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– No es posible que pelearan por otro hombre, ¿verdad? -dijo Hester en voz alta, buscando razones.

– ¿Gisela? -Bernd parecía sorprendido-. Lo dudo. Coqueteaba, pero era sólo una especie de… de ejercicio de su poder. Nunca incitó a nadie. La verdad es que juraría que no tenía interés alguno en ese sentido.

– Pero quizá Zorah sí, y si el hombre estaba enamorado de Gisela… Gisela sin duda poseía un encanto sorprendente, un atractivo magnético. -Se dio cuenta de que estaba hablando de ella en pasado como si hubiera muerto-. Bueno, aún debe poseerlo, imagino.

Bernd torció la boca y se volvió de espaldas, el intenso sol otoñal le daba en la cara.

– Oh, sí. Uno no olvida a Gisela con facilidad. -Su expresión se suavizó, el desprecio desaparecía-. Pero Zorah también es difícil de olvidar. Creo que el motivo político es el más probable. Estamos en un momento muy delicado de nuestra historia. Es posible que dejemos de existir como país si nos vemos absorbidos por la gran Alemania. Por otro lado, si continuamos siendo independientes, tal vez quedemos devastados por la guerra, incluso invadidos y borrados del mapa.

– Entonces parece probable que, si asesinaron a Friedrich, fuese con la intención de evitar que regresara y encabezara la lucha por la independencia -comentó Hester con creciente convicción.

– Sí… -afirmó él-. En el caso de que Friedrich estuviera sopesando en serio la idea del retorno. No lo sabemos. Pero es posible que ese fuera el motivo por el que Rolf estaba en Inglaterra aquel mes, para convencerlo. Tal vez Rolf estaba más cerca de la victoria de lo que nadie imaginaba.

– ¡Entonces Gisela podría haberlo matado para evitar que se fuera! -exclamó Hester, más triunfal de lo adecuado-. ¿No es eso lo que diría Zorah?

– Tal vez, pero me cuesta creerlo. -Se volvió para mirarla, tenía una curiosa expresión en la cara que Hester no pudo descifrar-. Usted no conocía a Friedrich, señorita Latterly. No imagino al hombre que yo conocí abandonando a Gisela. Habría condicionado su regreso al hecho de poder llevarla consigo. Eso sí que podría creerlo. De no ser así, Friedrich habría desoído la llamada.

– En ese caso, algún enemigo de Gisela podría haberlo matado para impedirlo -razonó Hester-. Y si al mismo tiempo ese enemigo estaba apasionadamente a favor de la unificación, consideraría un acto de patriotismo el impedirle liderar la lucha por la independencia. ¿O podría haber sido alguien aliado en secreto con alguno de los principados que esperan convertirse en la potencia principal de la nueva Alemania?

Bernd la miró con interés, casi como si en algún sentido lo estuviera haciendo por primera vez.

– Le interesa mucho la política, señorita Latterly.

– Me interesan las personas, barón Ollenheim. Y he visto bastante guerra como para tenerle miedo sin importar el lugar en el que se produzca, sean cuales sean los países involucrados.

– ¿No cree que hay ciertas cosas por las que merece la pena luchar, aunque eso signifique la muerte? -preguntó muy despacio.

– Sí. Pero una cosa es considerar que el objetivo merece sacrificar la vida de otra persona y otra muy distinta defender que merece sacrificar la propia vida.

La miró pensativo, pero no añadió nada más a la cuestión. Ella recogió las caléndulas y regresaron juntos a la casa.

Victoria aceptó las disculpas de Robert y sólo tardó dos días en regresar. Hester esperaba encontrarla insegura, temerosa de un nuevo ataque provocado por el miedo que Robert no podía evitar, o por la rabia, que no era sino miedo disfrazado, dirigida a ella porque a ojos de Robert era menos vulnerable que sus padres.

Desde el vestidor contiguo, Hester escuchó cómo la doncella hacía pasar a Victoria y luego oyó los pasos que se alejaban dejándolos a solas.

La voz de Robert le llegó a Hester clara y teñida de vergüenza.

– Gracias por haber vuelto.

– Quería hacerlo -contestó Victoria con indudable timidez, y Hester pudo entrever su espalda a través de la rendija de la puerta-. Disfruto compartiendo cosas con usted.

Hester veía la cara de Robert. Sonreía.

– ¿Qué ha traído? -preguntó-. ¿Sir Galahad? Por favor, siéntese. Parece tener frío. ¿Hace frío fuera? ¿Quiere que pida un poco de té?

– Gracias, sí hace frío, y no, preferiría el té más tarde, si es posible, cuando le vaya bien a usted. -Se sentó con cuidado, intentando no torcer la espalda mientras se colocaba bien la falda-. Y no he traído a Galahad. He pensado que quizá es demasiado pronto. He escogido un par de cosas diferentes. ¿Le apetece algo divertido?

– ¿Más Edward Lear?

– Había pensado en algo mucho más antiguo. ¿Le gustaría escuchar a Aristófanes?

– No lo sé -dijo Robert, obligándose a sonreír-. Suena pesado. ¿Seguro que es divertido? ¿A usted la hace reír?

– Oh, sí -se apresuró a contestar ella-. Muestra, en cierto sentido, lo ridícula que es la gente que se toma a sí misma demasiado en serio. Creo que cuando ya no puedes reírte de ti mismo empiezas a perder el equilibrio.

– ¿Eso cree? -Parecía sorprendido-. Siempre había pensado que la risa era algo frívolo, no la consideraba parte la vida real sino una forma de escapar.

– Oh, en absoluto. -Su voz estaba llena de emoción-. A veces es mediante la risa cuando se dicen las cosas más reales.

– ¿Cree que lo absurdo es lo más real? -Robert parecía desconcertado, pero no crítico.

– No, no es eso lo que quiero decir -explicó Victoria-. No me refiero a la risa de la burla, que degrada, sino a la risa de lo cómico, la que nos ayuda a darnos cuenta de que no somos ni más ni menos importantes que los demás. Algo es divertido cuando es inesperado, desproporcionado. Nos hace reír porque no es como pensábamos que era y de pronto vemos lo tonto que es. ¿No le parece un tipo de cordura?

– Nunca lo había pensado de ese modo. -Estaba inclinado hacia ella, el rostro absorto por la concentración-. Sí, supongo que ése es el mejor tipo de risa. ¿Cómo lo descubrió? ¿O se lo contó alguien?

– He pensado mucho en ello. Tuve mucho tiempo para leer y para pensar. Eso es lo mágico de los libros. Puedes escuchar a las personas más grandes que han vivido jamás, en cualquier parte del mundo, de cualquier civilización. Puedes ver qué es lo que los hace completamente diferentes, cosas que jamás habrías imaginado. -Su voz aunó apremio y emoción, y Hester podía ver por el resquicio de la puerta que se inclinaba hacia la cama, y que Robert sonreía mientras la contemplaba.

– Léame a su Aristófanes -pidió él con suavidad-. Lléveme a Grecia durante un rato y hágame reír.

Victoria se retrepó en la silla y abrió el libro.

Hester regresó a la costura, y poco después oyó a Robert estallar en una escandalosa carcajada.

A medida que Robert recuperaba fuerzas y no dejó de necesitar cuidados tan constantes, Hester pudo empezar a salir de Hill Street de vez en cuando. En cuanto tuvo oportunidad escribió a Oliver Rathbone preguntándole si podría visitarlo en su despacho de Vere Street.

Él le contestó diciendo que estaría encantado de verla, pero que sería imprescindible convertir la visita en una rápida comida a causa de la presión del caso que estaba preparando.

Por lo tanto, Hester se presentó a mediodía y encontró a Rathbone recorriendo su despacho de un lado a otro, con un semblante en el que se apreciaban las huellas del cansancio y de una desacostumbrada inquietud.