– Sea valiente -interpuso el médico-. Pero no finja que lo peor no puede suceder. Eso no le hará ningún bien. Tal vez se vea en la necesidad de tener que afrontarlo.
– ¿No hay nada que pueda hacerse? Pagaré lo que sea… Cualquier cosa…
El médico negó con la cabeza.
– Si hubiese alguna cosa, ya se lo habría dicho.
– ¿Qué podríamos decir o hacer para ponérselo más fácil -preguntó Dagmar con calma- si… si pasara lo peor? A veces no sé qué resultaría más sencillo, si decírselo o si no.
– Yo tampoco lo sé -admitió el médico-. Nunca lo he sabido. No existen respuestas seguras. Limítense a no dejar que vea lo muy preocupados que están. Y no intenten negarlo una vez que él mismo lo haya aceptado. Ya tendrá suficientes batallas que librar consigo mismo como para tener que luchar también contra ustedes.
Dagmar asintió. Bernd estaba en silencio, con la mirada perdida más allá del médico, concretamente en el magnífico cuadro que colgaba de la pared: un grupo de jinetes al galope, cuerpos fuertes, ágiles, moldeados por el movimiento en perfecta armonía.
A la mañana siguiente, mientras daba un pequeño paseo por el jardín, Hester se encontró con Bernd, que estaba solo junto a un arriate de flores casi marchitas. Septiembre estaba ya a punto de terminar y en el arriate contiguo los primeros ásteres estaban en flor; un esplendor de morados, violetas y malvas. Cerca de allí, el jardinero ya había podado los lupinos secos y las espuelas de caballero granadas. El resto de flores estivales se había marchitado hacía tiempo. Olía a tierra húmeda, y los escaramujos brillaban en los rosales. Octubre no quedaba muy lejos.
En realidad, Hester había salido a coger unas caléndulas. Tenía que fabricar más loción con esas flores. Era muy beneficiosa para la piel de las heridas y de las zonas doloridas de una persona que yacía tumbada siempre en la misma postura. Cuando vio a Bernd se detuvo y estuvo a punto de dar media vuelta, no quería importunarlo, pero él la vio. -¡Señorita Latterly!
– Buenos días, barón. -Esbozó una leve sonrisa, algo insegura.
– ¿Cómo se encuentra Robert esta mañana? – La preocupación se reflejaba en su rostro.
– Mejor -contestó ella con sinceridad-. Creo que estaba tan cansado que ha dormido muy bien, y está ansioso por saber si la señorita Stanhope aceptará volver a visitarlo.
– ¿Fue muy grosero con ella?
– No, no mucho, sólo hiriente.
– No me gustaría pensar que… la ofendió. ¡El propio dolor no es excusa para abusar o avergonzar a los que no se encuentran en posición de contraatacar!
En una sola frase había expresado todo lo que representaba su posición social, tanto en lo referente a la convicción sobre su innata superioridad como al inquebrantable deber de la autodisciplina y el honor que acompañaban a dicha posición. Hester contempló su grave perfil, de huesos fuertes y bien definidos, una versión avejentada y más pesada que el de Robert. A pesar de que la boca estaba medio oculta por el oscuro bigote, podía apreciarse la similitud de los trazos.
– No la ofendió -aseguró Hester, quizá no con total sinceridad-. Y la señorita Stanhope comprendió a la perfección el motivo de su brusquedad. Ella también ha sufrido mucho. Conoce las fases por las que Robert está pasando.
– Sí, es evidente que ella sufre algún tipo de… -dudó, no sabía cómo expresarlo con delicadeza- de herida. ¿Fue una enfermedad o un accidente? ¿Lo sabe? Claro que ella ha tenido más suerte que Robert. Puede andar, aunque sea con bastante torpeza.
Hester contempló la expresión de seguridad del barón, encerrado en su mundo de presunciones en lo que atañía a la vida de los demás. No podía hablarle de la tragedia de Victoria ni de la de su familia. Tal vez llegara a comprenderlo, pero de no ser así, el daño sería irreparable. La intimidad de Victoria quedaría destrozada y, con ella, la frágil confianza que con tanto esfuerzo había conseguido.
– Un accidente -respondió Hester-. Y después una operación quirúrgica mal realizada. Me temo que le ha dejado secuelas permanentes, dolores que a veces son más intensos y a veces menos.
– Lo siento mucho -dijo el barón con gravedad-. Pobrecilla. -Ahí acababa para él el asunto. Había cumplido con el trámite de la cortesía. No se le había ocurrido pensar que Victoria pudiera formar parte de la vida de Robert en el futuro. Era tan sólo una persona desgraciada que había sido amable en un momento de necesidad y que, pasado ese tiempo, desaparecería, seguramente para ser recordada con consideración, pero nada más.
El barón miraba por encima del arriate de flores marchitas hacia el estupendo espectáculo que ofrecían las margaritas y los ásteres a lo lejos, y las brillantes y algo desordenadas caléndulas, una repentina pincelada de color recortándose contra la tierra húmeda y las hojas oscurecidas.
– Señorita Latterly, si por casualidad se enterase de más detalles acerca de este desgraciado asunto de la condesa Rostova y la princesa Gisela, le agradecería que no le comentara nada a Robert. Temo que derivará en algo extremadamente desagradable cuando llegue el juicio, si es que no hay forma de evitarlo. No quiero que se preocupe de manera innecesaria. Mi esposa tiene una visión algo romántica del caso, que para Robert será mucho más fácil de aceptar.
– Sé muy poco al respecto -repuso Hester con sinceridad-. La baronesa me explicó cómo se conocieron el príncipe y Gisela, lo que supone que yo ya debía saber, y creo que Robert también. Pero no tengo la menor idea de por qué la condesa Rostova sostiene semejante acusación. Ni siquiera sé si es algo personal o político. Parece increíble, ya que no puede demostrar nada.
Bernd metió sus manos en los bolsillos y se balanceó ligeramente sobre los pies.
A Hester le fascinaba la pasión que, sin duda, empujaba a la condesa Rostova, pero sentía otra cosa de un modo más apremiante: su honda preocupación por Rathbone. Que perdiera el caso no era lo importante. Aunque también era cierto que, en privado, Hester creía que le haría bien. Se le habían subido los humos a la cabeza desde que tenía el título de sir. Sin embargo, no quería verlo humillado por haber aceptado un caso que era absurdo, ni tampoco distanciado de sus colegas ni de la sociedad, ni siquiera de la gente corriente de la calle que pudiera relacionarlo con la historia de amor de Gisela. A la gente no le gusta que pisoteen sus sueños.
– ¿Por qué habrá hecho la condesa algo así? -preguntó Hester en voz alta, consciente de que podía parecer impertinente-. ¿Es posible que otra persona la empujara a ello?
Una ligera brisa sopló entre los árboles e hizo caer unas cuantas hojas.
El barón se volvió despacio y la miró con el ceño fruncido.
– No había pensado en eso. Zorah es una mujer extraña y obstinada, pero nunca la había visto actuar de manera tan autodestructiva. No se me ocurre ningún motivo sensato por el que pueda haber llevado a cabo semejante acusación. Gisela nunca le gustó, pero tampoco le gusta a mucha otra gente. La princesa es una mujer con un talento especial tanto para hacer amigos como enemigos.
– ¿Podría actuar Zorah a favor de alguno de sus enemigos?
– ¿De forma tan suicida? -Negó con la cabeza-. Yo no haría algo así por nadie. ¿Y usted?
– Depende de quién se tratase y de por qué creyera que querían que lo hiciese -respondió ella, con la esperanza de que el barón le explicase algo más acerca de Zorah-. ¿Opina usted que la condesa cree de verdad que Gisela asesinó a su marido?
El barón sopesó la pregunta durante un instante.
– Lo veo difícil -dijo por fin-. Gisela no tenía nada que ganar, ni personal ni políticamente, con la muerte de Friedrich, y en cambio podía perderlo todo. No sé cómo Zorah no ha pensado en eso.
– ¿Se conocen bien? -Le picaba mucho la curiosidad. ¿Qué relación podría haber entre dos mujeres tan distintas?
– En cierto modo, yo creo que se conocen tal como pueden hacerlo las mujeres que han vivido muchos años en las mismas circunstancias, rodeadas por el mismo círculo de gente. Tienen un carácter muy diferente, pero hay aspectos en los que sus vidas se parecen. Zorah podría haber ocupado fácilmente el lugar de Gisela si Friedrich hubiese sido otro tipo de persona, si se hubiese enamorado de una mujer tan inapropiada como Zorah, en lugar de Gisela. -Un repentino desdén marchitó su expresión, y Hester se percató con nitidez de la rabia que sentía por la mujer que había trastocado la casa real y que había provocado que un príncipe abandonara a su pueblo y rechazara su deber.