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Pero él estaba allí para investigar sobre Friedrich y Gisela, y el fundamento de la acusación de Zorah. Estaba muy cerca de Evelyn. Sentía la calidez de su cuerpo. Sus suaves cabellos le rozaban la cara, y su perfume parecía envolverlo todo. El alboroto y los destellos les rodeaban, pero él estaba aislado con ella en las sombras. Le costaba concentrarse en el asunto.

– Iba a decirme algo acerca de Friedrich -acució Monk.

– ¡Ah, sí! -contestó ella, mirándolo durante instante-. La ópera. Gisela quería ir. Era una representación especial. Iban a acudir los antiguos nobles venecianos. Al final no asistieron. Lo cierto es que no fue un éxito. ¡Pobre Verdi! Gisela estaba dispuesta, pero Friedrich no quería ir. Sentía que era una deuda moral respecto a no sé qué príncipe veneciano el no ir, a causa de la ocupación austríaca. A fin de cuentas, después de tantos años Venecia era ya su hogar y sentía una especie de lealtad, supongo.

– ¿Pero a Gisela no le importaba? -preguntó Monk.

– No le interesaba mucho la política.

Ni la lealtad, pensó él, ni la gratitud a un pueblo que la había acogido. De repente apareció un tinte desagradable en el retrato de Gisela que hasta entonces sólo había tenido matices románticos. Pero Monk no interrumpió a Evelyn.

La música les llegaba flotando desde la sala de baile, y también una repentina risa de mujer. Monk entrevió a Klaus, que entablaba conversación con un hombre de barba blanca ataviado con uniforme militar.

– Gisela llevaba un vestido nuevo -prosiguió Evelyn-. Lo recuerdo porque era uno de los mejores que he visto nunca, incluso entre los suyos. Era de un tono morado, con galones dorados y bordados de pedrería, y la falda era absolutamente enorme. Siempre ha sido esbelta, camina con la cabeza muy alta. Ese día llevaba un adorno de oro en el pelo, y un collar de amatistas y perlas.

– ¿Y Friedrich no fue? ¿Quién la acompañó? -preguntó Monk. Intentaba imaginárselo, pero en su cabeza sólo veía a Evelyn.

– Sí, sí que fue -se apresuró a responder ella-. Es decir, ella fue acompañada por el conde Baldassare. Pero apenas se habían sentado cuando llegó Friedrich. Para cualquier otro pudo parecer simplemente que llegaba tarde. Yo me enteré de lo ocurrido por casualidad. No creo que Friedrich se hubiera enterado siquiera de qué trataba la ópera. No creo que pudiera haber dicho si la soprano era rubia o morena. Se pasó la noche mirando a Gisela.

– ¿Y ella estaba contenta de haber ganado la partida? -Monk intentó comprender si había sido una batalla guiada por la voluntad, los celos, o una simple riña doméstica. ¿Y por qué había decidido Evelyn explicarle eso?

– No lo parecía. Y, no obstante, sé muy bien que no tenía interés alguno en el conde Baldassare, ni él en ella. Se había limitado a ser amable.

– ¿Es uno de los nobles venecianos que se han quedado? -preguntó Monk.

– No, también se ha ido. -Parecía sorprendida-. Para mucha gente, la lucha por la independencia ha supuesto un coste mucho más alto de lo que yo pensaba. Los austríacos mataron al hijo del conde Baldassare. Su esposa ha quedado inválida. Ella también perdió a un hermano, creo. Murió en la cárcel. -Estaba compungida y desconcertada-. No estoy segura de hasta qué punto merece la pena. Los austríacos no son malos, ¿sabe? Son muy eficientes, y uno de los pocos gobiernos europeos que no está corrupto. Al menos eso dice Florent, y él es medio veneciano, así que no lo diría si no fuese cierto. Los detesta.

Monk no hizo ningún comentario. Pensaba en Gisela. Se había formado una imagen borrosa de ella. Nunca había visto su cara. Le habían dicho que no era hermosa, pero él siempre la imaginaba con grandes ojos y poseedora de un encanto turbulento y apasionado. Evelyn había estropeado esa imagen con la historia de la ópera. Era un detalle nimio, sólo una descortesía al insistir en ir a una función que su marido consideraba como deshonrosa para sus anfitriones, una forma de ingratitud que él le había prohibido, y ella había desatendido a su marido por el placer y la diversión de una noche.

Pero al final Friedrich había ido también, únicamente para no tener que soportar el enfado de Gisela. A Monk ese gesto tampoco le parecía admirable.

Evelyn le tendió la mano, sonreía de nuevo.

El la tomó de inmediato: era cálida y de huesos delicados, casi como la de un niño.

– Vamos -le instó-. ¿Puedo llamarle William? Es un nombre muy inglés. Me encanta. Y a usted le sienta de maravilla. Su aspecto es tan oscuro e inquietante, y se comporta usted con tanta seriedad, que resulta encantador. -Monk sintió que se ruborizaba, pero con placer-. Voy a enseñarle a relajarse un poco y a disfrutar como un auténtico veneciano -continuó Evelyn con alegría-. ¿Baila? No me importa que sepa o no. Si no sabe, le enseñaré. Antes es preciso que beba un poco de vino. -Lo llevó hacia las escaleras y bajaron a la sala de baile-. Le calentará el estómago y el corazón. ¡Así se olvidará de Londres y sólo pensará en mí!

El esfuerzo de Evelyn resultaba innecesario, de todos modos ya pensaba sólo en ella.

Pasó gran parte del resto de la noche junto a Evelyn, y también la noche siguiente, y la tarde de su cuarto día en Venecia. Descubrió muchas cosas acerca de la vida de la corte en el exilio, si es que podía llamársela así cuando aún había un rey en el trono y un nuevo príncipe heredero.

Pero también se divertía enormemente. Stephan era buena compañía para las mañanas, le enseñaba los caminos, los callejones y los canales apartados, además de las bellezas evidentes de la ciudad, y le contaba retazos de la historia de la república, le mostraba su esplendor y su arte.

Monk no dejó de hacer frecuentes preguntas acerca de Friedrich y Gisela, la reina, el príncipe Waldo, la política económica y la unificación. Descubrió más de lo que había imaginado nunca acerca de las grandes revoluciones europeas de 1848. Habían tenido lugar en casi todos los países y encarnaban un ansia de libertad no soñada hasta entonces, desde España hasta Prusia. Se habían levantado barricadas en las calles, había habido disparos, soldados acuartelados en todas las ciudades, un intenso renacer de la esperanza, y luego la desesperación volvió a cernirse sobre la gente. Sólo Francia parecía haber conseguido algo concreto. En Austria, España, Italia, Prusia y los Países Bajos, la libertad del momento había sido ilusoria. Volvió la opresión anterior, o aún peor.

Por las tardes visitaba a Evelyn, menos en una ocasión en la que ella se le adelantó, lo cual le produjo un intenso placer. Evelyn era hermosa, emocionante, divertida, y tenía el don del disfrute. Era singular y maravillosa. Acompañados por otras personas, asistieron a veladas y fiestas, navegaron en barca por el Gran Canal saludando a los conocidos, riendo de las ocurrencias, bañados por la cambiante luz de un otoño azul y dorado. Aunque La Fenice estaba cerrada, fueron a pequeños teatros a ver piezas dramáticas y obras musicales.

Monk solía acostarse a eso de las dos o las tres de la madrugada, estaba encantado de quedarse en la cama hasta las diez, y de hacer que le sirvieran el desayuno, para escoger luego qué traje iba a ponerse ese día y comenzar de nuevo la aventura del descubrimiento y la diversión. Era un estilo de vida al que le resultaba fácil acostumbrarse. Le sorprendió lo cómodo que era dejarse llevar.

Había pasado ya más de una semana cuando volvió a ver a Florent Barberini. Se lo encontró durante el intermedio de la representación de una obra teatral en italiano de la que Monk había entendido muy poca cosa. Se había excusado y había salido al embarcadero para mirar pasar las góndolas por el canal, intentando poner en orden sus pensamientos y ocuparse así de la misión que lo había llevado a Venecia y que estaba descuidando. También quería reflexionar acerca de lo que sentía por Evelyn.