester estuviera en su lugar, no se lo habría contado a nadie. Se trataba de una tragedia absolutamente privada y personal.

– Sí -dijo sin rodeos-. Supongo que sí.

– Qué injusto. -Dagmar hizo un ligero gesto con la cabeza-. Nunca se sabe qué va a suceder, ¿no cree? Hace seis semanas ni siquiera habría imaginado la enfermedad de Robert. Ahora no sé hasta qué punto cambiará nuestras vidas. -No miraba a Hester, quizá de un modo intencionado. Tras sólo un momento de duda, como si no quisiera dejar tiempo para una respuesta, se apresuró a continuar-. La pobre princesa Gisela debe de sentirse igual. El año pasado por estas fechas poseía todo lo que amaba. Creo que todas las mujeres del mundo la envidiaban, como mínimo un poco. -Sonrió-. Por lo menos yo sí. ¿No soñamos todas con un hombre atractivo y encantador que nos ame con tanta pasión que esté dispuesto a renunciar a un reino y a un trono por estar a nuestro lado?