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– Bueno, podrías descubrir algo más acerca de la situación política de Felzburgo -comenzó ella-. ¿Existía o no un plan para hacer regresar a Friedrich? ¿Creía Gisela que regresaría sin ella o sabía que nunca la dejaría? ¿Insistió él para que aceptarla a ella fuera el precio de su regreso? Y si lo hizo, ¿cuál fue la respuesta? ¿Lo sabía Gisela? ¿Por qué la reina la odia de ese modo? ¿Estaba Friedrich al corriente de todas estas posibles maquinaciones? ¿Y el hermano de la reina, el conde Lansdorff? -Tomó aliento y luego prosiguió-. De todas las personas que estaban allí aquel fin de semana, ¿cuál de ellas tenía intereses personales o familiares en otro estado alemán que pudiera verse afectado por la unificación? ¿Quién tenía ambiciones políticas y qué opinión tenía cada uno de ellos respecto a la guerra? ¿Quién tiene aliados en uno y otro bando? ¿Y la condesa? ¿Quiénes son sus amigos más íntimos? Hay miles de cosas que puedes descubrir. Aunque sólo sirvieran para formular más preguntas ya sería un buen comienzo.

– ¡Bravo! -La aplaudió-. ¿Y con quién debo hablar para descubrir todo eso?

– ¡No lo sé! ¿No puedes pensar algo por ti mismo? ¡Ve a hablar con las personas de la corte en el exilio!

Monk abrió aun más los ojos.

– ¿Te refieres a la corte de Venecia?

– ¿Por qué no?

– ¿Crees que es una buena idea?

– ¡Desde luego! Si tuvieras algún tipo de lealtad hacia Rathbone, no necesitarías preguntármelo, ¡irías de inmediato!

La preocupación de Hester por Rathbone debió de trascender en su voz. Él lo notó, una curiosa ternura le cubrió el rostro, y luego algo que podía ser sorpresa, o dolor. Estaba todo ahí, y se desvaneció al instante, antes de que ella pudiera estar segura de haberlo apreciado.

– ¡Estaba a punto de irme! -exclamó Monk con aspereza-. ¿Por qué crees que hacía las maletas? ¿O quieres que me vaya a Venecia con lo puesto? ¿No crees que sería un poco más inteligente, si tengo que codearme con la corte en el exilio, que me ocupara de llevarme la ropa adecuada?

Hester tendría que haberlo supuesto. Lo había juzgado mal. De su interior brotó una corriente de consuelo, llenándola de calidez, deshaciendo todos los nudos formados por la rabia y calmando sus miedos. Sonrió sin querer. Nunca debía haber dudado.

– Sí, me alegro mucho. -No era una disculpa en toda regla, pero sí algo muy parecido-. Sin duda necesitarás ropa adecuada. ¿Vas en barco o en tren?

– En ambas cosas -contestó él. Luego vaciló-. No tienes por qué preocuparte tanto por Rathbone -dijo con resentimiento-. No es tonto. Y encontraré pruebas suficientes, ya sea para apoyar el caso o para persuadir a la condesa Rostova de que se retracte antes de llegar a los tribunales.

Hester se dio cuenta, con un estremecimiento de asombro, de que a Monk le molestaba que ella se inquietara por Rathbone. Estaba celoso, y eso le enfurecía. Hester tuvo ganas de reír, pero habría parecido una reacción histérica y Monk habría sido capaz de zarandearla hasta hacerla parar. Y no habría parado de buena gana, pues el asunto era de lo más gracioso. Él lo entendería todo al revés, y entonces ella sentiría aun más ganas de reír. Acabarían estando más cerca que nunca el uno del otro, tocándose, los miedos y las barreras olvidados por un momento. O bien discutirían y se dirían cosas que no sentían realmente pero que no podrían retirar ni olvidar.

Monk permanecía inmóvil.

Hester no se atrevió a hacer la prueba. Era demasiado importante lo que estaba en juego.

– Dudo que la condesa Rostova se disculpe o se retracte -dijo Hester con rapidez y con la voz entrecortada-. Pero al menos podrás descubrir si lo asesinaron o no. ¿Tú qué crees?

– No lo sé -respondió Monk con sobriedad-. Podría tratarse de veneno. Hay tejos en el jardín y cualquiera pudo haber cogido unas hojas sin que nadie lo viera.

– ¿Y cómo las hicieron llegar hasta el príncipe Friedrich? -preguntó ella-. Dudo que se pueda entrar en la habitación de un enfermo y pedirle que coma unas cuantas hojas sin más. De todos modos, casi todo el mundo conoce las hojas de tejo, son como agujas, se sabe que son venenosas. Cuando eres niño, los padres suelen advertir al respecto. Recuerdo que cuando era pequeña me daban miedo los tejos de los cementerios.

– Obviamente alguien debió hacer una infusión y verterla en la comida o en la bebida -replicó Monk, adusto-. Pudieron hacerlo en su habitación o, como es más probable, en la cocina, o distrayendo a un criado que subiera con una bandeja. No parece muy complicado. Pero la cuestión es que Gisela no salió de sus habitaciones. Ella es casi la única persona que no salió al jardín. Todo el servicio puede corroborarlo. Incluso de noche, estuvo junto a él en todo momento.

– ¿Quieres decir que alguien la ayudó? -aventuró Hester, sabiendo al instante que Gisela nunca confiaría a nadie un secreto de ese calibre.

Monk no se molestó en responder.

– Si de verdad lo asesinaron, no fue Gisela -continuó ella con voz queda-. ¿Qué vas a hacer? ¿Cómo podemos ayudar a Rathbone?

– No lo sé. -Monk parecía triste y molesto-. A lo mejor lo único que pretende Zorah es poder demostrar que fue asesinado. Tal vez ha acusado a Gisela porque la princesa es la única persona que se vería impelida a luchar para limpiar su nombre. Quizá era la única forma de conseguir un juicio y una investigación pública.

– ¿Y qué sucederá con Rathbone? -insistió ella-. Es él quien se ha comprometido a defenderla. ¿En qué puede ayudarle encontrar a otro culpable?

– No creo que le ayude en nada -dijo Monk con irritación, alejándose de la repisa de la chimenea-. Pero si ésa es la verdad, es todo cuanto yo puedo hacer. Supongo que no querrás que construya pruebas falsas para condenar a Gisela sólo con la intención de echarle una mano a Rathbone para que salga de un aprieto en el que se ha metido, debido a la fascinación que siente por una condesa alemana de opiniones escandalosas, haciendo caso al corazón en lugar de a la cabeza. ¿O es eso lo que quieres?

Hester debería haberse enfurecido con Monk por los comentarios virulentos de éste y por intentar ponerla celosa adrede mencionando a Zorah en aquellos términos; más aún sabiendo que lo había conseguido. Pero por una vez había sido capaz de leer los pensamientos de Monk con total claridad, y los motivos del investigador la halagaban. Sonrió.

– Descubre cuanto puedas de la verdad -dijo sin darle mayor importancia-. Supongo que él aprovechará lo que tenga, aunque sólo sea para salvar la dignidad y la reputación ofreciendo una disculpa decente por haber creído en algo incorrecto. La verdad puede ser dura de aceptar, pero las mentiras son siempre una solución peor. Quizá el silencio habría sido lo más adecuado, pero ya es demasiado tarde para eso.

– ¿El silencio? -señaló Monk con una aguda risa-. ¿Entre dos mujeres como ésas? Y ni siquiera hablo de Gisela, que ya no recibe a nadie. -Dio otro paso hacia delante-. Dile a Rathbone que le escribiré desde Venecia, si es que hay algo que contar.

– Por supuesto. Te veré cuando regreses. -Estuvo a punto de añadir algo más acerca de que hiciera todo lo posible, pero después atrapó su mirada y se quedó en silencio, ese silencio al que se había referido con tanta mordacidad. Echaría de menos a Monk sabiendo que ni siquiera iba a estar en Londres pero, evidentemente, no dijo una palabra al respecto.

Capítulo 5

Tal como le había dicho a Hester, Monk viajó primero a Dover, cruzó el canal de la Mancha hasta Calais, desde ahí fue hasta París y, por último, un tren, amplio y elegante, lo llevó en una larga travesía en dirección al sudeste de Europa hasta Venecia. Stephan von Emden había salido dos días antes y tenía que recibirlo a su llegada.

El viaje fue tan fascinante como agotador, en especial porque, aparte de un paseo por Escocia, Monk no estaba acostumbrado a recorrer largas distancias. Si alguna vez había salido de Gran Bretaña, el recuerdo estaba perdido en alguna parte de su memoria a la que no podía acceder. Cuando las diferentes experiencias hacían resonar algo del pasado en su cerebro, Monk recobraba retazos, fragmentos repentinos e inconexos que le desconcertaban más que otra cosa. Normalmente no eran más que impresiones, una cara vista durante un instante, quizá una fuerte emoción relacionada con dicha cara, a veces agradable, a menudo angustiante o teñida de remordimiento. ¿Por qué el dolor parecía regresar con más facilidad? ¿Era un detalle característico de su vida o de su naturaleza? ¿O es que acaso los detalles oscuros quedan marcados en la memoria de un modo diferente?