Las calles y los canales estaban más tranquilos de lo que Monk esperaba, acostumbrado como estaba al ruido y la efervescencia de Londres, al ajetreo constante del día a día. Los contrastes en la abarrotada capital de un imperio, con su opulencia y su miseria, la rotunda seguridad de su comercio, la oleada de riqueza y expansión, los pobres y los oprimidos en barriadas siempre crecientes, desprendían un aire muy diferente a la ruina de aquella ciudad hundida en mitad de una grácil desesperación bajo la dominación extranjera. El pasado saltaba a la vista por todas partes, como un doloroso recuerdo lleno de la belleza que se desmoronaba. Los visitantes como Monk y Stephan se sentaban bajo la luz otoñal en el pavimento de mármol y contemplaban a los paseantes y los expatriados que conversaban en susurros, mientras los venecianos, de apariencia dócil y aspecto apático, llevaban a cabo las tareas diarias. Los austríacos recorrían con tranquila arrogancia las calles y plazas de una ciudad que no amaban.
– ¿Solía venir Zorah a menudo por aquí? -preguntó Monk. Necesitaba conocer más detalles acerca de la acusadora para poder entender su acusación. Hasta entonces no se había ocupado de ella.
– Sí, al menos una vez al año -respondió Stephan mientras clavaba el tenedor en un tomate relleno-. ¿Por qué lo pregunta? Conocía bien a Friedrich y a Gisela, desde hacía muchos años, si es eso en lo que está pensando.
– ¿Por qué? Ella no estaba exiliada, ¿verdad?
– No, claro que no.
– ¿Lo hacía por Friedrich? -Preguntó de un modo demasiado directo como para obtener una respuesta sincera.
Un griego y un levantino pasaron frente a ellos, y la brisa trajo con ellos un aroma de nardos y laurel. Conversaban acaloradamente en un idioma que Monk no reconoció.
Stephan rió.
– ¿Me está preguntando si ella estaba enamorada de él? Veo que no conoce mucho a Zorah. Tal vez lo estuvo, hace mucho tiempo, pero nunca malgastaría su pasión ni su orgullo en un hombre que no podía tener. -Se reclinó un poco en la silla, la luz del sol le daba en la cara. -Ha tenido muchos amantes a lo largo de estos años. Creo que Friedrich pudo ser uno de ellos, antes de que apareciera Gisela, pero después ha habido muchos otros, se lo aseguro. Hubo un bandolero turco, a quien quiso durante unos dos años, y también un músico de París, aunque creo que ése no le duró mucho. Estaba demasiado consagrado a su música para resultar divertido. Tenía a alguien en Roma, pero no sé de quién se trataba, y también un americano. Ése le duró bastante, pero ella no quería casarse. -Seguía sonriendo. Tuvo que alzar un poco la voz para que se le oyera por encima del creciente ruido de las conversaciones que les rodeaban-. Le encantaba explorar nuevas fronteras, pero no quería quedarse en ninguna. También hubo un inglés. La tuvo mucho tiempo en su casa, y creo que ella lo amaba de verdad. Y, por supuesto, hubo un veneciano, de ahí sus frecuentes visitas. Creo que le duró bastante. Tal vez venía aquí para verlo.
– ¿Sigue viviendo aquí?
– No, me temo que murió. Creo que era mayor que ella.
– ¿Y a quién tiene en estos momentos?
– No lo sé. Me inclino a pensar que pueda ser Florent Barberini, aunque, bueno, tal vez no.
– Barberini habló bien de Gisela.
La expresión de Stephan se tornó severa.
– Lo sé. Tal vez me estoy adelantando a los hechos o estoy equivocado. -Dio un trago de vino blanco-. ¿Quiere que le explique algo acerca de la fiesta de esta noche?
– Sí, por favor. -A Monk se le hizo un nudo de aprensión en el estómago. ¿Sería la sociedad veneciana tan formal como la inglesa y se sentiría en ella tan horriblemente fuera de lugar, como alguien que, a todas luces, no pertenece a esa pequeña y cerrada elite?
– Seremos unos ochenta -dijo Stephan, pensativo-. Escogí ese número porque creo que podrá encontrar a mucha gente que conoce tanto a Zorah como a Gisela y, por supuesto, a Friedrich. También acudirán muchos venecianos. Tal vez comprenda así un poco la vida del exilio. Es muy alegre a nivel superficial, extravagante y sofisticada. Pero, debajo de todo eso, es una vida que carece de sentido. -Su semblante reflejaba una cansada compasión-. Muchos sueñan con regresar a su país, llegan a hablar de ello como si se tratara de algo inminente, pero por la mañana saben muy bien que nunca sucederá. Su pueblo no los quiere. El lugar en que nacieron está ocupado por otros.
Monk tuvo una intensa visión de la marginación, la misma sensación de distanciamiento que tan aislado y solo le había hecho sentirse durante los primeros meses después del accidente. No conocía a nadie, ni siquiera se conocía a sí mismo. Un hombre de ninguna parte, sin sentido ni identidad, un hombre arrancado de sus raíces.
– ¿Se arrepentía Friedrich de su decisión? -dijo de pronto.
Stephan entornó los ojos.
– No lo creo. No parecía añorar Felzburgo. Su hogar estaba donde estuviera Gisela. Ella era todo lo que necesitaba para vivir. -Una ráfaga de viento arrastrando un fuerte olor a sal y basuras azotó la acera. -No estoy seguro de en qué medida deseaba ser rey -prosiguió Stephan-. El encanto y la adulación eran maravillosos, le encantaban. El pueblo lo amaba. Pero él no apreciaba la disciplina.
Monk se sorprendió.
– ¿Disciplina? -Era lo último en lo que habría pensado.
Stephan dio otro trago de vino. Detrás de él, Monk vio a dos mujeres paseando con las cabezas muy juntas, hablando en francés y riendo, las faldas se arremolinaban a sus cuerpos.
– ¿Acaso creía que los reyes pueden hacer lo que les apetezca? -dijo Stephan, negando con la cabeza-. ¿Se ha fijado en los soldados austríacos de la piazza
– Por supuesto.
– Créame, son un hatajo de indisciplinados comparados con la reina Ulrike. La he visto levantarse a las seis y media de la mañana para llevar a cabo todos los preparativos de las fiestas y los banquetes del día, escribir cartas, recibir visitas. Después puede pasar un rato con el rey, apoyándolo, aconsejándolo, persuadiéndolo. Por la tarde, entretiene a las damas sobre las que pretende influir. Se pone un traje majestuoso para la cena, eclipsa a todas las mujeres de la sala, está presente en el banquete hasta la medianoche, y ni una sola vez se permite el lujo de parecer cansada o aburrida. Y así cada día.
Miró a Monk por encima de la copa con una mirada irónica y divertida.
– Una prima mía es una de sus damas de honor. La quiere pero le da pavor. Dice que no hay nada que Ulrike no pudiera o no estuviera dispuesta a hacer si pensara que era por el bien de la corona.
– Debió dolerle en el alma que Friedrich abdicase -pensó Monk en voz alta-. Pero, según parece, hay una cosa que no estaba dispuesta a hacer, y una de ellas era permitir que Friedrich regresara si insistía en traer consigo a Gisela. No era capaz de tragarse el odio y aceptarla, por mucho que supusiera perder la posibilidad de la lucha por la independencia.
Stephan miraba ahora su copa de vino. A su alrededor, la suave luz del sol bañaba de calidez las piedras de la piazza. Allí, lejos de los cambiantes brillos del agua, la luz era diferente. La brisa volvió a apaciguarse.
– Me sorprende -dijo por fin Stephan-. No parece propio de la persona que yo conozco. Ulrike no perdona, es cierto, pero habría tragado hiel de haber sabido que beneficiaría con ello a la corona y a su dinastía. -Rió con amargura-. ¡La he visto hacerlo!
La fiesta fue espléndida, un magnífico y precioso eco de la gloria propia del Renacimiento. Llegaron en góndola, atravesando el Gran Canal justo cuando caía el ocaso. Las barcas y los embarcaderos estaban iluminados por antorchas, las llamas se reflejaban en el agua, convertidas en destellos de fuego por las estelas de las barcas que surcaban el agua. El viento nocturno soplaba con suavidad acariciando los rostros.
La bóveda celeste era todavía de color albaricoque, cubierta por un tierno y suave tono azul. Las desgastadas fachadas de los palacios que miraban al oeste parecían bañadas en oro. En las sombras de los edificios recortados contra la luz brillaba, al otro lado de las ventanas, el parpadeo de miles de velas en salones y salas de baile.