Capítulo 4
Hester fue consciente de la intranquilidad de Robert durante toda la noche, pero sabía que no podía ayudarlo y que una intrusión sería imperdonable.
A la mañana siguiente lo encontró aún despierto, con la cara pálida. Se le veía muy joven y muy cansado. Ya había cumplido los veinte, pero sus facciones desvelaban con mucha facilidad al niño que llevaba dentro, y Hester podía sentir su aislamiento y su dolor. No lo molestó. El desayuno poco importaba.
– ¿Está bien? -preguntó Dagmar angustiada al encontrarse a Hester en las escaleras-. Ayer por la noche tenía la puerta cerrada. No quise entrar. -Se ruborizó levemente, y Hester supo que seguramente había abierto la puerta y le había oído llorar. Imaginaba la inquietud de Dagmar. Debía dolerle más de lo soportable no poder hacer nada por su hijo. Por el bien de Robert, ella también intentaría esconder el pesar del joven.
Hester no sabía qué decir. Tal vez no debería ocultar la verdad por más tiempo. Sólo mintiendo expresamente podría hacerlo.
– Creo que a lo mejor se está enfrentando a la posibilidad de que la parálisis no desaparezca -dijo con voz entrecortada-. Por supuesto, tal vez…
Dagmar fue a decir algo, pero su voz se hizo débil y no salió de su garganta. En su cabeza encontraba cientos de palabras, pero ninguna le servía. Hester leía en sus ojos lo que le carcomía por dentro. Dagmar se quedó quieta un momento, luego, incapaz de mantener la compostura, se volvió y corrió escaleras abajo, y cruzó a ciegas el vestíbulo hacia la sala de estar, donde podía estar sola.
Hester regresó arriba algo mareada.
A media mañana, Robert se despertó diciendo que la cabeza le palpitaba y que tenía la boca seca. Hester le ayudó a sentarse en la silla que tenía cerca. En el hospital de Scutari había aprendido a levantar a personas que carecían de la fuerza o de las ganas para hacerlo solas, incluso a hombres más grandes y más pesados que Robert. Le acercó el cuenco de agua para que se lavara y se afeitara mientras ella hacía la cama y ponía sábanas y fundas limpias, ahuecaba las almohadas y alisaba el cobertor. Aún no había acabado cuando Dagmar llamó a la puerta y entró.
Robert estaba sereno y muy serio; parecía haber recobrado el dominio de sí mismo. Rechazó la ayuda de su madre para regresar a la cama, pero era obvio que no podía arreglárselas sin Hester.
– Si la señorita Stanhope te molestó ayer -comenzó Dagmar-, mandaré una cortés nota de agradecimiento pidiéndole que no vuelva. Se puede solucionar el asunto sin que tú te molestes.
– De todos modos no es probable que vuelva -dijo Robert con tristeza-. Fui muy grosero con ella.
– Seguro que no fue culpa tuya… -prosiguió Dagmar.
– ¡Sí lo fue! ¡No me defiendas como si fuera un niño, o un idiota, y no fuese responsable de mis acciones! ¡No puedo ejercitar las piernas, pero sí la cabeza!
Dagmar se estremeció y sus ojos se llenaron de lágrimas.
– Lo siento -se disculpó Robert de inmediato-. Será mejor que me dejes solo. Al parecer no soy capaz de comportarme educadamente con nadie, excepto la señorita Latterly. Al menos ella cobra por cuidarme, y me atrevería a decir que está acostumbrada a personas como yo, que se comportan de forma pésima con aquellos a los que deberían mostrar más agradecimiento.
– ¿Estás diciendo que quieres que me vaya? -Dagmar intentó dominar su dolor, pero resultaba patente en su rostro.
– No, claro que no. Sí, eso es. ¡Odio hacerte daño! ¡Me odio a mí mismo! -Se volvió, negándose a mirarla.
Hester no podía decidir si entrar o no en la habitación. A lo mejor debía dejar que los acontecimientos siguieran su curso para propiciar que se dijeran todo lo que no se habían dicho hasta ese momento. ¿O era preferible que no lo hicieran? Así no tendrían que retractarse y disculparse por ello. Y después no habría dudas acerca de si se habían perdonado o no.
– Escribiré a la señorita Stanhope -dijo Dagmar, titubeante.
Robert se volvió rápidamente.
– ¡No! Por favor, no. Me… Me gustaría escribirle yo mismo. Quiero disculparme. Lo necesito. -Se mordió el labio-. No quieras hacerlo todo por mí, mamá. No me robes la poca dignidad que me queda. Al menos aún soy capaz de disculparme por mí mismo.
– Sí… -Dagmar tragó saliva con esfuerzo-. Sí, desde luego. ¿Le pedirás que vuelva a venir o que no lo haga?
– Le pediré que vuelva a venir. Iba a leerme algo de sir Galahad y la búsqueda del Santo Grial. ¿Sabías que al final lo encontró?
– ¿Ah, sí? -Se esforzó por sonreír a pesar de que caían lágrimas por sus mejillas-. Iré… a buscarte papel. Y te traeré una bandeja. ¿Te las arreglarás con la tinta en la cama?
Robert sonrió con una mueca.
– Será mejor que aprenda a hacerlo, ¿no crees?
Por la tarde llegó el médico, como casi todos los días. Era un hombre bastante joven y no mantenía la actitud profesional que acaba por distanciar a un médico de sus pacientes. No tenía ese aire de autoridad que a algunos les conforta y a otros les parece condescendencia. Examinó a Robert y le hizo unas preguntas dirigiéndose a él directamente y sin asomo de falso optimismo.
Robert dijo muy poca cosa. Hester notó que Robert estaba intentando reunir el valor necesario para preguntarle al médico si volvería a caminar de nuevo. No hizo ninguna otra pregunta, aunque la que tenía en mente parecía todavía demasiado enorme para ser formulada.
– Progresa de forma muy satisfactoria -dijo el médico al cabo de unos instantes, mientras cerraba el maletín, hablándole a Robert, y no a Hester ni a Dagmar, que estaban a su lado-. Estar tumbado no parece tener ningún efecto adverso en la circulación de su sangre.
Dagmar hizo ademán de hablar aunque luego cambió de opinión.
– Hablaré con la enfermera Latterly sobre su tratamiento -continuó el médico-. Hay que evitar que le salgan llagas al estar tumbado siempre en una misma postura.
Robert tomó aire y lo dejó ir en un suspiro.
– No lo sé -dijo el médico con voz queda, respondiendo a la pregunta que su paciente no se había atrevido a formular-. Esa es la verdad, señor Ollenheim. No quiero decir con esto que, en caso de saberlo, se lo dijera necesariamente, pero no mentiría, se lo aseguro. No se puede descartar la posibilidad de que los nervios estén tan dañados que pase aun un largo tiempo hasta que pueda volver a utilizarlos. No lo sé.
– Gracias -dijo Robert con inseguridad-. No estaba convencido de querer preguntar.
El médico sonrió. No obstante, una vez abajo, en la antesala en la que Hester se reunió con Dagmar y Bernd para que el médico pudiera hablar con todos a la vez, su tono de voz fue muy grave.
– ¿Y bien? -inquirió Bernd con los ojos ensombrecidos por el temor.
– No tiene un aspecto muy prometedor -respondió el médico dejando el maletín sobre el asiento de uno de los sillones-. No tiene ningún tipo de sensibilidad en las piernas.
– ¡Pero la recobrará! -exclamó Bernd con impaciencia-. Usted nos dijo que podía tardar semanas, incluso meses. Debemos tener paciencia.
– Dije que tal vez recobraría la sensibilidad -corrigió el médico-. Lo siento muchísimo, barón Ollenheim, pero debe estar preparado ante la posibilidad de que no sea así. Creo que sería injusto para su hijo esconderle este hecho. Queda la esperanza, por supuesto, pero en modo alguno se trata de una certeza. La otra posibilidad también debe ser considerada y debemos prepararnos para ella en la medida de lo posible.
– ¡Prepararnos! -Bernd estaba horrorizado; los músculos de su cara cedieron como si hubiese recibido un golpe-. ¿Cómo podemos prepararnos para algo así? -Su voz sonaba cada vez más colérica-. ¿Cómo lo hacemos? -preguntó moviendo los brazos-. ¿Compramos una silla de ruedas? ¿Le decimos que nunca podrá ponerse de pie, y mucho menos andar? Eso… Eso… -Se detuvo, incapaz de continuar.