– Me alegro muchísimo de verte -dijo Rathbone, sonriendo al verla entrar y cerrar la puerta tras de sí-. Tienes muy buen aspecto.
Se trataba de un comentario carente de sentido, una cortesía a la que no podía contestarse con sinceridad.
– Tú no -dijo ella negando con la cabeza.
Rathbone se detuvo en seco. No era la respuesta que esperaba. Era poco diplomática, incluso tratándose de Hester.
– El caso de la condesa Rostova te preocupa -comentó Hester con una leve sonrisa.
– Es complicado -arguyó él con cautela-. ¿Cómo te has enterado? -Imaginó la respuesta al instante-. Monk, supongo.
– No -contestó Hester, algo tensa. Hacía bastante que no veía a Monk. La relación entre ambos siempre había sido difícil, excepto en momentos de crisis, cuando la antipatía mutua que los unía se transformaba en vínculos de amistad fundados en una confianza instintiva más profunda que la razón-. No, lo sé por Callandra.
– Ah. -La respuesta le satisfizo-. ¿Comemos juntos? Siento no poder dedicarte mucho tiempo, pero tengo que tratar otros asuntos bastante urgentes. Estoy intentando reunir parte de la defensa de lo que, estoy convencido, demostrará ser un caso muy público.
– Desde luego -aceptó Hester-. Estaré encantada de acompañarte.
– Bien. -La condujo fuera del despacho, a través de las oficinas, entre los empleados con sus trajes limpios y abotonados, plumas en mano, libros de contabilidad abiertos frente a sí. Hablaron de asuntos triviales hasta que estuvieron sentados en un tranquilo rincón del restaurante. Pidieron empanada de carne con verduras y encurtidos para comer.
– Ahora estoy cuidando de Robert Ollenheim -dijo Hester tras el primer bocado de empanada.
– ¿Ah, sí? -Rathbone no mostró particular interés, y ella cayó en la cuenta de que Rathbone no había oído ese nombre con anterioridad y no tenía para él ningún significado.
– Los Ollenheim conocían bastante bien al príncipe Friedrich -explicó mientras se servía más encurtidos-. Y, por supuesto, a Gisela… y también a la condesa Rostova.
– Oh. Vaya, comprendo. -Ahora Hester gozaba de toda su atención. El color de sus mejillas se encendió y Rathbone fue consciente de la facilidad con que Hester lo había notado. Inclinó la cabeza y se concentró en la empanada, evitando la mirada de la mujer-. Lo siento. Supongo que estoy un poco preocupado. Las pruebas de este caso tal vez sean más difíciles de conseguir de lo que yo había previsto. -Alzó la mirada con rapidez, acompañándola con una sonrisa algo atribulada.
Una mujer de pecho abundante pasó junto a ellos, su falda rozó las sillas.
– ¿Has tenido noticias de Monk? -preguntó Hester.
Rathbone negó con la cabeza. -Hasta ahora no me ha enviado ninguna información -contestó.
– ¿Dónde está? ¿En Alemania?
– No, en Berkshire.
– ¿Por qué en Berkshire? ¿Es allí donde murió… o mataron a Friedrich?
El abogado tenía la boca llena. La miró sin molestarse en contestar.
– ¿Crees que pudo ser un crimen político? -inquirió Hester intentando que su pregunta sonara como si acabara de ocurrírsele en ese momento-. ¿Relacionado con la unificación alemana más que con motivos personales… si es que fue un asesinato?
– Muy probablemente -respondió Rathbone, concentrado todavía en la empanada-. Si hubiera regresado a su país para encabezar la lucha contra la forzada unificación, con seguridad se habría visto obligado a abandonar a Gisela, a pesar del hecho de que, según parece, él no lo creía así, y eso era lo que ella más temía.
– Pero Gisela lo amaba, siempre le había amado. Absolutamente nadie, aparte de Zorah, ha puesto eso en duda -señaló Hester, intentando no parecer una institutriz dirigiéndose a un niño algo lento de comprensión, pero notó que su propia voz sonaba impaciente y un poco demasiado inquisitiva-. Aunque él hubiera vuelto solo, si hubiera triunfado en la lucha por la independencia, podía haber pedido que también ella regresara al país para ser reina, y nadie hubiera podido negárselo. ¿No es también probable que otra persona lo matara para evitar su retorno, tal vez alguien que deseara la unificación?
– ¿Te refieres a alguien pagado por algún otro estado germánico? -inquirió él, considerando la pregunta.
– Creo que es posible. ¿Podría la condesa Rostova haber hecho la acusación instigada por otra persona, asumiendo el conocimiento de algo que aún no le han contado pero que se desvelará durante el juicio?
Rathbone lo pensó durante unos instantes mientras alcanzaba su copa de vino.
– Lo dudo -dijo por fin-. Pero sólo porque no parece una persona que siga las órdenes de nadie.
– ¿Qué sabes del resto de personas que estaban pasando esos días en la casa?
Rathbone le sirvió un poco más de vino.
– Muy poco, de momento. Monk está investigando acerca de todo eso en estos momentos. La mayoría se ha vuelto a reunir allí, supongo que para defenderse conjuntamente de la acusación. Es una de esas cosas que una ambiciosa anfitriona no quiere que se digan respecto a una fiesta en su casa de campo. -El breve resplandor de una sonrisa sarcástica iluminó el semblante de Rathbone para desaparecer casi al momento-. Pero eso no me sirve para defender a la condesa Rostova.
Hester estudió las facciones del abogado con atención, intentando vislumbrar en ellas la complejidad de sus sentimientos. Percibió la rápida inteligencia que le caracterizaba, el ingenio y un destello de autosuficiencia que lo hacía a un tiempo atractivo e irritante. Atisbó entonces que el caso en sí no era lo único que le preocupaba, sino también el no estar seguro de si había sido sensato aceptarlo desde un principio.
– A lo mejor la condesa Rostova sabe que fue un asesinato pero ha acusado a la persona equivocada -dijo Hester alzando la voz, mirándolo con una dulzura que a ella misma le sorprendió-. No sería culpable de daño ni de maldad alguna, sólo de no haber entendido lo complicado de la situación. ¿O acaso es posible que Gisela le administrara el veneno sin saberlo? Podría ser técnicamente culpable y moralmente inocente. -Había olvidado la empanada a medio acabar en el plato-. Y cuando esto se demuestre, la condesa retirará su acusación y se disculpará. Y entonces a lo mejor Gisela estará tan agradecida de que se haya descubierto la verdad, que aceptará las disculpas sin buscar indemnización ni castigo.
Rathbone permaneció en silencio durante unos segundos.
Hester siguió comiendo. Tenía bastante hambre.
– Claro que es posible -dijo él al cabo de un rato-. Si la hubieras conocido no dudarías ni de su percepción ni de su integridad.
Hester habría puesto en duda esa afirmación, pero se percató, con un sobresalto de sorpresa y diversión, de que Rathbone había quedado muy impresionado por la condesa, tanto que había olvidado su acostumbrada cautela. Hester sentía ya una enorme curiosidad por Zorah Rostova, aunque quizá mezclada con algo de resentimiento. En el tono de Rathbone podía apreciarse no sólo el entusiasmo, sino también desvelaba una vulnerabilidad que ella no había apreciado antes, un agujero en su férrea armadura de siempre. Le enfurecía que fuese tan ingenuo, le asustaba pensar que Rathbone resultara ser menos infalible de lo que ella había imaginado. Se sorprendió al pensar esto último, y fue consciente de que a cada minuto que pasaba sentía crecer su instinto de protección.
Rathbone no parecía darse cuenta de la intensidad de las emociones que despertaba una historia de amor tan pública y conocida como esa, la cantidad de sueños inconexos que la gente había depositado en ella. En algunos aspectos, él había vivido una vida resguardada de todo peligro, en un hogar confortable, con una excelente educación, en una universidad exclusiva y luego con una pasantía en el mejor bufete antes de ejercer la abogacía de manera independiente. Conocía la ley como pocos, y desde luego había visto todo tipo de crímenes pasionales e incluso depravados. ¿Pero había saboreado Rathbone algo de la vida cotidiana, con su fragilidad, su complejidad y sus aparentes contradicciones?