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Las góndolas flotaban lentamente arriba y abajo, las siluetas de los barqueros se balanceaban en precario equilibrio. Se llamaban unos a otros, a veces con un saludo, a menudo con un florido insulto. Monk no conocía el idioma, pero captaba la intención.

Llegaron a la entrada del canal y bajaron en un embarcadero repleto de antorchas, el olor del humo llenaba el aire. Monk habría preferido no entrar, el canal estaba tan lleno de vibrante y maravillosa vida. No podía compararse a nada que hasta entonces hubiese visto. Incluso sometida a la triste decadencia de la ocupación extranjera, Venecia era una ciudad de un esplendor sin igual, y sus piedras estaban impregnadas de historia. Era una de las grandes encrucijadas del mundo. El romanticismo ardía como un fuego en la cabeza de Monk. Imaginó que Helena de Troya habría gozado de una belleza semejante en su vejez. El rubor y la firmeza de la carne habían desaparecido, pero los huesos seguían ahí, y los ojos; el conocimiento de quién había sido la acompañaría siempre.

Stephan tuvo que agarrarlo de un brazo, casi arrastrarlo dentro a través del gran arco de la entrada y hacerlo subir un tramo de escaleras hasta la planta principal, tan amplia que se extendía de un extremo al otro del edificio. Estaba llena de gente que reía y hablaba. Resplandecía de luz; los reflejos brillaban sobre el cristal, sobre las relucientes mantelerías, los blancos hombros y las fortunas en joyas que se exhibían. Los vestidos eran espléndidos, todas las mujeres de la sala lucían alguna prenda que Monk no habría podido pagar ni en una década. Por todas partes había sedas, terciopelos, encajes, pedrerías y bordados.

Sonrió sin darse cuenta, preguntándose si llegaría incluso a conocer a alguna de las grandes figuras legendarias de la ciudad, alguien cuyos pensamientos y pasiones hubiesen inspirado al mundo. De forma inconsciente, irguió los hombros. Era un hombre apuesto. Y el color negro le sentaba muy bien. Tenía una altura considerable y una curiosa elegancia esbelta que sabía envidiada por los hombres y que las mujeres encontraban más atractiva de lo que hubieran deseado. No sabía cómo había usado o abusado de ello en el pasado, pero esa noche no podía sino sentir cierta emoción.

Por supuesto, no conocía a nadie más que a Stephan, hasta que oyó una risa a su derecha y, al volverse, vio a la exquisita y delicada Evelyn. Sintió una oleada de placer, casi una calidez física. Recordó el jardín de rosas y el roce de sus dedos en el brazo. Debía volver a verla y pasar más tiempo hablando con ella. Sería una oportunidad de descubrir más acerca de Gisela. Tenía que hacerlo.

Tras casi dos horas de corteses presentaciones, conversaciones triviales y exquisitos vinos y viandas, consiguió estar a solas con Evelyn al final de un tramo de escaleras que llevaban a un balcón encarado hacia el Canal. Llevaba varios minutos allí con ella, contemplando la luz reflejada en su rostro, la risa de sus ojos y la curva de sus labios, cuando recordó con repentino disgusto que no estaría allí si Zorah Rostova no sufragara sus gastos. Stephan, como amigo de la condesa y confiando en la inocencia de su motivación, lo había llevado hasta allí y lo había presentado con un propósito. Jamás podría haber accedido a aquel círculo selecto siendo él mismo, William Monk, investigador privado de los pecados y los problemas de otras personas, nacido en un pueblo de pescadores de Northumberland, cuyo padre se ganaba la vida trabajando en barcos y no leía más libro que la Biblia.

Intentó no pensar en Evelyn, ni en la risa ni la música ni el torbellino de color.

– Qué horrible perder todo esto de pronto, en unas horas -comentó, mirando hacia la sala de baile por encima de la cabeza de Evelyn.

– ¿Perderlo todo? -Evelyn frunció el ceño, confusa-. Quizá Venecia se desmorone, y puede que haya soldados austríacos en cada esquina… ¿Sabe que un amigo mío estaba paseando por el Lido y se lo llevaron a punta de pistola? ¿Se imagina? -Había una intensa indignación en su voz-. Pero la ciudad no desaparecerá bajo las aguas en una hora, ¡se lo prometo! -Rió tontamente-. ¿Cree que nos encontramos en otra Atlántida perdida? ¿Sodoma y Gomorra al borde la destrucción a causa de la ira de Dios? -Giró sobre sí misma, la falda le rozaba las piernas, el encaje se enganchaba en la tela de sus enaguas. Monk podía oler el perfume de su cabello y sentir su leve calidez incluso a un metro de distancia.

– No creo que estemos al final de nuestros días -añadió con alegría, mirando hacia el mar de color-. ¿No cree que habríamos recibido algún tipo de señal celestial?

– Pensaba en la princesa Gisela. -Monk se obligó a centrar su atención en el pasado. El presente era demasiado apremiante, demasiado vertiginoso para los sentidos. Sentía excesivamente cerca la presencia de Evelyn-. Durante un instante debió de pensar que Friedrich se recuperaría -dijo con rapidez-. Igual que todos, ¿no?

– ¡Oh, sí! -Lo miró con los ojos castaños bien abiertos-. Parecía estar mucho mejor.

– ¿Lo vio?

– No, no lo vi. Pero Rolf sí. Dijo que estaba mucho mejor. No podía moverse mucho, pero se había incorporado y hablaba. Afirmaba sentirse bien.

– ¿Lo bastante como para pensar en volver a su país?

– ¡Oh! -Alargó la sílaba en señal de comprensión-. ¿Cree que Rolf estaba allí para convencerlo, y que Gisela lo escuchó y pensó que Friedrich se iría? Estoy segura de que se equivoca. -Se inclinó un poco hacia atrás, contra la baranda. Era una pose un tanto provocativa que dejaba entrever las curvas de su cuerpo-. Nadie que los conociera llegaría a pensar jamás que Friedrich se habría ido sin ella. -La risa desapareció y en su rostro quedó sólo una expresión algo nostálgica-. Dos personas que se aman así no pueden estar separadas. No habría sobrevivido sin ella, ni ella sin él. -Estaba de medio perfil. Monk veía su delicada nariz, un tanto respingona, y la sombra de sus pestañas, que caía sobre las suaves mejillas. Evelyn miraba hacia los grupos de personas que hablaban y escuchaba la música de los violines y los instrumentos de viento.

– Recuerdo cuando interpretaron una de las nuevas óperas de Giuseppe Verdi en La Fenice -prosiguió Evelyn con una sonrisa compungida-.

Trataba acerca de política genovesa. El escenario era bastante parecido a éste. Eso fue hace diez años. -Se encogió de hombros-. Claro que ahora el teatro está cerrado. Supongo que aún no se ha dado usted cuenta, pero ya no hay carnavales, y la aristocracia véneta se ha trasladado tierra adentro. No asisten a las fiestas oficiales que celebra el gobierno austríaco. No sé si es porque odian a los austríacos o porque temen las represalias de los nacionalistas si acuden a ellas.

– ¿Las represalias de los nacionalistas? -repitió Monk con curiosidad, contemplando aún la luz reflejada en el rostro de ella-. ¿Está diciendo que hay un movimiento nacionalista tan fuerte como para castigar a quienes aceptan abiertamente la ocupación?

– ¡Oh, sí! -Movió la cabeza con un gesto de resignación-. Desde luego a nosotros no nos afecta, porque de todos modos somos expatriados, pero para los venecianos tiene muchísima importancia. El mariscal Radetzky, el gobernador, dijo que ofrecería bailes y mascaradas y banquetes, y que si las damas no asistían, sus oficiales bailarían el vals unos con otros. -Soltó una risita triste y miró a Monk fugazmente, luego apartó la vista-. Cuando la familia real austríaca vino aquí, bajaron el Gran Canal en procesión, ¡y nadie salió siquiera a las ventanas o a los balcones a mirar! ¿Puede imaginarlo?

Lo intentaba, visualizaba la tristeza, la opresión y el resentimiento, las figuras dignificadas, más bien patéticas, de la realeza en el exilio, manteniendo la pretensión de la ceremonia, y la realeza auténtica, con todo el poder de su imperio, bajando en silencio esas aguas relumbrantes sin que nadie les hiciera caso alguno. Y mientras tanto, los auténticos venecianos estaban ocupados en otras cosas, planeando, luchando y soñando. No era de extrañar que la ciudad poseyera un aire de desolación incomparable.