Hester se apartó de la puerta y entró en el vestidor, donde había colocado una cama plegable para poder estar cerca de Robert y responder de inmediato a sus posibles llamadas. Se mantuvo ocupada con algunas tareas de limpieza, doblando y guardando ropa que la doncella había subido.
Quince minutos después llamó a la puerta que separaba su habitación de la de Robert y la empujó con cuidado para ver si al joven le apetecía comer algo o tomar una taza de té.
– La próxima vez le leeré acerca del Sitial Peligroso y la llegada de sir Galahad -decía en ese momento Victoria con entusiasmo-. Es un pasaje plagado de valentía y honor.
Robert suspiró. Hester le veía la cara, pálida y presa de una especie de tristeza que se materializaba en la comisura de los labios. O quizá era miedo. Tenía que ser consciente de que, tal vez, no se recuperaría nunca. A ella no le había dicho nada, pero debía de sentirlo, solo en aquella habitación ordenada y silenciosa, con todas las cosas dispuestas por el amor de sus padres. Siempre tras la puerta, observando, muriéndose de ganas de ayudar y sabedores de que todo cuanto pudieran hacer no traspasaría la superficie. Más allá, el miedo devorador y la oscuridad del horror de su hijo se encontraban fuera de su alcance. Seguramente no dejaban de pensar en ello y, no obstante, no se atrevían a decirlo.
Al mirar a los ojos de Robert, a la mancha de piel oscura que los ensombrecía, fina y amoratada, Hester supo que aquellas cosas terribles anidaban detrás de todo cuanto él decía.
– Está bien -contestó a Victoria con educación-. Es usted muy amable.
Ella lo miró de hito en hito.
– ¿Preferiría que no lo hiciera? -preguntó.
– ¡No! -respondió él con rapidez-. Parece una historia excelente. Creo que ya conozco gran parte de ella. Estará bien escucharla de nuevo tal y como debe ser contada. Lee usted muy bien. -La voz se le quebró en la última palabra, a pesar de su esfuerzo por ser cortés y atento.
– Pero no quiere escuchar historias de héroes que pueden luchar, blandir espadas y montar a caballo cuando usted está en cama y no puede moverse -replicó Victoria con una tremenda brusquedad.
Hester sintió cómo un escalofrío recorría su cuerpo, al igual que si se hubiese tragado un pedazo de hielo.
El semblante de Robert empalideció. Permaneció en silencio tanto tiempo que Hester temió que, al hablar, dijera algo tan violento que fuese irreparable.
Si Victoria tenía miedo, lo ocultó a la perfección. Mantenía la espalda erguida, los delgados hombros rectos, la cabeza alta.
– Hubo momentos en los que yo tampoco quise escuchar esas historias -dijo Victoria con bastante calma, aunque la voz le temblaba un poco. El recuerdo le dolía.
– ¡Usted puede andar! -Las palabras salieron de la boca de Robert como si el pronunciarlas le causara un dolor físico.
– Durante mucho tiempo no pude -contestó ella, esta vez casi con total naturalidad-. Y ahora, cuando lo hago, me sigue doliendo. -Le temblaba la voz, y las mejillas se le enrojecieron a causa de la vergüenza y la pena, los pómulos se le marcaban bajo la carne enjuta-. Camino mal. Soy torpe. Tiro cosas. Usted no tiene dolores.
– Yo… -Iba a responder y luego se dio cuenta de que no tenía motivo para hablar. El dolor ya casi había abandonado su cuerpo. Sólo le quedaba el desesperado, intenso e irremediable dolor mental, la consciencia de permanecer preso de unas piernas inertes.
De nuevo, Victoria calló.
– Siento que le duela -dijo él por fin-. Pero preferiría tener dolor y poder moverme, aunque fuese con torpeza, a pasar el resto de mi vida aquí inmóvil como un vegetal.
– Y yo preferiría poder estar lindamente tumbada en un diván. -Su voz estaba repleta de emoción-. Me gustaría tener una familia honorable que me quisiera, saber que siempre cuidarían de mí, que nunca pasaría hambre, ni tendría frío, ni estaría sola. Y me encantaría no temer la reaparición del dolor. Pero ninguno de los dos puede elegir. Y usted tal vez consiga volver a caminar. No puede negarlo de entrada.
Robert volvió a permanecer callado durante un largo rato.
Tras la puerta, Hester no se atrevía a hacer el más leve movimiento.
– ¿Mejorarán sus dolores? -preguntó Robert al fin.
– No. Me han dicho que no -contestó ella.
Él tomó aire como para preguntarle algo más, quizá acerca de sus medios económicos y de por qué temía al frío y al hambre, pero incluso en su aflicción se abstuvo de semejante falta de delicadeza.
– Lo siento.
– Por supuesto -apostilló Victoria-. Y saber que no eres el único que sufre no ayuda lo más mínimo. Lo sé. A mí tampoco me ayuda.
Él se recostó en los cojines y le dio la espalda para no verla. El suave mechón castaño le cubrió la frente sin que él le prestara atención. La luz del sol dibujaba brillantes sombras en el suelo.
– Supongo que va a decirme que mejoraré con el tiempo -espetó con amargura.
– No, no voy a hacerlo -le contradijo-. Hay días mejores y días peores. Pero cuando no se puede vivir a gusto en el propio cuerpo, hay que aprovechar al máximo las posibilidades que ofrece vivir con la mente.
Esta vez Victoria no obtuvo respuesta y, al cabo de unos instantes, se puso de pie. Al volverse un poco Hester pudo ver las lágrimas que corrían por su cara.
– Lo siento -dijo la chica con dulzura-. Creo que he hablado cuando no debía haberlo hecho. Ha sido demasiado pronto. Debería haber esperado un poco más. O quizá no debería haber sido yo quien lo dijese. Sólo lo he hecho porque es una situación muy dura para quienes tanto le quieren y nunca se han visto en su situación. -Hizo un gesto con la cabeza-. No saben si ser sinceros o no, o cómo decirle las cosas. No pueden dormir y les duele sin remedio, sopesan ambas posibilidades y no pueden decidirse.
– ¿Pero usted sí? -Se volvió hacia ella con el rostro transido de rabia-. ¡La han herido y ya lo sabe todo! ¿Tiene el derecho de decidir qué decirme, y cómo y cuándo decírmelo?
Victoria encajó las palabras de Robert como si acabaran de darle una bofetada, pero no se vino abajo.
– ¿Sería diferente si se lo hubiera dicho mañana o la semana que viene? -preguntó Victoria, intentando controlar la voz sin conseguirlo del todo. Estaba en una postura extraña y, desde la puerta, Hester vio que repartía su peso alternativamente sobre las dos piernas para intentar aliviar el dolor-. Está ahí tumbado y se lo pregunta -prosiguió-. No se atreve a pronunciar esas palabras, ni siquiera mentalmente, como si eso fuera a hacerlo más real. Una parte de usted ya lo ha afrontado, otra parte aún grita que no puede ser verdad. Y para usted tal vez no lo sea. ¿Durante cuánto tiempo más quiere luchar consigo mismo?
No obtuvo respuesta. Robert se le quedó mirando mientras pasaban los segundos.
Ella respiró hondo e irguió los hombros, luego fue cojeando hasta la puerta, chocó con la silla. Se volvió hacia él.
– Gracias por compartir Tristán e Isolda conmigo. He disfrutado de su compañía y del viaje imaginario con usted. Buenas noches. -Y sin esperar respuesta, abrió más la puerta, salió al rellano y bajó las escaleras.
Hester dejó solo a Robert hasta que llegó la hora de la cena. Estaba tumbado exactamente como lo había dejado Victoria, y parecía deshecho.
– No quiero comer -dijo en cuanto se dio cuenta de que Hester estaba allí-. Y no me diga que me hará bien. No es así. Me atragantaría.
– No iba a hacerlo -le respondió con calma-. Estoy de acuerdo. Creo que tal vez necesite estar solo. ¿Cierro la puerta y les digo a todos que no lo molesten?
La miró con sorpresa.
– Sí. Sí, por favor.
Ella asintió, cerró una hoja de la puerta y luego la otra, y dejó tan sólo una pequeña lámpara encendida. Si lloraba hasta dormirse, al menos que tuviera la suficiente intimidad para hacerlo, sin que nadie lo supiera ni se lo recordara después.